CAPITULO 122

1137 Palabras

Amanda Mi intensión de haber pasado la noche en el hotel era para dormir con tranquilidad antes de marcharme, pero con lo que no conté fue con las pesadillas y el llanto que no me dejaron en ningún momento de la madrugada. Ahora, a plenas diez de la mañana me encontraba cansada, malhumorada y con hambre, sentada en un comedor a menos de veinte minutos del hotel. El fastidioso taxista se negó a llevarme más lejos cuando se enteró, de mi propia boca, que había olvidado mi billetera en la mesita a la par de la cama y que me negaba a regresar por ella porque, a esas alturas, Jhon ya se habría enterado que había escapado. Llevaba más de dos horas sentada en la misma silla, frente a la misma mesa con mantel cuadriculado y cerca de las mismas camareras que se arreglaban sus sostenes de coco

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