Cap. 2

1633 Palabras
—¿Cuánto más debemos quedarnos?—, bufó caminando a la par del moreno, y la irritación en su voz fue evidente sin llegar a ser grosera. —Hasta que sea seguro irnos—, respondió él, con su usual tono suave pero firme. Él sabía lo poco -o nada- que le gustaba a Valentine la idea de tener que ocultarse en Cordialidad, pero realmente no tenían opción. ( . . . ) —La encontraron—, cuestionó, pero sonó más como una afirmación cargada de orgullo. —En la casa de Natalie y Andrew Prior, señora, tal y como dijo. Caminó hasta la caja situada casi en el centro de la habitación. Se dio el lujo de detallarla minuciosamente, era metálica, en cada una de sus cinco caras estaban tallados los logos de cada una de las facciones. Abnegación, Cordialidad, Erudición, Verdad y Osadía. —¿Qué se supone que contiene?—, preguntó Max mirando los gestos complacidos de la mujer. —Un mensaje de los fundadores, que nos asegura el futuro que nos merecemos. Los divergentes acabarán con nuestra sociedad. Debemos acabarlos antes... y esto nos ayudará a hacerlo—, Jeanine miró a Max—. Sin embargo, sólo un divergente puede abrirla. Búscalos. Encuéntralos a todos. Y él se fue, siguiendo las ordenes de la líder de Erudición. ( . . . ) —Vamos por algo de comer—, murmuró sintiendo su estómago pedir casi a gritos algo de comida. Cuatro sonrió en su dirección, asintió con la cabeza, accediendo a su petición. Caminaron colina abajo, hombro con hombro, en completo silencio -sin embargo, no sentían que debían hablar para llenar el silencio, era la clase de calma entre ellos dos que apreciaban y casi adoraban.  A medida que avanzaba la fila, avanzaban ellos, Cuatro mantenía un brazo sobre los hombros de Valentine, haciendo que las miradas de los Cordiales se posaran en ellos, curiosos. Simplemente porque no era muy común para ellos ver a dos Osados y mucho menos a una pareja de Osados tan "melosos". Todas las facciones tenían a los Osados en un concepto de seres fríos, de idiotas intrépidos incapaces de relacionarse con los demás de una forma amorosa o incluso amistosa. Los Veraces pensaban en los Osados como evasivos: usando siempre la evasión como método para ocultar la verdad, gente de poco fiar. Los Abnegados los veían como extremadamente intrépidos y valientes, incluso bastante altruistas por dedicarse a proteger a los otros. Los Eruditos los veían como bestias sin cerebro, solo músculo y cero neuronas, solo fuerza bruta, incapaces de razonar. Para los Cordiales, en este caso, los Osados eran seres inquebrantables e insensibles; y ver a Valentine y Cuatro compartiendo una muestra tan sencilla y mínima de afecto... los había sacado un poco de lugar. —Que seas feliz—, le dijo una Cordial a Cuatro a la vez que él tomaba la bandeja en sus manos y quitaba el brazo de los hombros de la castaña, avanzando en la fila. Él murmuró un leve "gracias" y caminó delante de la menor. El Cordial repitió la acción y le dijo esta vez a Valentine con la misma amabilidad y simpatía que a Cuatro—. Que seas feliz. Su respuesta fue una sonrisa fingida y socarrona que se desvaneció tan pronto como apareció, tomó la bandeja entre sus manos y caminó detrás del moreno. Realmente no soporto esta facción. Y no se esforzaba ni un poco en hacérselo saber a todos. —No sé cuánto más podré soportar esto... —Debemos integrarnos...- —No puedo. Lo intenté por dieciséis años, ¿sí? Y como te habrás dado cuenta... Osadía se me da mejor. Mucho mejor—, enfatizó rodando los ojos. —Amabilidad patológica con gran pasividad. Adoro este lugar—, llegó Peter junto a ellos, saltándose la fila. Empujó con su cadera a la castaña que cada vez estaba de peor humor. Se sirvió algo de comer en su bandeja y siguió hablando, importándole poco la mirada mortífera que la pecosa le lanzaba—. Oye, Valentine. Sabes, me encanta tu cabello. Me recuerda a los caballos del establo... ya sabes por lo chueco. —No estoy de humor, Peter—, murmuró tomando su bandeja de las manos de Cuatro, pues él se había ofrecido para servirle la comida, y saliendo de la línea. —Peter, por qué no, mejor, vas a comer—, salió Cuatro en defensa de Valentine, escupiendo cada palabra como ácido hacia Peter mientras se giraba en dirección a ambos, notando lo incómoda que ella se encontraba. —¿Por qué? Debemos estar juntos ahora que somos fugitivos oficiales—, se burló pero sus gestos demostraban todo, menos gracia. Edd, el pelirrojo Erudito que hacía un tiempo fue muy cercano a la castaña, había oído todo, sintió sus nervios a flor de piel y no pudo evitar unirse a la conversación. —¿Qué, Reds? Rodó los ojos automáticamente. —Oh... ¿Y tu eres...? —Edd. —Bien, Edd. Ya que no te dijo tu amiga al parecer. Sí. Bueno. Hasta donde sé Jeanine ha divulgado los rumores de que el ataque a Abnegación fue "coordinado por un grupo de divergentes y sus simpatizantes"...