Cap. 18

1873 Palabras
Respiró con fuerza manteniendo sus ojos cerrados con fuerza, casi negándose a abrirlos y ver lo que la rodeaba. El pecho de Valentine subía y bajaba con fiereza, debido a su respiración pesada. —Veo que has decidido volver. Y cuando se sintió lo suficientemente segura de abrir los ojos, lo hizo. Un ojo primero, y luego el otro, con tanta lentitud que parecía temer ser atrapada mirando algo indebido. —¿Y te sorprende acaso? Es una estúpida y una rara de primera—, dijo una segunda voz a su lado. Pero no estaba rodeada de personas, eran siluetas oscuras. Oía las voces, las reconocía pero no las asociaba con ningún rostro en concreto. —Ni rara, ni tonta, ni estúpida... loca. —No vine a pelear con ninguno de ustedes—, murmuró, intentando mantener la compostura. Cerró sus puños y los abrió varias veces, imitando el gesto de Tobias; había comprendido el por qué él hacía aquello: liberaba la tensión de sus músculos y, a fin de cuentas, relajaba todo su cuerpo. —No pelearás con nosotros, dulzura—, canturreó una voz aguda, la silueta dueña de esta voz levantó un brazo y con sus dedos huesudos apuntó a una mujer que se hallaba bastante lejos, como para poder reconocerla a primera vista—. Pelearás con ella. —A quien más odias...- Con cada paso que daba la mujer en su dirección, parecía que el mismísimo mundo a sus pies temblaba de terror. Las siluetas desaparecieron -dispersándose en el aire- y ya no se hallaba en la sala de Erudición, ahora estaba en lo que parecía ser un campo abierto de Cordialidad. Un aura oscura emanaba de aquella mujer, y todo a su alrededor se transformaba a medida que caminaba. El césped verde, moría y tomaba tonalidades cafés; los árboles frutales morían, la fruta de estos se pudría; el cielo sobre su cabeza se nublaba y oscurecía, avisando de la llegada de una infernal tormenta. —¿Quién eres tu?—, cuestionó mirando a la mujer acercarse de manera amenazante. —Soy tu, Valentine. Soy quien realmente eres—, dicho esto empezó a correr hacia la castaña. —¿En serio me veo así de fabulosa?—, se burló, entonces el choque de su espalda contra una pared de concreto le quitó el aliento y todo rastro de burla de su rostro—. Maldita sea. Se removió de dolor, sintiendo dos manos pequeñas envolverse alrededor de su cuello. Opuso resistencia, moviéndose en su lugar y empujando levemente el cuerpo de la muchacha que la estaba ahorcando. Sí moría en la simulación, moriría fuera de la simulación también. —No pelearé—, jadeó, sin apartar las manos de su doble de su garganta, pero sí imponiendo resistencia. —¡Te haré pelear!—, gritó con frustración, la soltó y luego golpeó con fuerza su mejilla, haciéndola caer al suelo; este se fragmentó en grandes pedazos. —¡No! —¡Sí! —¡Deja de contradecirme!—, gritó desde su posición en el suelo. Alejándose de su doble a rastras—. ¡Tú no eres yo! —Claro que lo soy. Yo soy lo que todos ven cuando te miran a ti—, repuso con una sonrisa de lado, como si su victoria ya hubiese sido prevista. Saltó y se ubicó sobre ella, nuevamente enredado sus manos en su cuello. Pateó el cuerpo sin fuerzas de la pecosa. Mientras que todo lo que pisaba a su alrededor se fraccionaba en grandes pedazos y se derrumbaba sobre sí mismo. La mujer se alejó de ella por unos segundos, por lo que Valentine intentó levantarse del suelo con las pocas fuerzas que le quedaban, un par de veces; sin éxito. Fue entonces que sintió un tirón en su cabello, era su doble quien la había tomado con fuerza por detrás, para levantarle la cabeza. —No... no eres yo.  —Sí lo soy. Soy tu. Una máquina mortal. Una asesina. Mataste a Al, a Will, a Tris, a Lukas, a tu madre... y a Jonathan. —¡Ya basta!—, se giró de golpe soltándose del agarre y empujando con fuerza lejos de ella a la réplica. —Eres una asesina, y lo sabes. ¿Quién será el próximo? ¿Ah? ¿Uriah? ¿Marlene? ¿Lynn? ¿Hector?... ¿Tobias? Bueno... igual no es como si tuvieras muchas opciones, digo, a fin de cuentas todos tus amigos terminan muertos; pregúntale a Jonathan, seguramente él te lo dirá con seguridad. Apretó los puños con fuerza. La ira la invadía y sentía su pulso latir con fuerza detrás de sus oídos. Una oleada de adrenalina embriagando su sistema, circulando por sus venas y llegando a su cabeza. Ansiaba partirle la cara a esa copia barata. Sin embargo, sabía que si lo hacía, moriría. Y no podía dejar a Cuatro solo. Se tranquilizó, haciendo uso de todas sus fuerzas. Tomó varias bocanadas de aire para regular su respiración y su pulso. Aquello casi le recordaba a los entrenamientos. Calmarse en ese momento le sería difícil... pero no imposible. Y tenía que hacer lo difícil, algo sencillo, porque era cuestión de tiempo para que fuera de la simulación entraran los soldados de Jeanine y Max a la sala. —Yo... —Habla, muñeca, tienes dos minutos para hacerlo o también habrás acabado con la vida de Cuatro. Aunque, sabes, ni siquiera me sorprendería. —Te perdono. —Oh... pequeña...