Cada día se volvía insoportable cargar el peso de los bebés y mis pies hinchados pagaban la cuenta. Mi cuerpo ya no soportaba que estuviera demasiadas horas de pie, o movimientos bruscos e inesperados. —Bien, acepto. Pero por favor ya deja de hablar y pasemos a la otra parte en donde me quitas la ropa. —Eso está mejor. Pegó su frente contra la mía y comenzó a levantar mi vestido hasta llegar a la cintura. Se detuvo en cuanto vio mi ropa interior y acarició el borde de mis braguitas. —Creo que estas no las vamos a necesitar. Y dicho eso procedió a quitármelas con lentitud, deslizándolas por mis piernas. —Nop. No las necesitamos. Sus manos subieron y vagaron por donde les dio la gana; sujetando especialmente mi trasero y ahuecándolo entre sus dedos. Sus labios descendieron a

