Fernando
Fulmino con la mirada al tipo frente a mí.
Que ni crea que su uniforme tiene alguna repercusión en mí. Me vale mierda que sea policía, o que me haya esposado y traído a la estación de policía.
El hijo de puta que molí a golpes se lo merecía, primero por haber tratado de esa forma a Fabi y segundo, porque el maldito imbécil es el padre del bebé que espera. Y no sólo eso, el muy malnacido negó que fuera suyo —como si Fabiola estuviera de pene en pene por toda la ciudad—, si ella dice que es de él, es porque es cierto.
La sangre me hierve sólo de recordar la forma en que se levantó sobre ella, sus horribles palabras —las que alcancé a escuchar— y luego tiene el puto descaro de empujarla. Era hombre muerto desde antes, pero al ver lo que hizo, concluí que su muerte debería ser dolorosa. Lo más dolorosa posible.
Lástima que la policía llegó antes de que pudiera reconstruir su rostro nuevamente, les tomó cuatro hombres para arrancarme de encima del maldito. Fabi no se alejó de mi lado, incluso le gritó al policía cuando me estrujó subió a la patrulla conmigo.
Ella está declarando en la otra habitación mientras yo estoy aquí, siendo interrogado por este estúpido policía.
—A ver si entendí —gruñe. Sus enormes cejas se fruncen y recuesta su espalda en la silla—. Dices que el hombre, al cual casi matas a golpes, es el padre del hijo que lleva la mujer de la cual estás enamorado; y que lo golpeaste porque se negó a ayudar a tu mujer y no le basto con llamarla una puta sino que también la lastimó.
Gruño recordando como el cuerpo de Fabi casi golpea el suelo. —Si.
—Bueno, extraoficialmente —suspira y para mi sorpresa una pequeña sonrisa se dibuja en su cara—, creo que fuiste indulgente con el hijo de puta. Yo en tu lugar hubiera hecho mucho más que sólo golpear su rostro.
Parpadeo y lo miro confundido. —Si alguien no hubiera interferido, probablemente hubiera logrado hacer mucho más.
—Ah, pero ahí está el problema. Alguien nos llamó por una riña callejera, somos la autoridad aquí chico, debíamos actuar —Se levanta y va hacia la cafetera, sirve un poco para él y trae otra taza para mí—. Sin embargo, si hubiera sabido por qué razón un hombre estaría golpeando a otro fuera de un club, me hubiera tardado un poco más. Pero como ya vez, no todo es perfecto en esta vida.
Tomo la taza que me ofrece y sin quererlo, una sonrisa se dibuja en mis labios por sus palabras.
—Pero —dice y hago una mueca—, lo siento chico, siempre hay un pero. En fin, como decía, somos la autoridad y aunque yo probablemente hubiera hecho lo mismo; debo dejarte guardado por veinticuatro horas, ese es el castigo. Espero que mientras estás en la celda medites muy bien sobre lo que sucedió e idees una forma lenta y tortuosa de acabar con el tipo; oficialmente espero que este comportamiento no se vuelva a repetir. Tienes suerte de que el hijo de puta le tenga miedo a su esposa, y haya optado por no demandarte y sólo decir que fue un accidente en su club.
—Hijo de puta.
—Así es, pero bueno chico. En unas horas podrás regresar a la pelirroja que está esperando por ti fuera de esta horrible habitación.
—¿Está aquí? —pregunto preocupado, el policía Martínez asiente y me cabreo—. Está embarazada, ella debería estar en casa descansando no aquí.
—Dile eso a ella, se ha negado a irse hasta no asegurarse que no te meterás en más problemas.
—No debería, primero está su salud.
—En ese caso, la haré pasar rápido para que te compruebe y pueda ir a casa.
Asiento y le agradezco. Me recuesto en la silla y bebo un poco de café. Unos minutos después, la puerta es abierta y Martínez deja pasar a Fabi. Está furiosa, sus brazos se encuentran cruzados sobre su pecho y patalea hasta llegar frente a mí, sus ojos se estrechan en mi dirección, abre su boca y yo me preparo para que me envíe a la mierda.
—¿Qué estabas pensando? —gruñe—. No, espera, no estabas pensando. Porque sencillamente una persona cuerda no habría hecho lo que hiciste.
