Epílogo

1561 Palabras
Caminaron uno al lado del otro, ambos sintiendo sus corazones dar vuelcos furiosos de pura alegría. —Lo lograste—, rió él orgulloso, reposando uno de sus brazos sobre el hombro de la castaña. No se sentía capaz de hablar en esos momentos, por lo que también rió y miró al moreno que la abrazaba cálidamente. Sentía decenas de miradas a su alrededor, todas posadas en ella, y -no lo iba a negar- le causaba una cierta sensación de incomodidad; la hacía sentir encerrada, ese sentimiento de claustrofobia que tanto odiaba. —Todos me miran—, bajó su mirada a sus manos, intentando cubrir el sonrojo de pena que invadía sus mejillas. A la vez que se fijaba en el camino a sus pies, intentando no tropezar con los pies de alguien más y hacer el ridículo en proporciones bíblicas. Y a su cabeza llegó el pequeño y doloroso -no tan doloroso realmente- recuerdo de las últimas veces que había sido observada con tanta atención por decenas de personas. En Cordialidad, por esa estúpida pelea con Peter, los hippies la miraban con miedo de que les pudiera hacer algo; en Verdad, durante el juicio, todos los bocazas la miraban de manera despectiva, incluso algunos Osados, la miraban como si fuera una asesina; y en el Hangar de los Abandonados, cuando estuvo el pequeñísimo problema de los transmisores que los controlaban y forzaban a suicidarse, ahí la miraban como un trozo de carne sin valor absoluto.  Nunca la habían observado como en ese momento. Nunca había recibido tantas miradas de admiración a la vez -a excepción, claro, del día de los resultados, cuando supo que había sido la primera de su clase, pero no era punto de comparación. —Por supuesto que lo hacen—, sonrió de lado, orgulloso de ella—, tu cambiaste todo. Así es, la miraban con pura admiración, con orgullo, casi con emoción. Todos. Tobias incluido. —Además soy fabulosa...—, sonrió mirando al castaño que había unido sus cuerpos aún más, debido al poco espacio que les dejaba la multitud a su alrededor. Pasó su brazo por la espalda de Tobias, abrazándolo también. —No puedo negar algo así. Y su sonrisa se ensanchó, y su estómago dio un vuelco.  —¿Y ahora qué?—, suspiró ella cambiando el tema, y borrando ligeramente la enorme sonrisa en su rostro. —Hay que averiguarlo, juntos—, se miraron a los ojos, se miraron el corazón, se miraron el alma; se abrazaban con los ojos—, ¿estás lista? Asintió, tomando la mano del castaño y apretando esta. Sintió su estómago hundirse en miedo e incertidumbre. Porque no tenía idea de qué pasaría entonces, sin embargo estaba lista para lo que fuera que se acercara, porque estaba con él. Estaba a salvo. Estaba en su hogar. ( . . . ) «He de admitir que ni siquiera esperaba quedar viva al finalizar las simulaciones. Es decir... ingresé en los complejos de Erudición con la mente en blanco y un único pensamiento y esperanza: evitar más muertes y que Cuatro pudiera sobrecoger la soledad justo como yo lo había llegado a hacer, que él pudiera superar mi muerte. Bueno... solo diré que él es un maldito suertudo. Pues ahora me tiene a su lado, a salvo, y no estará solo. No lo dejaré solo. No pienso hacerlo, así me cueste la vida. Y, a decir verdad, que jamás pensé, ni siquiera imaginé, poder salir de allí viva. Podré sonar pesimista e incluso deprimente, pero es casi como un impulso el pensar lo peor en cada situación, el visualizar el escenario fatalista; porque de ese modo si sucede lo peor, ya estaría preparada para ello, pero si sucede algo bueno, en ese caso sería una grata sorpresa. Es un buen truco, me ha funcionado toda la vida. Pero, salí; salí y no lo puedo creer. La soledad era encantadora, eso es obvio, pero la incertidumbre era una tortura y el silencio realmente violento. Y bien. No sólo hablo de Erudición, iré a las ligas mayores. La Valla. Ugh... esta maldita prisión. Podré ser la única rara, aunque lo dudo mucho; que, en cuanto se le prohíbe algo, lo primero que quiere hacer es justamente eso que le fue negado. Pues bien, siempre he ansiado salir de la Valla, y sobrepasar esos muros. Alejarme de Chicago tanto como me fuera posible. Buscar un lugar al cual pertenecer plenamente. Recuerdo que en mis escapadas de Cordialidad y cuando subía al tren en las noches, lo único que pasaba por mi mente eran planes o ideas absurdas de cómo salir de la ciudad. Ideaba planes que jamás llevaría a cabo o creaba estrategias que eran muy