Cap. 3

1560 Palabras
—A mi oficina, ahora. "Acompáñame, necesito hablar contigo en mi oficina". La voz autoritaria que había usado Johanna el día de la Prueba, retumbó en su cabeza como un mal recuerdo; ese día la alarma de su reloj la había salvado, sin embargo, esta vez, no había alarma, o persona que retrasara su inevitable destino. Tenía que afrontar a Johanna y las consecuencias de sus acciones.  Levantó su vista del suelo, para mirar a la mujer que observaba la escena bastante enojada. Detrás de ella pudo ver a Lucille con una mirada casi triunfante y a Adam mirando con suma atención el espectáculo. Marcus también los observaba pero era más discreto. Dio dos pasos, alejándose de Cuatro. Sintiendo su cercanía, su toque, su presencia -su enojo- quemar en su ser de forma agresiva. Peter se levantó del suelo, notoriamente enojado, pateó algo en el suelo y se alejó para tomar aire. ( . . . ) —¿Acaso no fui clara al poner las condiciones para ofrecerles santuario aquí en Cordialidad? Incluía nada de violencia. —Le puedo asegurar que esto no se repetirá—, Cuatro le aseguró, firme y evidentemente enojado con Valentine, pues ella lo había hecho otra vez. —Incluso si fuera verdad, ya no pueden quedarse. Su presencia aquí es perturbadora. "—Fue su culpa, ella me tiró una roca e insistía en que fuéramos a jugar al bosque. Mamá dice que no debemos ir al bosque si no es con algún adulto... —Cállate, mocoso mentiroso. Tu me empujaste primero, dijiste que no querías jugar conmigo porque era rara. Me tiraste una maldita roca—, se excusó la castaña de nueve años señalando sus rodillas que aún sangraban y que en un futuro no tan lejano, habría una gran cicatriz. —No más, es suficiente. Tommy, puedes retirarte—, el rubio se levantó y se fue de la oficina con una mueca triunfante en su rostro al saber que había salido impune—. En cuanto a ti, señorita... La pequeña Reds tragó con fuerza, cerrando sus manitas en puños. Apretó los ojos, ya preparada para lo que le esperaba. Dos pares de brazos la tomaron con fuerza y luego sintió la aguja inyectarse en su piel sin cuidado alguno. Aquí vamos de nuevo, pensó con tristeza en su sistema antes de caer inconsciente." —La verdad es que su santuario no les iba a durar mucho ¿o sí? No cuando se enfrentan a Jeanine...—, habló la castaña, sentada junto a Peter muy a su pesar. Y sintió sus ojos picar a causa de las lágrimas de ira que querían escapar. Ira, furia, pura y absoluta impotencia.  —No lo entiendes... —No. Sí lo entiendo. No seré un cerebrito pero la posición en la que todos se encuentran es clara, obvio. Entiendo que quiere mantenerse lejos de todo el conflicto pero un día llegará Jeanine y le quitará todo el poder que usted crea tener...- —Valentine—, la interrumpió Cuatro con una cara bastante seria para su gusto y un tono de advertencia que jamás le había escuchado usar. Se silenció inmediatamente, mordiendo el interior de sus mejillas. Y no pudo evitar sentirse culpable, por ser tan egoísta y no pensar que si causaba más problemas no sólo se iría ella de Cordialidad, sino que arrastraría a Cuatro con ella. El sentimiento de culpa sólo se se acrecentó en ella al ver su cara seria, postura rígida y el tono de voz que había empleado. Él nunca la llamaba así, siempre usaba algún apodo, como "Val" o incluso le decía "pecas" -para molestarla o bromear incluso- pero si usaba su nombre era porque estaba realmente enojado. —Sólo necesitamos más tiempo. En cuanto sepamos dónde están los otros Osados nos iremos—, intentó negociar Cuatro, apaciguando la situación con un tono de voz más suave. —¿Y luego qué? ¿Atacarán Erudición? No seré parte de eso. —Nadie te está pidiendo que lo hagas. Sólo te pedimos un par de días más—, negoció en moreno intentando ahora suavizar su expresión en un sutil intento por convencer a la líder de facción. Johanna no había despegado sus ojos de la castaña, quien movía su pierna ansiosa por irse, y mantenía su mirada en el suelo, evitando la de los otros. —Una sola. —¿Una sola qué?