Giovanni
Es temprano en la mañana cuando suena el despertador y eso da inicio a mi rutina diaria, que siempre es la misma. Una vez que me levanto de la cama, ejercito durante una hora, luego me ducho, voy hacía el tocador del baño y me coloco distintas lociones al rostro, después voy hacía el vestidor, elijo una camisa y un traje, zapatos a juego junto con la corbata y por ultimo mi reloj en la muñeca.
Me dirijo hacía la sala y enciendo en estéreo. Comienza a sonar mi compilado de música clásica, que es lo que me ayuda a iniciar el día de forma calma y serena, esas intensas, pero suaves melodías consiguen transmitirme una paz como pocas cosas en mi vida.
Desde hace un año que estoy viviendo en la suite presidencial del ultimo piso del hotel Waldorf Astoria. Al principio era algo temporal luego de mi divorcio, pero me termine acostumbrando a las comodidades que me ofrecen aquí. Me ahorre de tener que buscar un nuevo departamento y el ponerme a amueblarlo y decorarlo, eso era algo de lo que siempre se encargaba Alice. Mi madre duele decirme que eso se solucionaría si contratara a alguien para que lo haga, pero siempre me excuso con que si es mi casa me gustaría hacerlo yo mismo. Aunque se que en fondo el motivo es otro...
Aquí en mi suite ya está todo resuelto. Tengo una amplia sala, con un piano en una esquina, un bonito comedor, una pequeña cocina, aunque rara vez la uso, también cuenta con una oficina dónde suelo trabajar cuando salgo del bufete, una sala de entrenamiento, una bar con bebidas, la habitación con el vestidor y el baño privado, y por ultimo otra sala con un enorme sofá y una televisión, que tampoco suelo usarla.
Toda las personas que trabajan en el hotel con muy amables y atentas, que al igual que yo, conmigo mantienen una rutina puntual en cuanto a todos los horarios. Soy alguien que rige por eso. Por el orden y la puntualidad. Y ellos ya se acostumbraron a mis horarios y rutinas.
Como por ejemplo ahora, que a la hora puntual tocan la puerta para traerme el desayuno.
- Adelante. - digo con voz alta y mi camarero habitual no tarde en entrar con la bandeja en sus manos.
- Buenos días, señor Lozano. - me saluda cordial.
- Buenos días, Santiago. - le devuelvo el saludo.
Apoya la bandeja en la mesa del comedor y me deja todo acomodado delante de la silla que está en la punta de la mesa.
- Que tenga un buen día.
- Igual tú. - le respondo luego de darle la propina. Me sonríe y me agradece con un leve movimiento de cabeza para luego salir.
Al encargado del hotel le pedí específicamente si podía ser Santiago quién me atendiera todos los días. Él es un muchacho joven, que es muy amable y no tardo en aprenderse como me gusta mi desayuno, además de ya saber mis horarios. A cambio le doy una muy buena propina, a lo que él siempre me agradece ya que está juntando para la universidad. Como alguien que estudió y se graduó, valoro mucho a los jóvenes que tienen ese espíritu de estudiar. Soy abogado, al igual que mi padre y el suyo.
Me siento en la silla y empiezo a comer mi desayuno, mientras leo el periódico de hoy que Santiago pone junto con todo lo demás y se fondo sigo oyendo mi música.
Al terminar junto mi maletín y salgo de mi habitación y del hotel para subirme a mi auto, el cuál me espera en la entrada como todas las mañanas y conduzco hasta el edificio donde tengo en el ultimo piso el bufete que funde.
Si, se lo que piensan, que tengo un fanatismo por los últimos pisos, pero la verdad es que como hay personas que le dan vértigo, a mi me da una sensación de poder y estabilidad, como que no hay nadie por encima de mi.
Al llegar a la oficina, me recibe mi secretaria.
- Buenos días, señor Lozano. - dice caminando a la par mío, con un anotador y una lapicera en su mano.
- Buenos días, Bianca.
- Su padre, lo ha estado llamando con insistencia, señor Lozano. - me informa mientras me extiende la correspondencia, la tomo.
- Mi padre ya debería saber de sobra que no uso mi celular hasta que llego a la oficina. Me gusta la calma en las mañanas, al menos hasta que llego aquí.
- Eso mismo le dije señor, pero dijo que era urgente.