complejas para alguien demasiado débil -en ese entonces, como para llevarlo a cabo. Recuerdo jurarle a la luna y a las estrellas, al sol y a las nubes, a los relámpagos y rayos que saldría de aquí, que hallaría la forma de hacerlo. Saldría incluso si me tomaba una noche o cien años. Lo haría. Lo haría, maldita sea, y sería recibida con un enorme "bienvenida a casa". Jamás consideré pequeños, pero gratos, imprevistos en mis planes de escape. Jamás me llegué a imaginar escapando acompañada de Tobias; escapando junto a mis amigos. También admito que siempre fui una cabeza dura. Terca, testaruda, necia y todos sus derivados existentes; las pruebas de ello yacen en mi piel en forma de cicatrices permanentes.  Pero a pesar de mi terquedad en algunos asuntos, de una forma u otra terminaba dejando todo de lado, perdiendo el interés. Me híper-concentraba en algo y dos días después ya ni siquiera era importante para mí. Curiosamente a esto jamás. Huir de Chicago jamás fue una loca idea pasajera. Sí bien, no le tenía ni un poco de afecto a nada en esta ciudad, más allá de pocas personas efímeras; no había huido años atrás. Y a día de hoy, a veces, me cuestiono el por qué. Destino tal vez. Sí, seguro... De algo estaba -estoy- segura, eso lo puedo asegurar, no permitiré que Tobias o Uriah salgan lastimados. Jamás. Así me cueste la vida.  Porque son las dos personas que más estimo en el mundo, dos personas por las que estoy dispuesta a sacrificarme sin vacilar o titubear ni un maldito milisegundo. Daría mi vida por ellos, seguro. Lo haría una y mil veces de ser necesario. Sin dudarlo. Pero debo ser valiente, ¿no? Aunque realmente ser valiente no es el punto. Eso es imposible, de hecho. El punto es aprender a controlar el miedo, y a vivir con él. A ser libre de él. Y, mierda, siento que ya casi sueno como una estirada. Mi corazón es de piedra, inquebrantable; y mi mente de vidrio, frágil. Irónicamente el primero en ser roto fue mi corazón, al perder a mi madre; mientras que mi mente está intacta, a pesar de la presión y de los sueros, a pesar de ser forzada y empujada hasta el límite. Aprecio la ironía, sí. Por otro lado... no logro imaginar, siquiera, qué sería de Tobias... si yo hubiera muerto ahí dentro, intentando abrir esa caja. Lloraría por mí. Desde mi piel hasta mis huesos. ¿Sí? ¿verdad? Bueno, eso quiero creer. Supongo... ¡Pero, hey! Estoy aquí. De vuelta a casa. Bienvenida, Valentine. Y juro que no pienso dejarlo sólo. No pienso fallarle. No pienso ser débil. Mucho menos romperme en pedazos. Seré lo que aparento ser. Valiente, fuerte, leal, firme. O, en su defecto, aparentaré serlo, hasta convertirme en ello. Porque debo serlo. Seré lo que todos dicen que soy. Joven, rota e infame. Lo seré si con eso logro evitar más muertes innecesarias. Lo seré si con eso logro evitar más muertes, a secas. Y de sólo pensarlo siento la rabia recorrerme. Siento ira y resentimiento. El hecho de que las personas fuera de la Valla hallan permitido tantas muertes, hallan atestiguado esta m*****e, seguramente, solo para su entretenimiento; jamás intervinieron y mucho menos modificaron su "experimento" para ¡evitar la muerte de gente inocente! Sólo observaban todo, como si fuera una maldita obra de teatro para su entretenimiento. Me da asco de solo pensarlo. Pero... el lado bueno es que ahora sé que no era una loca. Que las colinas tenían ojos y no era paranoia. No estaba loca y mucho menos era rara. Simplemente sabía que algo andaba mal desde un principio. Porque yo siempre pude verlo. Yo observaba donde otros sólo miraban. Soy una maldita genio. Tal vez Erudición sí era lo mío. Aunque el sólo recuerdo de los insípidos y tétricos pasillos me produce escalofríos. No soy Erudición pero encajaría bien por mi claro intelecto -aclaro que es sarcasmo. Me siento Osada, más que nada. Mejor aún, Divergente. Pues sé que no estaba mal, que no había nada malo en mi. Tal vez ese mensaje sólo alimentó mi ego o se me subió a la cabeza demás, pero, bueno... ¡Soy la maldita solución! Bueno... somos, corrección. La maldita solución que finalmente logrará su cometido de salir y cruzar esos muros que rodean la ciudad. La maldita joven, rota e infame que logrará lo que nadie logró antes. Seremos libres de la prisión en la que nos han encerrado. Suena como un sueño hecho realidad. Oh... qué encantador.» Fin.  -V
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR