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Un Alfa para la Luna perdida

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Descripción

Aria es una mujer dulce, independiente y enamorada, pero un acontecimiento en su vida la deja perdida en una realidad que no es la suya, alejada del dolor que provoca una pérdida y el abandono del que se supone es su esposo.

Kerian es un hombre algo especial, dominante, solitario y alejado de todo lo que son las relaciones humanas, tal vez porque él no lo es. Pero todo eso se termina cuando llega a su vida una mujer que huele a tristeza, que padece del más absoluto dolor y, aunque Kerian al inicio se niega a dejarla con él, lo cierto es que cuando pasa más tiempo con Aria… su bestia interna ya no puede alejarla de él.

Obra registra en Safe Creative bajo el número 2311035972797. Prohibida su reproducción, adaptación y/o distribución sin el consentimiento de la autora.

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Capítulo 1: Sin mirar atrás
Aria Valenti Camino con nerviosismo hacia el centro médico mientras acaricio mi vientre en donde mi pequeña está creciendo tranquila. Quisiera tanto que Adriano estuviera aquí, pero luego de que supiéramos de mi embarazo, me sugirió que me quedara en casa y él tomó las riendas de la empresa que heredé de mis padres, por lo que normalmente tiene poco tiempo para estas cosas. Con cinco meses de gestación aún no sabemos el sexo de nuestro bebé, pero yo estoy convencida de que es una niña la que crece dentro de mí. Hoy vengo a la confirmación de mis sospechas y para que el doctor me diga lo grande, bella y bien que está creciendo. Me siento en la sala de espera luego de anunciarme, hasta que unos minutos después me llama la asistente del doctor, me pongo se pie con una sonrisa y camino tras ella, me deja pasar a la consulta y él no tarda en ponerse de pie para saludarme. —Señora Valenti, bienvenida —me extiende la mano y yo la estrecho con una sonrisa—. Por favor, tome asiento, ¿otra vez el señor Santoro no pudo venir? —No, está negociando unos contratos importantes y no pudo venir —trato de ocultar mi pena con orgullo, el doctor Angellini asiente y comienza con las preguntas de rutina. Para cuando termina, me hace pasar a la camilla, en donde me acomodo, descubro mi vientre y él aplica el gel sobre mi piel, mi instinto hace que me encoja un poco por el frío, pero pronto me acostumbro y la imagen de mi pequeña me hace sonreír de inmediato. El doctor comienza a moverse, pero a diferencia del ultrasonido anterior, esta vez sólo está con el ceño fruncido y pegado a la pantalla. —¿Está todo bien, doctor? —Señora Valenti, espéreme aquí unos minutos, vuelvo enseguida. Sin esperar a mi respuesta, se pone de pie y se va de la consulta, dejándome algo nerviosa por aquella actitud tan diferente. Unos minutos después llega con una silla de ruedas y una enfermera, me ayuda a sentarme allí y todo en mí salta. —Doctor, por favor, dígame qué es lo que sucede… —Creo que hay una complicación, pero necesito un equipo especializado para comprobarlo, además de la opinión de dos colegas más. —¡¿Cuál complicación?! —le pregunto alterada. —Es… es posible que su hija no llegue a nacer —«es niña después de todo» pienso dejando que las lágrimas salgan por mis ojos como si fueran un par de cascadas. Podría estar llorando de emoción, saltando de alegría, pero aquí estoy… sufriendo por lo que el doctor está sentenciando. Llegamos a una salita un poco más amplia, en donde el equipo se ve mucho más sofisticado, además de que cuenta con las sillas suficientes para cinco doctores. Me pasan a la camilla, me descubren el vientre de nuevo y aquellos tres rostros se quedan clavados en la pantalla, mientras yo no dejo de pensar en que el doctor Angellini sólo se haya equivocado. Pero en la medida que van mirando y buscando, los tres tienen la misma expresión, una que mi mente probablemente jamás va a borrar. Los tres me miran con lástima, seriedad y con la gravedad del asunto que nos tiene a los tres metidos