—Encontramos esto en el cuerpo del s*****a—, dijo Evelyn, mostrando el chip que seguramente le habían implantado al muchacho.
—Lukas—, corrigió Uriah, sentando en la mesa junto a Valentine, su voz saliendo temblorosa y débil—. Su nombre era Lukas.
—Lo siento. Lukas—, escupió a modo de disculpa forzada.
—Es un sofisticado inyector de suero de simulación—, explicó Tori junto a Evelyn—, y también tiene un radio transmisor integrado.
—¿Y cómo lo sacamos?—, cuestionó Uriah con miedo.
Lukas era amigo de Uriah. Lo conoció desde que eran pequeños, habían crecido juntos y a pesar de que durante la Iniciación se habían distanciado, aún lo quería. Aún lo consideraba su amigo.
—No lo sabemos—, suspiró.
—La tecnología se protege a sí misma—, Evelyn empezó. Con unas pinzas tomó el chip y en su otra mano tomó una pequeña barra metálica. Acercó el chip a la barra y luego los separó, mostrando cómo el artefacto se enredaba en la barra y tiraba de ella con fuerza al ser separados—. Este aparato, se enreda alrededor de la arteria y si intentas arrancarlo: mata a la persona.
Bueno... eso sería un problema.
Varios jadeos, quejas y murmullos estallaron a su alrededor. Tenían miedo.
Escondió su cabeza entre sus brazos, sintiéndose culpable.
—¿Qué haremos entonces?—, Christina dijo realmente asustada.
—Tori buscará la manera de sacarlo antes de cualquier cosa...-
—O, podríamos hacerlo lógico y entregarla—, intervino el Abandonado -el mismo con el que habían peleado en el tren- alentando a todos para entregar a Valentine como si nada—. Nadie sabe sobre esta alianza y tenemos esa ventaja. Podríamos entregarla y así ganaríamos tiempo.
Dicho esto varias ovaciones de parte de más Abandonados lo siguieron y respaldaron. Pero ni un sólo Osado los apoyó, en su lugar, sólo tenían mala cara. Y Cuatro parecía que en cualquier momento empezaría a echar humo por los oídos.
Levantó su cabeza de la mesa, para mirar a su alrededor.
El imbécil tiene un punto. Es el maldito bien común. Una vida a cambio de muchas. Y aunque no es lo ideal, porque moriré seguramente, es mejor que sea yo a que sea Hector, o Marlene, o incluso Lynn. Razonó. O incluso Uriah o Tobias.
—Claro. Me parece una buena idea—, dijo Cuatro con una cara de total seriedad. Y ella tuvo que tragar duro, pues la ansiedad la dominó por unos escasos segundos pensando que él realmente estaba considerando aquello como opción—. Lo harás sobre mi c*****r.
Soltó el aire que retenía.
—Y sobre el mío—, curiosamente Uriah y Zeke hablaron a la vez. Casi parecía algo ensayado.
Entonces el caos estalló, gritos llenos de ira resonaron por todo el lugar, todos dirigidos a Cuatro y a los otros dos adolescentes que defendían a la pecosa.
Cuatro y el Abandonado sostuvieron sus miradas en una Guerra fría en la cual ninguno se doblegaría y tampoco perdería.
Esto es absurdo.
—Necesito aire—, le murmuró a Uriah, él asintió viendo a la muchacha levantarse de la mesa e irse del lugar, hastiada. Cansada de todo.
—¡Hey! ¡Yo no tengo una bomba de tiempo en el brazo!—, gritó el Abandonado rompiendo el contacto visual, recordándole a todos los que tenían un chip que "podrían morir por culpa de Valentine".
Cuatro miró hacia donde el muchacho moreno señalaba, vio cómo ella salía del lugar.
El sentimiento de culpa en ambos era lo que dominaba. Se sentían tan distantes, querían unirse pero no lo sentían correcto. Y no sabían por qué.
( . . . )
Se hallaba sentada en la cama, con sus piernas cruzadas y sus codos apoyados en ellas. Sus lágrimas escurrían por sus mejillas, sin embargo no se sentía mal. No sentía que llorar fuese a solucionar algo, en absoluto y eso la enojaba un poco.
No es como si morir me asustara. Son cosas que pasan, es el ciclo de la vida. Lo que sí me asusta es dejarlo a él. Ha sufrido tanto, y me parte el corazón dejarlo. Incluso a Uriah, que después de perder a Lukas... me pierda a mi. Estará destrozado. Y no es mi ego el que habla, soy yo... creo. Y sé que les romperé el corazón. Empezó a pensar, limpiando a veces las lágrimas que caían. Sin embargo, es por el bien común. Tampoco es como si nunca hubiera pensado en morir.
Miró su brazo, en el que se hallaba el chip y junto a este se hallaba una cicatriz en forma vertical. Si bien, era pequeña... aún así era una cicatriz. Y recordó a la vez el origen de esa cicatriz.
Seguía mirando sus muñecas cuando escuchó la puerta de la habitación abrirse y luego cerrarse. Sabía que era Cuatro sin embargo no tenía el valor para mirarlo a los ojos.