—, su copia fingió estar conmovida poniendo una mano en su pecho y plasmando una sonrisa socarrona en su rostro—. Dulce y sentimental, Valentine Reds... me enfermas. Y comenzó a correr hacia ella. Ahora era peor, en cada paso que daba el suelo se fragmentaba cada vez más y el mismo temblaba, casi como si quisiera hacerla perder el equilibrio. Y en el cielo estallaba un trueno, iluminándose con un relámpago, seguido inmediatamente por un rayo impactando con el césped peligrosamente cerca a sus pies. Entonces saltó, estando a unos metros de distancia, en un intento por tirarla al suelo; sin embargo, la réplica se desvaneció. Se hizo polvo frente a sus ojos y a la pecosa solo llegó una suave brisa. —Ugh... ¿soy así de insoportable? "Simulación de Cordialidad: superada. Iniciando mensaje." —Hola. Vengo de afuera de la Valla, donde casi nos hemos destruidos los unos a los otros—, empezó a narrar un holograma de una mujer mayor, muy bien vestida—. Diseñamos su ciudad como un experimento, pensamos que éste sería la forma de recuperar la humanidad que hemos perdido. Y diseñamos facciones para preservar la paz. Pero estamos seguros de que habrán aquellos que trasciendan estas facciones; ellos serán los Divergentes. Ellos son el propósito de este experimento. Son vitales para la supervivencia de la humanidad. Mordió su labio inferior, con toda su atención fija en el holograma de la mujer frente a sus ojos. Un nudo se creó en su garganta, desconociendo siquiera el motivo, y su corazón dio un vuelco. —Si están viendo esto, entonces al menos uno de ustedes es la prueba viviente de que nuestro experimento fue exitoso—, el holograma falló unos segundos, distorsionando la cara de la mujer, sin embargo la voz de esta jamás se dejó de escuchar a su alrededor—. Es momento de que emerjan de su aislamiento, y se unan a nosotros. Les hemos permitido creer que ustedes son los últimos, pero no lo son. La humanidad los espera, con esperanza... más allá de la Valla. Y entonces la mujer desapareció frente a sus ojos y todo se oscureció. Despertaba de la simulación. Despertaba con una sonrisa en su rostro. Triunfal. ( . . . ) —Val—, el brazo fuerte de Tobias rodeó su cintura, evitando su inminente caída debido a la desorientación causada por el suero que, seguramente era aquel que la había conducido a la simulación. Sonrió escondiendo su rostro en el cuello del mayor—, ¿estás bien? —Y lo preguntas...—, su sonrisa se ensanchó, a la vez que se alejaba un poco para observar el par de ojos azules que la analizaban detalladamente. Él no pudo evitar responder a esa sonrisa con una igual de grande; incluso a pesar de ver un pequeño hilo de sangre salir de la nariz de Valentine. Miró a su alrededor cuando hubo aclarado su vista y recobrado el equilibrio. Notó a Jeanine al otro lado de la sala, mirando las pantallas con completo escepticismo; seguramente había escuchado el mensaje también. Caminó hasta ella, acercándose tanto como la habitación se lo permitía, pues el vidrio que separaba las habitaciones era un impedimento para lo que le quería hacer. —Te equivocaste—, escupió socarrona, imprimiendo en su voz y en cada palabra que pronunciaba todo el veneno en su sistema, cruzando sus brazos sobre su pecho sintió el triunfo inundar su ser. Y quiso reír a carcajadas, pero se abstuvo—. Dijiste que el problema éramos nosotros, pero no es así. Somos la solución. Te equivocaste. Jeanine parecía atónita, como si aún no creyera lo que acababa de escuchar. Se giró y miró a la castaña, su cara se transformó de golpe; ahora quien sentía el triunfo recorrerla era ella. —Entierren la caja—, ordenó fuerte a los soldados que mantenían sus armas aún en alto, apuntándole a la pareja. Fue el turno de Valentine de lucir desconcertada y sacada de lugar. —¿Qué?—, Cuatro y ella se miraron, luego miraron a Matthews y finalmente a los guardias. —Nadie la verá, jamás. Mátenlos a ambos. Max alzó su arma, apuntando a la castaña; sin una pizca de duda o reluctancia en sus acciones. —¡No!—, Cuatro se interpuso, entonces resonó un disparo en toda la sala. Pero ninguno de los dos sintió el dolor punzante de una bala en sus cuerpos, vieron entonces que Max yacía en el piso muerto y el dueño de ese disparo había sido El Abandonado -de quien Valentine aún desconocía el nombre. En menos de nada la sala se lleno de Osados y Abandonados, y Jeanine tenía más de tres armas apuntando directo a su cabeza. —¿Evelyn?—, preguntó atónita la rubia. —Asombroso. Nos gustará estar aquí... —¿Y tu crees que las otras facciones te aceptarán? —¿Porque eres tan popular?—, alzó una ceja Evelyn, en un claro gesto de burla hacia la ex-líder de Erudición—. Llévensela de aquí. Empujaron a Jeanine y a Edd fuera de la habitación, con las muñecas atadas con fuerza a sus espaldas. —¡En cuanto se escuche ese mensaje, habrá pánico!—, desesperada gritó Jeanine, aún siendo empujada, pero imponiendo resistencia. —¿Qué mensaje? —Lo pasaré por todas las pantallas de la ciudad—, dijo Cuatro con una pequeña sonrisa tirando de la comisura de sus labios, y entonces caminó hasta una de las decenas de computadoras para cumplir con lo dicho. Todos debían escuchar el mensaje. Todos en Chicago escucharían el mensaje. -V
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