en aquel cuarto. —Señora Valenti… —No suavice nada, sólo dígame qué tiene mi hija —sollozo, pero trato de mantenerme firme. —Síndrome de Turner —dice otro de ellos mirando la pantalla y luego a mí en posición de explicarle a una novata lo que está pasando con mi niña—. Es un problema genético comúnmente asociado a la falta de un cromosoma X… —Pero para eso necesita estudios… ¡Maldición, ¿cómo puede saberlo con un ultrasonido?! —Por mi experiencia, señora Valenti —me dice con calma el doctor—. Normalmente las niñas que presentan este problema se caracterizan por malformaciones que se revelan en el útero. Lo primero es la talla de su hija, mide lo que debía medir a las doce o trece semanas, pero usted ya tiene veinte semanas de gestación, además tiene malformaciones en el corazón, los riñones y es probable que en el resto de sus órganos. —No… eso no puede ser… ¡Yo me he cuidado toda la vida! ¡¡¿Cómo se supone que mi hija se enfermó en mi vientre si sólo salgo para venir aquí?!! —siento que el corazón va a estallarme, el dolor, la angustia que siento no quieren abandonarme y lo peor de todo es que nada de lo que haga parece ser la solución a mi pena. —Entienda, es algo genético, son cosas que la biología mantiene en el azar, no hay explicación lógica para que su hija presente esta enfermedad —me dice Valenti y el otro termina de liquidarme. —Es como una rueda de la fortuna con dos mil espacios, en donde sólo uno tiene el síndrome… y le tocó a su hija. Niego, me cubro el rostro y grito mi dolor. Una enfermera se acerca a mí y me abraza con fuerza. Me aferro a ella como si fuera mi único apoyo en el mundo, siento cómo todo lo que esperé, lo que construí se desmorona bajo mis pies y nada de lo que haga me ayudará a salir del borde de aquel abismo. —¿Qué… qué nos… espera ahora? —le pregunto entre sollozos desesperados y es el tercer médico quien se acerca, me toma una mano y me dice con suavidad, pero con aquella lástima anegada en toda su expresión. —Puede decidir dar término al embarazo, continuarlo hasta que ella muera en su vientre o esperar a ver si sobrevive un poco antes de que muera… luego de nacer. Puede ser en cuanto salga al mundo o incluso meses después… —¿No hay ninguna posibilidad de que se salve? —Hay casos que sobreviven un poco más porque su condición no es tan severa, pero en el caso de su bebé eso es imposible —me dice con calma y yo quiero matarlo por estar así… ¡No me está vendiendo una casa, maldición! ¡¡Me está diciendo que mi hija no sobrevivirá!! Me pongo de pie como puedo y por más que me piden que espere, que llamarán a Adriano, me salgo de allí con el dolor acercándome más a aquel abismo peligroso y oscuro. Cuando me subo al auto le marco a mi esposo, pero no responde ninguna de mis diez llamadas. Le pido al chofer que me lleve a la empresa. Necesito de su abrazo, de su consuelo. Necesito que mi esposo me diga que estaremos bien, aunque sea una cruel mentira. Al llegar, su secretaria me ve con los ojos abiertos e intenta detenerme para que no entre a su oficina, alegando que está en una reunión importante, pero cuando abro la puerta, lo veo con otra mujer… teniendo intimidad. Los dos me miran nerviosos, mientras que yo siento que todo el mundo se me viene abajo. Salgo de ahí e intento subirme al ascensor, pero este acaba de irse y no quiero esperar más para irme lejos de aquí. Camino hacia la escalera, pero las lágrimas no me dejan ver bien el camino, me tropiezo y caigo hasta el primer descanso. Siento un fuerte dolor que me atraviesa y sé que, aquello que iba a pasar más adelante, está pasando ahora. Perderé a mi hija de todas maneras. No sé quién me toma entre sus brazos, ni quién me lleva al hospital. No escucho a nadie, lo que me harán ni nada… sólo sé que en el instante en que veo las luces del quirófano, adormecida por la anestesia, justo antes de cerrar los ojos… en mi mente me lanzo a aquel abismo que baila a mi alrededor, rogando que un día pueda hacerlo en uno de verdad.

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