Capítulo 3

2079 Palabras
Fabiola —¿Estás pensando en abrir una frutería o un mercado? —No —gruño mi respuesta. Manu me mira con una ceja levantada, toma una manzana de una de las tantas cestas que hay en mi casa y se sienta sobre el mostrador de mi cocina. —¿Qué pasa con esto entonces? —Tu hermano —digo y continúo lavando los platos. Las cejas de Manu se levantan, está sorprendida, así que mi suposición de que ella tenía que ver con esto queda descartada. —Veo que mi hermanito está subiendo el nivel del juego. —Esto no es ningún juego Manuela —bramo dejando que mi mal humor salga a flote—, tu hermano puede irse a la mierda. —Oye —Levanta sus manos rindiéndose—, no era mi intención hacerte enojar. Sólo digo que, esto no es típico de mi hermano. Realmente quiere que lo perdones. Resoplo y seco mis manos en un paño. —Pues que espere sentado. No me interesa, te lo dije Manu, tu hermano ya me lastimó lo suficiente. —Lo sé —susurra. Su expresión se torna triste. —Pero tú no tienes la culpa Manu, él lo hizo solito y tanta de mí que se lo permití. Pero no más. —Es sólo que... los quiero a ambos y odio verlos sufrir. —Por favor —bufo—, ¿tu hermano sufriendo? —me burlo. —Fabiola, él está sufriendo —gruñe—. Mira, sé que ha sido más que un idiota contigo, pero él —suspira y me da esa mirada, la clásica mirada de Manu que puede hacerte creer y sentir cualquier cosa que ella quiera que sientas—, tiene sus razones para ser así... —No lo justifiques —interrumpo, doy dos pasos hacia ella—. Nada justifica la forma en la que me trató, y ahora cuando soy yo la que no quiere tener nada que ver con él; resulta que la víctima es Fernando. —No estoy diciendo eso —espeta y se levanta—. Hay cosas que no sabes, ciertas circunstancias que hicieron a mi hermano de esa forma. —¿De esa forma? —murmuro con desdén—, ¿Ser un idiota? Suspira fuertemente y niega con la cabeza. —Fabi, te entiendo. Comprendo por qué razón estás molesta y actúas así. Sí, Fer es un completo imbécil, pero no siempre lo fue y, aunque digas que nada justifica sus acciones pasadas, créeme cuando te digo que a sus ojos, ser así fue la única manera de no perderse. ¿Perderse? ¿A qué se refiere con eso? Fernando siempre ha sido de esa manera, un idiota mujeriego insensible. Durante todo el tiempo que lo he conocido, siempre vi el desfile de mujeres y la forma fría en la cual las trataba. Pero, ¿de qué está hablando Manu ahora? Sacudo mi cabeza, quitándome ese repentino pensamiento sobre Fernando y qué pudo haberle pasado. —No quiero hablar de él. No me interesa. —Está bien, tampoco quiero discutir contigo por cosas de mi estúpido hermano. —Sonríe y viene hacía mí para un abrazo—. Ahora, ¿cuéntame cómo está mi sobrino? Una mueca se dibuja en mi cara y mis ojos se llenan de lágrimas. —Está bien —murmuro. Manu comprende lo que hay más allá de mis palabras. Me estrecha más en sus brazos y me lleva hacia la habitación. El bebé está bien —o eso es lo que dijo el doctor— pero yo, yo no lo estoy. Me despierto cada noche llorando, y en el día soy como un zombie. Aún no logro asimilar lo que está sucediendo conmigo, ni el hecho de que en unos meses seré madre del hijo de un desconocido con el cual jugué una noche, cuando mi corazón sangraba por el rechazo de Fernando. Maldito imbécil. Si tan sólo hubiera ido a casa ese día. Pero no, verlo con esas dos mujeres me partió el corazón en mil pedazos y quise enmendarlo como fuera. Incluso si eso incluida ir a un bar y coquetear con el primer