Capítulo 4

2698 Palabras
Fabiola He estado mirando por la ventada y por la mirilla de mi puerta desde la tarde de ayer y eso me molesta, mucho. Gruño y vuelvo pataleando hasta mi cocina, me preparo una de las dichosas malteadas que recibí ayer —son deliciosas— y me dejo caer en mi sofá para ver algo en la televisión. Estos últimos días he estado trabajando desde casa, debido a mi condición emocional, soy tan inestable; en un momento estoy riendo y al siguiente llorando. Además, los olores fuertes y el movimiento excesivo me hacen devolver todo lo que he comido. Mis ojos vuelan hacia la puerta nuevamente y golpeo el cojín. Debo dejar de hacer esto. Se supone que quería que se fuera, no entiendo por qué busco su sombra bajo la puerta ahora. Tal vez porque todos sus regalos me sorprende, de buena manera aunque finja lo contrario. No lo he visto, desde ese día que le dije se apartara de mí, lo ha hecho y no sé porque me siento un poco decepcionada de ello. Soy un maldito caos, se supone que debo odiarlo con todas mis fuerzas y querer verlo a miles de kilómetros de mí; pero no es así. Muy en el fondo no he dejado de quererlo. Suspiro y termino de beber mi malteada. Incluso se aseguró de enviarme sólo lo que me gusta o las cosas que disfruto. No quise preguntarlo, juro que me contuve lo más que pude, pero terminé preguntándole a Manu si sabía algo de su hermano. Fingí desinterés, pero ella no lo compró, su sonrisa me dijo que estaba lejos de creer me desinteresada por su hermano. Así que, para dejar de añorar los mensajes, las visitas inesperadas y las llamadas a cada hora; recuerdo todos sus desplantes y el sin fin de mujeres que vi a su lado, eso logra aplacar el loco sentimiento de añorarlo. Tomo el libro de nombres que me envío ayer y decido echarle un ojo. Esta mañana, mientras me bañaba, le hablé por primera vez a mi bebé. Fue extraño y me sentí algo tonta, pero Rosi me aseguró que ellos pueden percibir las emociones y los sentimientos de su madre. Entonces volví a hablarle y ya no sentí tan ridícula. Revisé nuevamente los exámenes y la ecografía que me hicieron la semana pasada, tratando de comprobar que todo esté bien. Después de lo que le pasó a Manuela no quiero vivir algo como eso. Todavía se me hace difícil asimilar mi estado actual y llamarme a mí misma una mamá, pero veo esas pantuflas y la ecografía en mis manos y algo cálido se asienta en mi pecho, dibujando una sonrisa en mis labios. Puedo hacerlo. —Bueno, ahora sí podemos ver a este bebé. Intento, de verdad intento ver un bebé en la pantalla, peor lo único que logro identificar entre las manchas negras y blancas, es una especie de pequeño saco. Un saco que es mi bebé, según lo que dice el doctor. Manuela y Tere juntas sus cejas, tratando al igual que yo, de darle sentido a la imagen. Me rio un poco cuando Tere saca su lengua y la muerde, totalmente concentrada. La doctora habla sobre las medidas de mi hijo y algunas otras cosas más, que ya se o mejor dicho, que alguien me dijo. Los mensajes de Fernando regresaron, pero en vez de suplicarme perdón, cada día envía información sobre el desarrollo del bebé, links de cuidados alimenticios, recetas para controlar el nivel de azúcar y sal en la sangre, ejercicios para relajar el cuerpo; entre mil cosas que se supone, toda mamá debe saber o que los médicos deben enseñarle. Es como si fuera mi médico personal, o... el padre del bebé. Lo único que no ha hecho es venir a verme. No sé cómo sentirme al respecto. Y eso me cabrea, no se supone que esté