Me sonrió como una sinvergüenza porque sabía que yo no podía dejar de verlo. —¿No tenías hambre, preciosa? —¿Quién? —Tú, ¿no dijiste que serías capaz de comerte un burrito de pollo del tamaño de un Camello? —¿Qué? Yo no dije eso… en voz alta —me sonrojé. —Claro que sí lo hiciste. Te escuché a la perfección. Ahora… ¿dónde conseguiremos un burrito de ese tamaño? Me lanzó su camiseta echa una bola y yo se la regresé con la misma velocidad. Él rió en voz alta y continuó desabrochándose los pantalones. —¿Entonces? ¿Prefieres comer o quieres acompañarme con una ducha? Encantado pido servicio al cuarto y pregunto si tienen burritos de pollo… —¡Basta! No estaba siendo literal cuando lo mencioné. —De acuerdo… —bajó la vista a sus dedos que seguían con la ardua labor de abrir la B