—Él te lastimó.
—Me empujó, sí. Pero creo que un sólo golpe habría bastado. ¡Casi lo matas!
Bufo. —Hubiera sido lo mejor, está robando aire.
—¡Por Dios! —jadeo observando mis nudillos lastimados—. Mira nada más.
—Gajes del oficio. —Intento bromear pero fallo.
—¿Gajes del oficio? ¿En serio Fernando? —chilla y su rostro se vuelve rojo por la molestia—. Pudiste haber ido a la cárcel.
—Estoy en ella.
—Sí, pero te soltarán en poco tiempo.
—Estoy bien.
—No, no lo estás. Tú no te detuviste —murmura y baja su rostro—. Pensé que de verdad lo matarías.
—Se lo merecía cariño, él te lastimó.
—Deja de decir eso, sólo me empujó
—Y casi caes al suelo, si yo no hubiera estado allí. ¿Sabes lo que un mal golpe pudo haber hecho a tu salud, a la salud del bebé?
—Sí, lo sé —responde en un bajo e inseguro tono de voz. Sus brazos van hacia su cintura y se abraza a sí misma.
Me levanto inmediatamente y voy hasta ella, dudo sólo un segundo antes de tomarla en mis brazos y abrazarla.
—Todo está bien —murmuro y froto su espalda, cuando empieza a sacudirse por el llanto—. Todo va a estar bien.
—Él m-me dijo cosas ho-horribles —solloza.
—Y por eso merecía que le destrozara hasta el alma.
—Yo... yo sólo tenía que decirle, él es el padre... pensé que si lo sabía... —Su voz se rompe y llora más fuerte. Me parte el alma verla de esa manera y me provoca tomar nuevamente al hijo de puta y golpear su mierda.
—Tú no necesitas de ese hijo de puta Fabi, y si yo fuera su hijo, preferiría vivir toda mi vida sin conocerlo que ver a mi madre pelear con él por un poco de atención para mí —digo porque es lo que pienso y siento. Ella es una mujer fuerte, valiente, éxitos, buena y bondadosa; podrá sacar adelante a ese bebé y muchos más—. Además, tú nunca estarás sola. Tienes a las chicas... y, también me tienes a mí.
Le sonrío y limpio sus lágrimas con mis pulgares, acunando su rostro entre mis manos. Miro sus hermosos ojos, rojos y tristes por el llanto y quiero desgarrar la piel de ese pendejo. La vuelvo a encerrar entre mis brazos y beso su cabeza.
—Pueden irse —dice Martínez abriendo la puerta abruptamente—. Y hay unas personas esperándolos en la sala.
—¿Personas? —pregunta Fabi saliendo de mis brazos. Maldigo internamente al policía por interrumpir este momento.
—Sí, los padres y amigos de ambos —responde y el rostro de Fabi pierde todo el color.
—Oh Dios, ¿mis padres? —chilla entrando en pánico.
—Cariño, cálmate. —Intento tranquilizarla pero se aleja de mí.
—Ellos... ellos no saben sobre Nicolás. Ni siquiera he podido hablar con ellos. Jesús, ¿Qué me pasa?
—Oye —susurro plantándome frente a ella—, tú puedes. Vamos, los enfrentaremos juntos.
Asiente y la tomo de la mano pare salir, en la sala de espera encontramos a mi familia, las chicas y los padres de Fabi.
—¿Qué demonios pasó? —grita Manu y corre hacía nosotros.
—¿Están bien? —pregunta Lia.
—Estamos bien, sólo un percance en la calle —respondo por ambos, Fabi está congelada a mi lado
—¿Un percance? —chilla mi hermana menor—. ¿Y por eso tienes tus nudillos en carne viva?
—Nena —murmura David, pero mi hermana lo ignora.
—Te metiste en una pelea —afirma. Asiento y suspiro.
—¿Por qué? —Lia hace eco de la pregunta en la mente de todos. Abro mi boca para contestar, pero Fabi se adelanta.
—Por mí —susurra. Levanta su mirada del suelo y contempla a todos—. Él se peleó por mí. En mí defensa.
—¿Alguien te atacó? —gruñe Teresa, viniendo hacia Fabi para comprobarla.
—Algo así.
—¿Perdón? —espeto molesto—. Eso no fue algo así, ese hijo de puta te lastimó.