hombre que sonriera en mi dirección. Y ahora, estoy esperando un hijo de ese hombre cualquiera. He recordado cada detalle de esa noche, buscando el momento exacto en el que pudo suceder algo que me llevara a esta situación. El usó un condón, estoy más que segura que lo hizo; tropecé con él la mañana siguiente cuando me levanté para huir, y no porque hubiera sido pésimo, sólo me sentí tan asqueada conmigo misma. Jamás había hecho algo así. A diferencia de Manu y de Tere yo no soy una de esas chicas de sexo casual. No. Yo prefiero salir en citas, conocer a esa persona —al menos un poco— antes de permitirle compartir ese tipo de intimidad conmigo. Pero ese día estaba tan lastimada, que actué por rencor y ahora debo enfrentarme a las consecuencias. La consecuencia. Una eterna consecuencia. Es triste que piense de esa manera sobre el bebé; debería sonreír, comprar miles de cosas de bebé, brincar, y soñar con verle pronto. Pero lo que realmente siento es... miedo. El más increíble y puro terror. ¿Qué voy a hacer con un bebé? —E-esto no es lo que yo quería —murmuro. Las lágrimas comienzan a descender por mis mejillas—. ¿Qué voy a hacer con un bebé? Ni siquiera sé si seré una buena madre, yo... yo apenas y tengo unas semanas de embarazo y no he podido hacerme a la idea de que aquí —Señalo mi estómago—, hay una criatura. —Fabi —susurra y mis ojos van hacia los suyos. Hay tanto dolor en ellos y entonces recuerdo... oh mierda—. Manu, oh Manu yo... lo siento. —No, no tienes por qué sentirlo Fabi. Te entiendo, sé lo que estás sintiendo y lo que estás pasando. Y si quieres mi sincera opinión, te diré que si ese bebé ha llegado a tu vida, es porque así tenía que ser; da miedo, te asustarás y te preguntaras mil veces si estás lista para ello o si podrás ser una buena madre —Me sonríe en medio de sus ojos acuosos—, y lo serás, porque eres fantástica, eres única y la persona más pura y buena de este mundo. Pero, es tu vida, tu cuerpo tu decisión y sea cual sea el camino que tomes, estaré aquí, todas estaremos aquí para ti. —Eso lo sé, sin ustedes, sin ti Manu no sé qué sería de mí —suspiro y limpio mis lágrimas—. Pero esto es tan confuso, y me siento... vil, necia, sucia. —Mi voz se quiebra con estas últimas palabras. —No digas eso, no te permito que digas o pienses eso de ti misma —gruñe y me sacude un poco—. Tú estás lejos de ser eso. —Pero así me siento. Por Dios —jadeo—. Permití que un hombre del que no recuerdo ni su apellido me embarazara. ¿Qué tan estúpida me hace eso? —No te hace estúpida, sólo vulnerable. Eras una mujer vulnerable, lastimada. Si no te hubieras sentido así, no hubieras hecho algo como eso. —¿Cómo lo sabes? —Porque te conozco. Es por eso que sé, serás la mejor madre que ese bebé pueda soñar. —¿Y el padre? ¿Qué le dirá al niño cuando pregunté por él? —¿Acaso él no quiere saber nada del bebé? ¿Te dio la espalda? —brama empuñando sus manos y asumiendo esa postura de "Voy a patear sus traseros". —Ni siquiera lo sabe. —Oh. —Se queda en silencio contemplando el vaivén de las cortinas—. ¿P-puedo preguntar? Cierro los ojos y suspiro. —Es el gerente de uno de los clubs del centro. —Muerde su labio y ruedo los ojos—. Escúpelo. —¿Por lo menos es de esta era? ¿No debe usar pastillas ni aparatos para... fue bueno? —Sí, lo fue. Y es joven, también sexy. —Bueno, eso es algo. —La golpeo en el brazo y sonríe—. Me refiero a que por lo menos tuviste un orgasmo. ¿Te imaginas donde hubiera sido el peor sexo de tu vida? —Hubiera