—, soltó fastidiada. Impaciente, queriendo salir de esa oficina tan pronto como le fuera posible; odiaba esas cuatro paredes. Todos sus recuerdos de esa oficina eran malos. Honestamente, prefiero que me atrape Jeanine Matthews a estar sola en esta oficina con Johanna. —Una sola oportunidad más. Verás, Valentine, para ser Cordial debes saber perdonar... a los demás y a ti mismo—, explicó viendo como las castaña por fin se dignaba a mirarla. No soy Cordial, estuvo tentada a escupir en respuesta; pero, nuevamente, se abstuvo, mordiendo su lengua. Apartó la mirada nuevamente, sintiendo cómo sus ojos se volvían a llenar de lágrimas, esta vez de tristeza con el sólo recuerdo de lo sucedido durante el ataque. El recuerdo de las muertes, de sus amigos... de Will.  —Estas sufriendo, Valentine—, casi dijo con gracia su nombre—. Y te compadezco. Sé lo que es sentirse inútil mientras todo se derrumba. Una lagrima rebelde escapó de su ojo, y casi con furia la limpió con brusquedad. No quería su compasión, en absoluto, quería que la dejaran en paz y no cuestionaran su forma de ser, porque nadie -absolutamente nadie- sabía lo que sucedía en la cabeza de la pecosa, tampoco todo lo que había pasado. No quería compasión. Quería comprensión, incluso empatía. Pero no quería sentir esa mirada lastimera que le daban cada vez que la observaban. —Sé que estás enojada, pero matar a Jeanine no traerá de regreso a tu madre. Oh, acaba de... sí lo hizo. Tic, toc... ¡Boom! —Y como siempre, Johanna. Crees conocer todo de mí. No, dulzura, no sabes una mierda—, se levantó de la silla y caminó al gran ventanal que daba vista a los cultivos, dándole la espalda a todos en la sala. —Te compadezco—, susurró antes de girarse para hablar con un hombre que había entrado corriendo, evidentemente preocupado. No quiero su asquerosa compasión. No quiero estar aquí siquiera. —Oh, oh. En casi diecisiete años estando aquí, jamás vi unos camiones de cosecha como esos... ¿Están renovando?—, escupió entre sarcástica y preocupada, con voz lo suficientemente fuerte para que se escuchara en toda la oficina. Johanna volteó a mirarla, luego miró los camiones que entraban rompiendo todo a su paso. Cuatro, Peter y Edd se acercaron rápidamente al ventanal, también queriendo observar. —No es momento para bromas, pequeña—, dijo Edd bastante nervioso. —Cállate. Es más, ni siquiera sé qué haces aquí. —Soy un testigo...- —No te estaba preguntando. Lo estaba comentando, imbécil—, volvió a sonreír socarronamente y se alejó del pelirrojo, dejándolo con la palabra en la boca. Johanna se acercó y miró la expresión preocupada de Cuatro. —Quédense aquí y no hagan ruido—, dicho esto bajó por la escalera de caracol y fue a hablar con quienes conducían los camiones, el hombre que había llegado hacía unos segundos, la siguió. Todos se agacharon casi como un instinto, Valentine tuvo que tirar del borde de la camisa de Edd, quien no entendía lo que estaba pasando. Escucharon a Johanna hablar -dedujeron que se trataba de dos hombres, por los tonos de voz- y luego se un rato en silencio sólo pudieron escuchar la voz de uno de ellos. Asumieron que el otro se había ido. —Tenemos que irnos—, susurró la castaña a la vez que se ponía de pie y caminaba a través de la oficina. —¿Qué hay arriba?—, tan fuerte y clara como el agua, escucharon la voz de Eric. Detuvieron su andar con miedo de él pudiera escucharlos. Habían quedado como estatuas justo en medio del lugar, atentos a las voces. —Es sólo mi oficina—, la voz de Johanna resonó. Valentine asomó un poco su cabeza para poder ver si Eric seguía allí, sin embargo él abandonó la idea de la oficina sólo cuando un caballo soltó una especie de queja. —Vamos—, avisó y le hizo señas a los hombres detrás de ella. Se acercaron al ventanal -a una pequeña ventana en específico- Valentine miró por esta viendo que abajo sólo habían dos guardias armados. Le aviso a Cuatro. Y finalmente abrió la ventana de modo que les fuera más sencillo salir por esta. —Debemos separarnos—, le dijo Cuatro a Peter; seguramente refiriéndose a que todos corrieran en diferentes direcciones de modo que el atraparlos le sería mucho más difícil a Eric y sus soldados. Como siempre, Peter tergiversó lo dicho por el moreno. —Okay. Cada uno por su lado. —Exacto. Cuatro salió primero, luego Valentine ayudó a Edd a salir por la ventana, y cuando tuvo la mitad de su cuerpo fuera de la oficina escuchó a Peter gritar llamando a Eric. Imbécil. Mil veces imbécil. -V
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