Los padres de Fabi aspiran fuertemente. Nelly se acerca y abraza a su hija.
—¿Qué fue lo que sucedió mi niña?
—Yo... —suspira y sus ojos van hacia mí—, yo estoy embarazada —dice y sus padres asienten expectantes—. Fui a buscar a Nicolás para decírselo, pero él no...
—¿Nicolás? —preguntan todos al tiempo. Quienes más confundidos se ven son Nelly Y Joaquín. Sus ojos van entre Fabiola y yo.
—E-el padre del bebé.
—¿Qué? —jadea don Joaquín—. Pero yo creí que eras tú —dice, señalándome.
—No —gruño—, no lo soy. —Pero moriría por serlo.
—No comprendo. —Nelly observa a su hija con miles de preguntas en sus ojos.
—Cometí un error, mamá. Una mala decisión que ha traído a este bebé a mi vida y no creo que él tenga la culpa de que yo sea una mala cabeza. Lo siento, papá, mamá; sé que no esperaban esto de mí, pero es lo que es —dice y estrecho su manos, dándole todo mi apoyo—. Estoy esperando un hijo, en unos meses seré mamá y no voy a lamentarme por ello.
—Fabiola, nosotros... sólo no... —balbucea Nelly.
—Entendemos —interrumpe Joaquín—. Eres una mujer, hija mía. Todos somos unos cabeza hueca en algún momento de nuestras vidas, y no por eso debemos ser juzgados —musita abrazando a Fabi, mi mano suelta la suya para permitirle corresponder al gesto—. Estamos aquí, y si ese hombre quiere perderse la vida de su hijo, ten por seguro que yo no me perderé ver a mi nieto crecer.
—Gracias papá —llora Fabi y se aferra a su padre. Su madre está un poco más reticente y en su rostro se puede ver que no está muy conforme con lo que ahora conoce.
—Mamá.
—Yo no puedo decir nada justo ahora. Agradezco a Dios que estés bien, pero... esto es demasiado para mí. Yo no quería esto para ti, no así. —Se vuelve hacia la salida, no antes de que podamos ver las lágrimas formándose en sus ojos y la decepción en ellos.
—¿Mami? —La voz de Fabi está cargada de dolor y eso me parte el corazón. Su padre niega y besa su mejilla.
—Déjala mi niña, ya se le pasará. Ve a casa y descansa, mañana iré a visitarte para que me muestres como están tú y mi nieto.
Tomo la mano de Fabi y la llevo hasta afuera. Mi familia y las chicas se unen a nosotros. Fabi permanece callada y distante mientras regresamos a su casa. Rosi le ofrece algo para comer, niega y va directo a su cuarto; doy un paso para seguirla pero se vuelve y me da una mirada que me hace detenerme.
—Quiero estar sola —dice. Sus ojos van hacia los demás haciendo obvio que habla con todos—. Necesito estarlo.
—Fabi...
—¿Acaso no entiendes? —Interrumpe mis palabras—. Dije que quiero estar sola. Además, tú sigues siendo mi persona menos favorita, incluso si me defendiste hoy, eso no compensa las muchas otras veces que tú me hiciste daño. Estoy cansada de perdonar sólo para volver a ser herida.
Me da su espalda y se encierra en su cuarto. Dejo escapar un suspiro y cierro mis ojos. Alguien viene para abrazarme y abro los ojos para encontrarme a mi hermana menos.
—La has lastimado mucho Fer, para ella no es fácil olvidar todos esos años de desplantes.
—Lo sé Manu, soy consciente de lo idiota que he sido toda mi jodida vida, pero... simplemente no sé qué más hacer.
—No rendirte, eso es lo que tienes que hacer —dice con una sonrisa—. ¿La amas?
—Yo... sí.
—Entonces lucha, sigue peleando por ella. Aunque esté herida, sé que aún te ama... —Me da unas palmaditas en la espalda y camina de regreso a su esposo dejando salir las siguientes palabras—: recuérdale por qué lo hace y confírmale por qué debería seguir haciéndolo.
Suspiro me doy ánimos a mí mismo porque la amo y porque seguiré luchando... no importa cuánto me tome, lo haré...
...Por mí, por ella, por ese bebé, por todo.