—, citó con una sonrisa de superioridad en su rostro, como si toda la maldita situación no lo afectara en absoluto. —Básicamente nos están culpando de todo—, resumió la castaña, caminando a la par de Cuatro quien había pasado su brazo nuevamente sobre los hombros de ella. Y ella pasado su brazo por la cintura del mayor. —Necesitaba una razón para que el Consejo impusiera la ley marcial. Y ahora la tiene—, explicó Cuatro con simpleza. Y por un segundo volvió a sentir la mirada de su padre sobre ella. Intentó restarle importancia pero le era casi imposible. Caminaron entre las mesas buscando una vacía, sabiendo bien que a los Hippies les daba miedo sentarse junto a ellos. Pasaron junto a una mesa en la que se encontraban sentados Johanna, Marcus, Lucille y Adam. Y tanto ella como Cuatro sintieron las miradas de los cuatro adultos sobre ellos. Se tensionaron de repente y no pudieron evitar apresurar el paso. —Cordialidad es nuestra mejor opción. Esperaremos y veremos en dónde están los demás Osados. Y luego haremos algo...—, continuó él con su explicación, usando un tono suave de modo que también tranquilizara un poco a Valentine. Uriah... Todos se sentaron en la mesa a excepción de Cuatro, quien tomó una botella que reposaba sobre la madera, dispuesto a ir de regreso a la fila de Cordiales para llenarla con agua. —Mataremos a Jeanine—, sentenció imprimiendo en sus palabras decisión. Firmeza. No era un plan, era un hecho -nada acabaría hasta que Jeanine Matthews estuviera muerta. —Lo sé—, Cuatro no pudo evitar su expresión preocupada al mirar a la muchacha que picaba la comida en su bandeja con desinterés—. Pero no estamos listos. No aún. Y se retiró. Edd aún no lo creía, mantenía su vista perdida en un punto muerto de la mesa, asimilando las palabras de los Osados con los que estaba sentado. —Valentine—, su tono casi fue de burla cuando la llamó, ella que metía un pedazo de carne a su boca lo miró expectante, hastiada de él y su presencia—. No estás hablando en serio, ¿o sí? —Claro que hablo en serio. Jeanine debe morir. —No puedes sólo matar así a un persona... —Sacamos al chico de Cordialidad pero no la cordialidad del chico—, se burló casi citando la frase que Peter siempre les decía a ella y a Tris. —No. Ella tiene razón, Edd... —¿Cómo? —Sí, digo, Valentine, deberías ir a Erudición y matar a Jeanine tu misma. Yo me quedaré con tu amiguito, Edd, y con Cuatro, para que no los mates—, habló Peter mientras con un cuchillo y un tenedor hacía énfasis en ciertos momentos; como si todo a su alrededor fuera extremadamente gracioso. —¿Qué? Oh... no lo dijo. Lo dijo. Mal movimiento, muchacho. La rabia creció en ella y no pudo evitar tensionarse y apretar la mandíbula. —Sí... digo, como a Will—, mantuvo su mirada fija en ella, casi como retándola. Nadie sabe eso. Nadie debía saberlo. Ahora todos lo saben, maldita sea. —Sería más divertido matarte a ti, Peter—, gruñó antes de empezar a forcejar con el pelinegro. Edd se levantó de la mesa y huyó despavorido. Ellos dos, en cambio, se estaban poniendo cada vez más violentos y agresivos. Ella tiró la mesa sobre Peter, aprisionándolo debajo. Saltó sobre esta y con el mismo cuchillo que él había tenido en sus manos hacía unos segundos, hizo un pequeño corte en su cuello, amenazando con matarlo. —Eres un maldito bastardo...- Cuatro llegó corriendo, la tomó de la cintura y la alejó del muchacho de un tirón. Ella forcejaba con él, sintiendo varias cosas al mismo tiempo. Sintió rabia, ira, pero más que nada, cuando Cuatro la tomó tan improvisadamente y con tanta fuerza, sintió miedo. Le recordó a su padre y a la pequeña lucha que había tenido en el Abismo con los otros Iniciados. Pero ese miedo irracional se desvaneció en cuanto llegó a sus pulmones el dulce aroma que emanaba del moreno. —Tienes que calmarte—, la tomó de las muñecas con fuerza, mirándola a los ojos y pronunciando cada palabra con tanta firmeza que casi parecía un regaño. Valentine se soltó bruscamente de su agarre como si el toque de Cuatro quemara en su piel. -V
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