Él se sentó frente a ella en la cama, permitiéndole recostar su cabeza en su hombro. Aspiró el aroma que él desprendía, y como siempre esa mezcla de dulzura y fortaleza inundó sus fosas nasales, y luego sus pulmones. Le encantaba.
—Sé lo que estás pensando—, dijo él enterrando su nariz en su cabello, hasta ubicar sus labios junto a la oreja de la castaña, de modo que ella podía oír su respiración, y el tono de voz tan bajo que él empleaba le parecía más seductor que de costumbre—. Y no te dejaré hacerlo.
Negó con la cabeza aún recostada en el hombro del mayor. Contuvo las lágrimas que querían salir y levantó la cabeza, con una sonrisa dolida. Atreviéndose finalmente a mirarlo a los ojos. Parpadeó un par de veces para espantar las lágrimas y aclarar su vista un poco.
Y lo vio a él.
Y la expresión que él tenía sólo logró romperle más el corazón.
—Nadie más puede morir por mi culpa.
—Nadie más va a morir por tu culpa.
La mirada que él le daba era reconfortante, dulce. Llenaba su pecho y hacía a su estómago sentir ese cosquilleo al que ya estaba habituada cada vez que lo miraba a los ojos. Su corazón se hundió en su pecho, cuando la expresión del moreno se transformó a una preocupada, y algo en su interior se removió con fiereza.
—Tori encontrará la manera de sacar los dispositivos...-
—¿Y si no lo logra?
—Entonces...—, las palabras se atascaron en su garganta, se humedeció los labios varias veces antes de seguir hablando. Evidentemente nervioso, no muy seguro de lo que diría—. Entonces... si... si no lo logra, ya veremos qué hacer. Juntos.
Y ella sabía muy bien que él intentaba reconfortarla, sin embargo Valentine estaba tan rota y destrozada que sólo logró sentirse peor al verlo a él tan desesperado por salvarla.
Por salvar lo único que lo mantenía medianamente cuerdo.
—Yo sólo soy una persona, y no importo tanto. Es lo que es.
—Pero sí importas—, habló con los nervios a flor de piel y la desesperación colándose en su voz—. Me importas a mí. Y te amo.
Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. No pudo evitar soltar unas cuantas lágrimas rebeldes y una sonrisa dolida.
Se sentía mal por lo que había hecho. Y por lo que haría.
Levantó sus manos hasta ubicarlas en las mejillas del moreno. Él cerró los ojos ante el tacto delicado de la muchacha, adorando sentir las tibias y pequeñas manos de ella tocar su piel. Juntaron sus labios en un beso. Uno lleno de dolor, de tristeza, de arrepentimiento.
De perdón.
Él pasó su brazos por detrás del abdomen de la menor, debajo de la ropa de la castaña. Acariciando su piel. Y en un ágil movimiento tiró de ella en su dirección, casi forzándola a sentarse sobre su regazo.
Entonces ambos sabían que la intensidad estaba subiendo. Que el perdón y el dolor habían sido expresados y ahora sólo había lugar para el deseo y el amor.
Tobias pasó sus manos por toda su espalda, acariciando la piel que debido a la situación en la que se hallaban, estaba sensible.
Se separaron para tomar aire. Ella mordió del labio inferior del muchacho y tiró de él, provocándolo descaradamente.
Se miraron a los ojos, viendo el deseo en los ojos del otro.
Quiero esto.
Bajó su mirada a los labios del moreno, viendo lo hinchados y rojos que se hallaban. Y miró su propia camisa, y con sus manos algo temblorosas la quitó sobre su cabeza. La tiró a algún lugar de la habitación.
Sintió la mirada del moreno analizar hasta el más mínimo detalle de su cuerpo, como si quisiera conservar la imagen en su memoria; su rostro tomó un color rojo, debido a la vergüenza. Se cubrió acto reflejo, escondiendo su rostro en el hueco del cuello del mayor.
Sintió las suaves manos de Tobias acariciar su piel con suma delicadeza. Sus dedos pasaron sobre las cicatrices de su espalda, sobre las cicatrices de sus brazos y abdomen. Luego llegaron hasta el tatuaje de debajo de uno de sus pechos, lo acarició con suma delicadeza.
Tomó las muñecas de la castaña y apartando sus brazos del camino, casi la obligó a pasarlos por su nuca. Dándole así un vista perfecta de su cuerpo, de sus grandes senos.
Soltó una sonrisa coqueta, sosteniéndole la mirada. Demostrando seguridad y queriendo trasmitírsela a ella también.
—Es lo que es—, susurró él viendo una chispa de emoción en los ojos castaños de la pecosa.
Volvió a unir su labios, esta vez en un beso más ansioso, más deseoso del otro.
Él también quitó su camisa sobre su cabeza, dándole una vista perfecta de su cuerpo trabajado.
La temperatura empezó a subir en la habitación. En sus mentes ya no había pensamiento racional alguno; se manejaban meramente por sus impulsos y sus deseos.
Esa noche Tobias besó todo su cuerpo, todas sus cicatrices. Todos sus tatuajes. Esa noche fueron uno sólo. Esa noche ella volvió a su hogar. Esa noche él dejó su marca en ella, más allá de los mordiscos amoratados en su pálida piel, dejó su marca en su alma, mente y corazón.
Esa noche ella se despidió de él.
-V