Las náuseas me tenían hecha un nudo. Jhon debía detener el auto cada quince minutos porque yo no soportaba llegar tan lejos. Sin antes no haber vaciado mi estómago. Me sentía mal y la mitad del viaje sorpresa que preparó me la pasé durmiendo… y vomitando. El recorrido duraba unas tres horas en total, aunque con cada parada que tenía que hacer, gracias a mí, tardamos cinco horas en llegar a nuestro destino. Jhon lucía preocupado y no dejaba de tocarme la frente o el estómago para comprobar mis síntomas.Finalmente mis malestares cesaron una hora antes de ver el lugar al que me traía, y de notar la orilla de una hermosa playa frente a mí, mientras entrabamos a un estacionamiento privado de un hermosísimo hotel al que conocía solo gracias a una revista de turismo. —¡Estamos en la pla