confundida por Fernando, debo odiarlo. Sigo pensando en su mensaje antes de venir aquí. Al parecer, alguien —estoy segura de que es Manu— le informó sobre mis consultas y mis siguientes movimientos. Quisiera sentirme molesta con ella, pero, cada vez que él envía un mensaje... me gusta. Pero jamás lo aceptaré o reconoceré. Me comeré mi propia lengua primero. Mi mantra para evitar caer y perdonarlo es recordar el día de la fiesta de la boutique, la manera en la que me rechazó y luego corrió tras otra mujer. Pensar en ello funciona, tan bien, que en estos momentos deseo ahorcarlo nuevamente. —Muy bien —dice la doctora regresándome al presente—. Todo avanza perfectamente. Voy a enviarte algunas vitaminas y otras recomendaciones. Te enviaré por correo el calendario con las citas programadas desde ahora hasta que este pequeño retoño decida nacer. —Gracias doctora. —De nada, a cuidarse mamá. Mamá Cada día me gusta más esa palabra. Manuela y Tere exigen una copia de la ecografía, sonrío ante el entusiasmo de ambas. Rosi no me acompañó esta vez, Cintia ha estado muy indispuesta los últimos días; el peso del bebé es demasiado para su joven cuerpo y la amenaza de un parto prematuro se hace evidente. Espero que todo salga bien para ella. Hemos cruzado algunas palabras estos últimos días, y reconozco que sentí algo de vergüenza cuando vi la seguridad y el amor tan fuerte que siente ella por su hijo. Es una chiquilla de quince años y no se escondió ni se lamentó como yo lo hice, yo que soy once años más madura. —¿Quieres ir a comer algo? —pregunta Manu. Inmediatamente la imagen de una deliciosa ensalada de papa y unos Nuggets de pollo en Frisby se cuela en mi cabeza. —Ya empezó a salivar como cachorro, por supuesto que quiere comer —murmura Tere ganándose una mirada de ambas—. ¿Qué? ¿Así son los cachorros no? —No me compares con un perro. Pero sí, tienes razón. Quiero ir a comer. Vamos al Frisby que está más cerca y hago mi pedido. Noto que el móvil de Manu no deja de pitar y me siento mal. —Manu, ¿no deberías estar con tu esposo? —¿Eh? —Levanta sus ojos de la pantalla y me mira confundida. —Están recién casados, y tú sólo has estado cuidándome. No debes hacerlo, puedo sola. No quiero interferir en su matrimonio... mereces ser feliz. —¿Por qué razón crees que no soy feliz? —Bueno, si yo me hubiera casado hace un par de semanas, me hubiera gustado estar con mi esposo lejos de todo y disfrutar de su compañía. —Si esto fuera al revés, y yo estuviera en tu lugar, ¿Qué harías tú? —pregunta y estrecho mis ojos. Porque haría exactamente lo mismo que ella, estar ahí, al pie del cañón. —Si tú estuvieras viendo como tu mejor amiga no pude disfrutar de su luna de miel por tus errores y las consecuencias de los mimos ¿cómo te sentirías? —devuelvo. Tere se queda mirándonos pensativa—. ¿Qué crees que sentiría mi esposo? —Bueno, él comprende Fabi. Te amo y siempre estaré aquí contigo, no importa que. —Lo sé Manu, pero no quiero ser una carga. No quiero que mis amigas detengan su vida para poder ayudarme a lidiar con mis problemas —murmuro—. Yo me metí en este lio, así que debo ser yo la que trabaje por salir de él, no ustedes. —Fabi... —Ella tiene razón Manu —dice Tere. Le doy una mirada y me sonríe—. Tienes un hogar ahora, un esposo que cuidar, ya has hecho mucho, déjala ahora a ella tomar las riendas de su vida y ve a disfrutar de tu maridito. —Pero... —Sin peros —interrumpo—, quiero verte feliz amiga. Ve, si necesito de ti puedo llamarte. Pero de verdad no quiero seguir siendo el motivo