Amanda Mi intensión de haber pasado la noche en el hotel era para dormir con tranquilidad antes de marcharme, pero con lo que no conté fue con las pesadillas y el llanto que no me dejaron en ningún momento de la madrugada. Ahora, a plenas diez de la mañana me encontraba cansada, malhumorada y con hambre, sentada en un comedor a menos de veinte minutos del hotel. El fastidioso taxista se negó a llevarme más lejos cuando se enteró, de mi propia boca, que había olvidado mi billetera en la mesita a la par de la cama y que me negaba a regresar por ella porque, a esas alturas, Jhon ya se habría enterado que había escapado. Llevaba más de dos horas sentada en la misma silla, frente a la misma mesa con mantel cuadriculado y cerca de las mismas camareras que se arreglaban sus sostenes de coco