- Todos es urgente para él, tiene tendencia al drama. - sigo diciendo atravesando la puerta de mi oficina. Dejo mi maletín colgado del perchero y me siento en mi silla, detrás del amplio escritorio. Saco mi celular del bolsillo interno de mi saco y lo apoyo sobre la mesa, luego de encenderlo. Miro a Bianca. - ¿Algún otro mensaje en mi ausencia?
- Si, señor Lozano, los tengo todos aquí escritos en las tarjetas.
- Muy bien, yo los leeré. - extiendo mi mano y ella las deposita en está.
- ¿Alguna cosa que necesita, señor Lozano? - me pregunta.
- No Bianca, gracias, puedes retirarte por ahora. - respondo mi vista en las tarjetas, leyéndolas. Al notar que sigue aquí, levanto mi mirada y la poso en ella. - ¿Necesitas algo tú, Bianca? - le pregunto.
- Si.... - responde. - ¿Tiene un momento, señor Lozano? - me pregunta con algo de nerviosismo.
- Si Bianca, dime.
Me observa pensativa por unos segundos, algo dubitativa, hasta parece algo temerosa, lo que me sorprende. No soy de esos jefes que son unos tiranos o explotadores, soy algo distante y serio, pero siempre he sido muy abierto a lo que sea que quiera decirme, ya sea días libres, si necesita que le adelante el sueldo o si hay algo del trabajo que no comprende.
- Está Bianca, puedes decirme. - agrego con una leve sonrisa para a ver si así logro que se tranquilice.
- Mi madre se encuentra con unos problemas graves de salud. - comienza a decir. - Y por unos meses va a necesitar cuidados constantes. Quería pedirle si me daría unos meses de licencia hasta que se recuperé. Solo somos ella y yo, y no le gusta quedarse con desconocidos, por lo que soy la unica opción para ayudarla.
- Primero, lamento mucho oír lo de tú madre. - digo apenado. - Segundo, Si Bianca, no te preocupes, puedes tomarte el tiempo que necesites, tú no te preocupes, tu trabajo va a estar aguardando hasta que regreses.
- Muchas gracias, señor Lozano.
- No hay problema. - mi celular comienza a sonar y la pantalla marca "Yo soy tú padre".
- Señor, una ultima cosa. - sigue diciendo mi asistente, haciendo que pose mi mirada en ella nuevamente. - Si me permite me gustaría facilitarle un poco las cosas ya que voy a complicárselas.
- ¿A que te refieres? - le pregunto sin entender, mientras mi celular sigue sonando.
- A que le puedo conseguir un reemplazo temporal para mi puesto. - responde, entre tanto la melodía del celular empieza a irritarme. - Tengo una chica que es la indicada, es muy amiga mía, responsable...
- Si, si, está bien. - la interrumpo. - Encárgate tú de eso, me harías un gran favor.
- Claro, señor Lozano. - me dedica una sonrisa y sale de mi oficina, cerrando la puerta tras de si.
Agarro el celular y contesto.
- Papá...
- Gracias por atender Gio. - me responde al otro lado de la línea, con voz de fastidio, pero que trata de mantener serena. - Me ahorraste tener que contratar un globo dirigible que pasara delante del ventanal de tú oficina con un cartel de "Por un demonio Giovanni, atiende la mierda de celular que llevas".
- Lo siento, un inconveniente con mi secretaria.
- ¿Todo bien?
- Si, nada que no se haya solucionado ya.
- Bien, pasemos a lo importante entonces, no sobre la muchacha que te lleva café.
- ¿Qué sucede? La mañana recién empieza.
- No para mi.
- ¿Y ahora que?
- Me llamo Elijah Castaneda. - comienza a decir mi padre y ya con eso se para dónde va la conversación. - Está mañana tuvieron una discusión con uno de sus empleados y al parecer las cosas se descontrolaron un poco.
Suspiro. - ¿Otro pobre hombre al que le han rebanado los dedos? - pregunto serio.
Hace una pausa. - Está vez lo llevaron un poco más al extremo...
- ¿Qué tan extremo?
- Pues... conserva todos sus dedos, pero ahora mismo cuelga del cartel del bar que administraba. - lanzo otro suspiro. - Estoy conduciendo para allá, estaba uno de los empleados cuando sucedió, así la policía no tardara en interrogarlo, tengo que llegar antes de que diga algo por temor a ser el siguiente.
- Papá, ya se están saliendo de control, tenemos que ponerles un limite. - digo firme, ya cansado de toda esa mierda.
- No somos sus niñeras, ni sus madres. - replica él.