por el cual pospones tus planes con David. Él tampoco se lo merece, por muy comprensivo que sea, puede cansarse y ustedes se aman, merecen disfrutar de ese amor. Sus ojos van de Tere hacia mí, quiere refutar, negarse y decir que se queda; pero ve mi suplica y accede. —Está bien —suspira y relaja sus hombros—. Pero prométeme, Fabiola Ospina, que si necesitas algo o sucede cualquier cosa, me lo dirás. —Lo prometo. Me trago mi ansiedad y tomo un respiro profundo antes de abrir la puerta y entrar. Lo que le dije a Manu es cierto. Es momento de afrontar mis problemas, mi vida como la mujer hecha y derecha que soy. Decidí dejar a mis padres como últimos para confrontar, así, cuando decidan someterme a las mil preguntas, pueda decirles exactamente en qué situación estoy. Observo el lugar y voy directo hacia la barra. La joven camarera me mira de forma extraña. No es usual que un viernes en la noche, una mujer entre a un club vistiendo lo que yo visto. Un saco de cachemira verde, jeans y converse. Maquillaje mínimo y mi cabello, es un moño desordenado en la cima de mi cabeza. —¿En qué puedo ayudarte? —pregunta, evaluándome de pies a cabeza. —Estoy buscando a Nicolás —respondo. Sus ojos se agudizan y me observa con sospecha. —¿Y quién lo busca? —Fabiola. —Mira Fabiola —dice, estirando una mano para alcanzar una botella de Buchanans—, cualquier cosa que sea, haya pasado entre mi jefe y tú... —Me entrega la botella y la miro confundida—, ya pasó. Supéralo y déjalo tranquilo. No queremos un espectáculo hoy. —¿Perdón? —gruño molesta—. Mira chiquilla, será mejor que llames a tu jefe ahora mismo, antes de que empiece a gritar a los cuatro vientos que acabas de proponerme me prostituya en este lugar. —¿Estás loca? —chilla. —Pruébame y lo verás. —Me alejo un poco de la barra y pongo mis manos en mis caderas— ¿Qué mierda? —grito, ganándome la atención de las personas más cercanas—. ¿Acaso crees que soy una puta? Sí ustedes están buscando... —¡Oye! ¡Basta! —grita y se abalanza sobre la barra para alcanzarme—. Está bien, lo llamaré. Se vuelve hacia un pasillo que conduce a unas escaleras. Me siento en un taburete y golpeo con mis uñas la barra, intentando calmar mis nervios. Unos minutos después, el hombre que donó su ADN para mi hijo, irrumpe con cara de pocos amigos. La camarera me señala y él mira hacia mí. Al principio luce confundido, pero me reconoce y una sonrisa se dibuja en su cara. —Hola Roja —saluda apenas y llega a mi lado. Ruedo mis ojos ante su estúpido apodo y los recuerdos de esa noche cuando no dejó de llamarme de esa manera. —Nicolás, tenemos que hablar. —Inmediatamente la sonrisa en su cara titubea. Sin embargo, accede y me pide que salgamos del bar. Me resulta extraño que me pida aquello, preferiría hablar en su oficina, pero él ya está caminando hacia afuera. —Dime cariño, ¿qué te trae por aquí? —susurra la última parte y me estremezco. No por placer, por asco. Nicolás no es un hombre feo, si recuerdo bien está en sus treinta y cinco años. Es alto, acuerpado y tiene un rostro firme, su mandíbula y nariz son rudas. Es atractivo de forma tosca, incluso sus ojos café son duros. —Yo... yo... —¿Sí? —apremia revisando su teléfono —Estoy embarazada —digo. Un suspiro sale de mí y siento un peso ser levantado de mí, sólo para que otro sea añadido cuando él me observa sin comprender—. Un bebé —murmuro—. Estoy esperando un hijo tuyo. Su cuerpo se tensa inmediatamente y su mandíbula se aprieta. Guarda el teléfono en su pantalón y estrecha sus ojos —ahora más oscuros