sido terrible. —Así es. Un silencio pada mientras las dos pensamos en diferentes escenarios, cada una recordando el peor sexo que hemos tenido. La nariz de Manu se arruga y su cuerpo se estremece haciéndome reír. —No quiero pensar en eso. Nunca, jamás. —Por mí está bien —digo con una sonrisa en mis labios—, tampoco quiero recordar a Luis. —¿Luis? ¿Cómo el Luis el ex vecino de Rosi? —pregunta sorprendida. Asiento, abre y cierra su boca buscando las palabras correctas—. Pero... te acostaste con él. ¿Cuándo? —Salimos dos veces aquella semana que viajaste a Medellín para traer las nuevas telas. Fue lindo. —Oh mi Dios —Se ríe—. Que perversa Fabi, ¿el chico no era algo así como casi virgen? —Ujum —murmuro y me cubro el rostro. —Así que... —empieza meneando las cejas. —Cállate. —Empujo un cojín en su cara. No se lo esperaba y cae en el respaldo del sofá, me sonríe y agarra otro tirándolo en mi rostro, pronto estamos luchando por quién logra golpear más el rostro de quien. Unos minutos después, ambas estamos recostadas en el suelo, Manu toma mechones de mi cabello y lo peina. —Deberías decirle. Me tenso ante sus palabras. No respondo, me quedo contemplando el techo de mi casa y pensando en esa noche; en lo fácil que se lo puse a ese hombre, la forma en la que hui y como ahora voy a buscarlo nuevamente, después de varias semanas. —No lo sé, ¿y si no me cree? —Bueno, pues le muestras la ecografía. —Abro mi boca pero ella me detiene hablando primero y dejándome sin excusas—, y si continúa negándose, sencillo. Lo dejas y, cuando te pregunten por el padre de tu bebé, podrás decir que lo intentaste. Parpadeo, asimilando sus palabras. Tiene razón, pase lo que pase, al menos lo voy a intentar. —Tienes razón —digo justo cuando el timbre de mi puerta suena. Me levanto y voy con cautela para verificar quien es. La mirilla me enseña a un repartidor, en sus brazos hay una bolsa de compras. Frunciendo el ceño, abro la puerta. —¿Fabiola Ospina? —Sí —respondo precavida. —Esto es para usted —dice, me entrega la bolsa y me pide que firme lo hago y luego se ha ido. —¿Qué es? —pregunta Manu viniendo hacia mí. —No lo sé —digo, me da una mirada de "ábrelo, ¿qué mierda esperas?" y lo hago. Mi respiración sale de un solo golpe cuando descubro lo que es. —¡Oh Dios Mío! Es hermoso —chilla Manu y arranca el mameluco de mis manos. Esculca la bolsa —ya que aún estoy congelada en mi lugar— y saca otros accesorios de bebé, un par de pantuflas en forma de garras, alguna clase de malteadas para mujeres en estado de gestación y un libro de nombres. Manuela expone todo en el mostrador de mi cocina y mi corazón se aprieta al verlo. Mi mano, de alguna manera, va hasta mi vientre y lo frota. Parpadeo las lágrimas que amenazan nuevamente con salir y camino lentamente hacia los regalos. Observo consternada los primeros obsequios del bebé y algo dentro de mí se enciende. Como un interruptor. Tomo las pantuflas con cuidado y las acerco a mi pecho, el olor a talco de bebé envía un calor a mi corazón y, por primera vez desde que me enteré que estaba embarazada sonrío ante esa realidad. —¿Quién lo envía? —pregunto observando el libro. Manu deja los tarros de malteadas y busca la tarjeta. —Uh-oh. —Entrecierro mis ojos hacia ella y arrebato la nota de sus manos. Aunque no quieras verme, aunque no quieras saber nada de mí...  yo no descansaré hasta asegurarme que tú y el bebé estén bien. Cuídate cariño,  Fernando.  T.Q
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