Había despertado bañada en sudor, sintiendo su corazón latir desbocado en su pecho, y como todos los días desde que su llegada, había tenido otra pesadilla. Es más, ya casi podía decir que era costumbre.
Maldijo por lo bajo, cansada.
Se sentó sobre aquel colchón, mirando sus pies descalzos. Se fijó en sus propias manos y el temblor incontrolado que las dominaba; víctima meramente de su pesadilla. Suspiró pasando una de sus manos por su cabello, para alejar los castaños mechones rebeldes lejos de su rostro.
Desde el ataque a Abnegación, había pasado un tiempo, y obviamente su cabello había crecido un poco, ahora le llegaba más abajo de la cintura y la verdad, es que le parecía poco práctico tenerlo así. Llevaba días pensándolo, debía cortarlo, quería cortarlo.
¿Sería buena idea? Se cuestionó. Bah... qué importa. Volverá a crecer.
Ese día -gracias a las pesadillas que la atormentaban sin parar- había despertado más temprano que de costumbre, sin dejar de ser en la madrugada; así que aprovechando el sueño de todos los que dormían junto a ella en un gran salón común en Cordialidad, salió con unas tijeras en sus manos.
Con un único pensamiento rondando en su adormilada y cansada cabeza. ¿Por qué no?
Curiosamente habían grandes fragmentos de un espejo reposando en el suelo, frente a la puerta. Tomó uno y siendo sumamente cuidadosa para no cortarse, o que le quedara chueco. Recortó su cabello casi a tientas, iluminada únicamente por la escasa luz de la madrugada.
Suspiró por decima vez en lo que iba de la mañana, y miró su reflejo, había terminado y -honestamente- sentía que había hecho un buen trabajo.
Ahora lo tenía un poco más abajo de los hombros, y sí bien no era un cambio extremo, tampoco quería el cabello muy corto.
( . . . )
—Sigues siendo igual de inmadura a cuando te fuiste—, escuchó la voz del pelirrojo con el que solía hablar cuando estaba en Cordialidad, reprocharle. Edd.
—Y tu igual de imbécil—, se encogió de hombros escupiendo cada palabra como veneno hirviendo, pero con una sonrisa casi altanera en sus labios—. Erudición no te sentó bien... ¿dime, de verdad lograste superar la Iniciación? ¿o tuviste que hacer trampa, como un animal rastrero?
La rabia creció en él, sin embargo, así como ellos, tenía una sola condición para poder quedarse en Cordialidad. Nada de violencia. Y, de hecho, no es que él fuera violento, pero la castaña siempre lograba sacarlo de sus casillas.
Fuera en un buen sentido o no. Ella lo volvía loco. Y odiaba fuertemente no poder odiarla.
La pecosa tomó el balde que yacía en el suelo, esperándola y lo cargó con suma facilidad subiendo por la colina, alejándose del pelirrojo; regó el contenido mientras avanzaba pues el césped necesitaba agua y hacía días no llovía.
Vio a Cuatro debajo de un árbol, él jugaba con varios niños: uno estaba sobre sus hombros, empujaba a otro en un columpio y otros dos le hablaban sin cesar, mostrándole cosas. Él parecía interesado en todo lo que los mocosos le decían, incluso sonreía genuinamente asombrado, a veces.
Una pequeña sonrisa se apoderó del rostro de Valentine -alejando su semblante cansado y hastiado- ante la imagen de Tobias teniendo hijos, jugando con ellos, enseñándoles sobre la vida.
Se veía libre. Pensó, y su sonrisa se amplió.
Pero ella no. Ella estaba sufriendo. Había vuelto al lugar que tanto le costó alejarse. Había vuelto al infierno y el mismísimo diablo la esperaba con un taza de té servida, dispuesto a recibirla entre sus brazos.
Se estaba distanciando tanto de Cuatro que a su lista de preocupaciones se había sumado: perderlo. Ahora hablaban muy poco, pues ella siempre estaba de mal humor o al borde del llanto.
Y había algo en su forma de actuar que él aún no lograba comprender. Le era extraño, a secas. Pero por su mente no pasó, ni por un segundo, el pasaje de miedo de la muchacha. Tal vez lo había olvidado. Tal vez estaba muy ocupado cumpliendo con la única condición que Johanna les había puesto -porque, a decir verdad, Valentine no era la única luchando consigo misma para no comportarse como si aún estuviese en Osadía. Tal vez Cordialidad era mucho para ellos.
Tal vez.
—Hola—, saludó llegando a su lado, él bajó al niño de sus hombros y se acercó a ella.
—Hola.
Había notado algo diferente ese día. Podía ser tal vez su buen humor. O pudo ser su cabello. No lograba descifrarlo aún, pero sabía que había algo.
Posó sus manos sobre sus hombros, juntando sus cuerpos. Pasó una de sus manos por la nuca de la muchacha, acariciando la piel expuesta y luego su cabello, al tocar la coleta que había hecho para mantener gran parte su pelo lejos de su rostro, tiró de ella, soltando los mechones de cabello castaño.