e irritados— hacia mí. —¿Esto es una jodida broma? —dice fríamente —No. Yo —suspiro y trato de controlar los nervios y el terror que amenazan con hacerme devolver el sándwich que queso que comí antes de venir—, me enteré hace poco. —No es mío. No me permito tener más hijos. Sus palabras me golpean y debo retroceder un poco. —Más hijos —chillo. —Así es. Mi esposa y yo ya tenemos los suficientes. —Me fulmina con la mirada y le hace señas a alguien que pasa cerca de nosotros—. Mira —Saca unos billetes de su cartera y me los ofrece—, te ayudará con el taxi. Ve a casa y piensa muy bien tu próximo movimiento, y espero que no sea conmigo. —¿Qué? —jadeo conmocionada. Tiene una esposa e hijos. Me acosté con un hombre casado. No puede ser, oh Dios mío, ¿qué mierda hice? Entonces, las siguientes palabras penetran mi conmoción. Golpeo la mano que extiende el dinero hacía mí y espeto. —No estoy haciendo ninguna jugada, estoy embarazada y es tuyo. No he estado con nadie en... —¿Y tú crees que voy a tragarme ese cuento? —gruñe y no puedo evitar estremecerme por su dura mirada y su cruel tono. —Sí, es tuyo Nicolás. Tengo exactamente once semanas. —Mis manos se estrechan cuando lo escucho soltar una risa cínica. —No me vengas con estupideces... ¿Fabiola no? —gruño un "sí". El idiota ni se acuerda de mi nombre—. Mira, no eres ni la primera ni la última mujer que usa esta... estrategia para cazar un hombre, pero es realmente patético lo que haces. Y más que utilices a un bebé. —Yo no... —Segundo, ¿Quién malditamente me asegura que justo después de irme de tu cama no me reemplazaste con el siguiente sujeto que te dijera cuan bonitos son tus... —Mira hacia mi escote y sonríe nuevamente—, ojos? —¡No te atrevas a insinuar que soy... —Una puta. Lo eres, ¿Quién se acuesta con el primer pendejo que le sonríe? Sólo una puta. —Tú, hijo de... Intento lanzarme hacia él pero soy empujada antes, Nicolás se ubica justo frente a mi rostro, el suyo contorsionado por la rabia me aprisiona mientras gruñe: —Permanece lejos de mí, de mi familia y de mi esposa. Si te embarazaste ese no es mi jodido problema, yo no fui el pobre necesitado de afecto que se lanzó al primer tiburón al acecho. Ese bebé es tu problema no mío. —Su mano toma fuertemente la mía, hago una mueca por el dolor de mi corazón y el de mi muñeca, las lágrimas se derraman por mis mejillas—. Si vuelves a acercarte, la próxima vez no te daré sólo una advertencia. Permanece lejos de mi... —sisea y me empuja, me siento caer hacia atrás, extiendo mis manos a los lados tratado de equilibrarme pero es imposible; cuando siento que es inminente mi caída, unos brazos me sostienen y me atraen hacia la seguridad de un pecho sólido. Mis ojos se elevan para confirmar lo que mi cerebro ha registrado al sentir ese particular olor de perfume... el aire sale de mis pulmones. Ahí, tomándome en sus manos se encuentra Fernando, su rostro furioso no se atreve a mirarme aún, él está apuntando toda la ira que hace a su cuerpo tenso, hacia el padre de mi hijo Ruge y, con la delicadeza que puede reunir en un momento como este, me tira detrás suyo para lograr lanzarse sobre Nicolás. Su puño acierta en el rostro del hombre que hace unos momentos estuvo gritándome, y cae al suelo, cubriendo su sangrante Nariz. —Nunca, en tu puta vida, te atrevas a tocarla de esa manera. Te mataré infeliz, juro que te mataré. —¡Fernando! —grito pero es inútil, él está en una misión ahora, y esa misión es acabar con Nicolás.
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