- Pero aún así somos los que tenemos que arreglar los desastres que dejan detrás. Llegará un punto en el que ya no sabremos que más mierda hacer para salvarlos de toda la mierda que hacen. No son para nada sutiles.
- Para eso nos pagan, hijo. Además, ¿crees que nos escucharán? Son ellos los jefes después de todo. - hace una pausa. - Tú no te preocupes, yo me encargo de eso.
- Está bien. - digo. - Yo me encargo de lo del senador Bell.
- Estupendo. - dice. - ¿Está noche vienes a cenar a casa? Irá Donny también.
- Si, si. Nos vemos.
- Nos vemos en la noche.
Corto la llamada.
El intercomunicador que me conecta con mi secretaria empieza a sonar.
- ¿Si, Bianca? - pregunto al presionar el botón.
- Señor, la señora Lozano... eh, digo la señora Larson quiere verlo.
- Déjala pasa... - no termino la oración que Alice entra por la puerta. - Buenos días. - me saluda con esa hermosa sonrisa.
- Buenos días. - le devuelvo el saludo. Se acerca más y deja uno de los vasos que lleva en la mano apoyado encima de mi escritorio. - Justo como a ti te gusta.
- ¿Les has puesto azúcar para endulzarme? - pregunto divertido.
Se sienta en una de las sillas que están frente a mi escritorio y cruza esas largas y bronceadas piernas una encima de la otra.
- Siempre he admirado tú capacidad de despertarte siempre de buen humor por las mañanas.
- Sabes que las mañanas son u ritual para mi. - digo. - Ya deja de echarme tanta azúcar. ¿A que le debo el honor?
- Una mezcla de trabajo, placer y personal. - responde.
- Empieza por lo más fácil. - pido.
Mete la mano en su portafolio y saca una carpeta que luego me extiende. - Te traje el expediente que me pediste.
- Gracias, abogada. - respondo tomándola. - ¿Qué más?
- El juez ya dicto el divorcio. - continúa diciendo. Vuelve a meter la mano en el bolso y me extiende otra carpeta. - Debes firmarlo.
Suspiro y la tomo. - Bien. - abro la carpeta, tomo una lapicera y firmo al final de la hoja. Se la vuelvo a extender.
- ¿No vas a leerlo? - pregunta extrañada.
- Eres la mejor abogada que conozco, estoy seguro de que debe estar en orden.
La toma. - ¿Qué hay si en lugar de poner que cada uno se queda con lo suyo, agregué que debes darme la mitad de lo tuyo?
Río. - No lo necesitas, eres más rica que yo.
Menea la cabeza. - Capaz que busco fastidiarte.
- ¿Qué sigue?
- Tú madre me ha llamado, para invitarme al almuerzo del domingo.
Suspiro. - Lo lamento, parece que aún no entiende el significado de la palabra "divorcio".
- Hemos dado muchas vueltas sobre eso, es decir, hoy recién firmamos los papeles luego de casi un año. Es normal que se sienta así.
- Menos mal que no tuvimos hijos. - digo. Ella ríe. - Lo hace más sencillo.
- Nada lo hace más sencillo.
- No éramos la persona destinada para el otro, pero estamos un poco más cerca de encontrarla.
- ¿Realmente crees eso?
Sonrío. - Pues claro.
- Eres un romántico incurable. - hace una pausa. - Hazme un favor. - me pide.
- Claro, lo que quieras.
- Deja de vivir en esa habitación de hotel, búscate un lugar tuyo.
- Está bien, está bien. - digo solo para decir lo que quiere oír. Es más sencillo que tener que explicarme. - Tú tranquila, ya no debes preocuparte por mi.
- Aún así lo hago. - hace una pausa. - Al menos hasta que sigas trabajando para esa gente. - agrega por lo bajo.
- Lo tenemos en orden...
- Eso no fue lo que oí está mañana en la radio. - comenta seria.
- ¿Oíste el nombre de los Castaneda en la radio? - pregunto extrañado.
- No, pero todos en la ciudad saben que ellos son los dueños de ese bar, no el pobre diablo que colgaron.
- Pues, mientras no seamos uno de nosotros considero que todo está en orden.
- Giovanni. - me regaña.
- ¿Qué más era?
- Placer.
- ¿Y que vendría a ser? - pregunto confundido.
Niega con una sonrisa. - Ya está. - se para. - Debo volver a mi trabajo.
- Gracias por la visita, y por el café.
- El siguiente corre por tú cuenta.
- ¿Eso quiere decir que me quieres seguir viendo?
- Fuiste parte de mi vida por 10 años, no te puedo borrar de un día para el otro.
Abro la boca para responderle, pero me detengo cuando la puerta se abre de golpe y entra Declan por está.
- Declan. - digo con fastidio.
- Oh lo siento. - se disculpa, pero para nada arrepentido en verdad. La mira con una sonrisa. - Hola Ali.
- Hola Declan. - dice Alice con una sonrisa divertida. - Mejor los dejos solos.
- Alice... - me sale en un susurro.
- No te preocupes, igual tengo que irme. - me dedica una ultima mirada y luego a Declan. - Adiós. - sale de la oficina cerrando la puerta tras de si.
Declan se sienta en la silla que hasta hace unos minutos estaba ella sentada.
- ¿Qué te he dicho sobre entrar sin anunciarte? - pregunto fastidiado.
- Ya se que no te gusta, pero era un motivo de fuerza mayor. - se justifica. Se hace hacía adelante y toma el vaso de café, para darle un sorbo.
- ¿Qué cosa? - pregunto extrañado.
- Blanca me dijo que estabas con ella, tenía que evitar que sigas haciendo el papel de perrito moribundo.
- Es Bianca. - le corrijo. - Y no hago el papel de perrito moribundo.
- Te vi la cara. - sigue diciendo. - Alice... - susurra haciendo una cara de drama de telenovela.
- Pues, ya cumpliste con tu cometido. Así que si ya terminaste de invadir mi oficina, veté a la tuya. Que tengo trabajo que hacer.
La puerta de vuelve a abrir y ahora entra Rory.
- ¿Vieron la primera plana del periódico de hoy? - nos pregunta mientras nos lo enseña.
- ¿Es que los criaron en una choza sin puerta? - pregunto con fastidio.
Declan toma el periódico y lo lee. - ¿Qué no es este uno de los clubes de los Castaneda? - pregunta y posa su mirada en mi.
- Si. - respondo seco.
- En un año ya habrán acabado con la mitad de la ciudad si siguen así. - sigue Rory, con ese semblante suyo tan característico.
- Solos son unos idiotas que tratan de demostrar algo. - digo. - Quieren infundir respeto a base del miedo y la violencia. Y así no se hace.
- El problema es que se la pasan drogados. - agrega Declan. - Aún tengo pesadillas con el rostro que desfiguraron con ese bate de beisbol.
- ¿Quieres que vaya a solucionarlo? - me pregunta Rory.
- Mi padre se encargara, pero gracias. - respondo. - Tú continúa con el otro asunto de ellos, eres el más meticuloso y no tiene que haber ningún error.
Él asiente.
Declan y Rory son mis dos mejores amigos. Nos conocimos hace 22 años atrás cuando los tres comenzamos a estudiar abogacía en Harvard. Una vez que nos recibimos cada uno estuvo trabajando en lo suyo, hasta que unos años después decidimos fundar juntos nuestro propio bufete. Como tenemos nuestras personalidades bien diferentes, nos dividimos el trabajo y nos enfocamos en un área distinta.
Trabajar con tus amigos tiene sus pro y sus contras. La ventaja es que les confiaría todo, no hay nada que no pueda decirles, ni se espantan tampoco. La desventaja es que tienden ser muy fastidiosos. Y con eso me refiero a Declan.
- ¿Está noche iremos al casino, As? - me pregunta él. - Me enviaron una invitación que hay una partida de póker, para clientes exclusivos, será en la sala privada.
- Claro. - respondo. - Iré luego de cenar en casa de mi padre.
- Les diré que nos anoten. - sigue diciendo, mira a Rory. - ¿Qué hay de ti?
- No juego, pero iré a tomarme unas copas. - responde.
- ¿No te aburres de jugar en traga monedas? - se burla Declan.
- Alguien debe resguardar su dinero para mantenerte luego de que sigas perdiendo todo.
- ¡No pierdo todo! - se queja.
- La mayor parte del tiempo. - decimos a dúo.
- Bueno, no todos somos el rey de ases. - continúa Declan.
- No todos pueden. - agrego yo divertido.
- Maldito presumido y arrogante. - se para.
Río. - Te invitaré luego con una botellas de champagne, que pagaré con tú dinero.
Me muestra el dedo medio y sale de la oficina, Rory va detrás suyo riendo.
Y este es un día normal en mi vida, hasta que la conocí a ella...