El cabello cayó, rebelde, enmarcando la cara de la castaña. Sin contar claro, el fleco que siempre mantenía bien peinado.
—¿No te gusta?—, murmuró con la mirada perdida y un tono de voz increíblemente suave, casi inocente.
Y Cuatro no sabía si le sorprendía más su nuevo corte de cabello o el tono de voz empleado. Un escalofrío recorrió al moreno de pies a cabeza, y una sensación de calidez dominó su pecho.
—Me gusta, sí. Me sorprendiste, eso es todo—, explicó con una pequeña sonrisa creciendo en sus labios. Valentine pudo ver los azules ojos del mayor brillar preciosamente.
Y una llama se encendió en el interior de la menor al ver los ojos del moreno. No está enojado, no me odia; no lo voy a perder. Casi saltó de la felicidad.
Bueno... la causa de su emoción era simplemente el toque de él, que ahora bajaba de sus hombros, por su cuerpo hasta su cintura.
Le alegraba poder estar bien con él nuevamente, ya que el día anterior ella había tenido una fuerte pelea con una Cordial, hasta el punto de golpearla; cosa que había hecho enojar a Cuatro -y por supuesto, a Johanna.
Ella se apresuró a pasar sus brazos por la espalda del muchacho, sintiéndose inexplicablemente vulnerable de pronto -como si la pequeña e insidiosa vocecilla en la parte de atrás de su cabeza le hubiese recordado que no estaba a salvo, no en Cordialidad. Y la pequeña sonrisa que se había formado en sus labios, desapareció de golpe; preocupando al moreno entonces.
Pero no lo entendía. No entendía por qué se había vuelto tan "dependiente" -por decirlo de algún modo- a él. No quería ser ese tipo de persona. No quería ser ese tipo de persona, que al perder a su pareja su mundo se derrumba a sus pies.
Pero él no sólo es mi pareja. Es mi hogar. Pensó como consuelo.
Quería volver a ser la Valentine que conocía. La Valentine de Osadía. La tosca, dura, mala, insolente, altanera, incluso narcisista. Pero le era difícil estando en ese lugar, donde sabía que el peligro vivía junto a ella.
Se sentía vulnerable. Sentía que si bajaba la guardia Adam aparecería detrás suyo con un botella en la mano y el fuerte olor a alcohol emanando de él. Sentía miedo. Y el único capaz de consolarla era Cuatro, de reconfortarla y de hacerla sentir a salvo.
Aunque él por otro lado tampoco se sentía muy cómodo sabiendo que Marcus rondaba cerca suyo, cerca de Valentine.
—¿Qué pasa, Val?—, y ella aún no se acostumbraba a que él la llamara así.
—Nada...
—Siguen las pesadillas—, afirmó aunque sonó como una pregunta. Esquivó su mirada, confirmando sus palabras—. Tu y yo estamos bien, sí.
Define "bien", pensó casi al instante, sin embargo no lo dijo en voz alta. Se limitó a asentir y tragar el pequeño nudo que se había formado en su garganta.
—Vamos a comer—, sentenció ella llenando sus pulmones de la fragancia que salía de la ropa de Cuatro. Y si bien la ropa no era de él, de alguna forma emanaba ese olor que ella amaba, esa colonia fuerte y dulce a la vez que la enloquecía.
Entrelazaron sus dedos y caminaron colina abajo.
Entraron al Domo, sabiendo que todas las miradas de los Cordiales estarían clavadas sobre ellos; llamaban mucho la atención, ella más que cualquiera, pues siempre usaba pantalones cortos para así poder lucir la medusa que adornaba su piel, y la tinta que decoraba sus rodillas. Lucía con orgullo el porte de Osadía, la rudeza y firmeza, la seriedad y fuerza, la sequedad y por supuesto, los tatuajes.
Y más que lucirla, era un pequeño recordatorio personal. De Uriah. De su mejor amigo.
En las noches rogaba para volver a verlo. Rogaba para no tener que enfrentarse a Adam o a Lucille de nuevo. Rogaba para no sentir nunca más el miedo que le causaba ese lugar. Rogaba para no perder a Cuatro. Rogaba para que todo regresara a la normalidad, pudieran regresar a Osadía y todo siguiera su curso.
Por lo menos puedo controlar una de estas. Pensó, apretando la mano de Cuatro, repitiendo para sus adentros todo lo que estaría dispuesta a sacrificar para no perder al mayor. Y al ver a Adam atravesar el gran salón con una bandeja en sus manos, un escalofrío la recorrió completa, intentó ocultarlo apretando un poco más la mano del moreno. Y él fingió no notarlo, decidió no resaltarlo, pero había sido más que obvio.
Maldita sea. Jadeó por lo bajo, luego de hacer contacto visual con Adam. Y cada fibra de su cuerpo gritó para que saliera corriendo por su vida.
-V