bc

El Amor en los Detalles

book_age18+
0
SEGUIR
1K
LEER
HE
el amor después del matrimonio
drama
sweet
alegre
serio
ciudad
pequeña ciudad
like
intro-logo
Descripción

Alejandro es un hombre práctico y lógico, acostumbrado a que todo tenga una explicación. Al conocer a Valeria, una mujer sensible, profunda y cambiante como el viento, intenta descifrar cada uno de sus actos para comprenderla del todo. Pero cuanto más analiza, más distancia siente entre ellos. Hasta que una enseñanza inesperada le revela la verdad: la mujer no fue creada para ser entendida, sino para ser amada. Una historia que muestra que el amor verdadero no necesita razones, solo aceptación y entrega sincera.

chap-preview
Vista previa gratis
EL AMOR EN LOS DETALLES
El amor en los detalles Soy Isabel y esta es mi historia, una que empieza en un hogar dónde lo más valioso nunca fue lo que se podría comprar, sino lo que se sentía en cada momento compartido. Crecí en una casa pequeña pero muy acogedora, en un barrio tranquilo dónde el tiempo transcurría sin prisas y dónde aprendí desde niña a valorar las cosas sencillas. Mis padres fueron mi primer ejemplo de vida: mi padre era un hombre trabajador, serio pero de gran corazón, que se levantaba antes del amanecer cada día para salir a cumplir con su trabajo y volvía al atardecer cansado, pero siempre con una palabra de aliento para nosotros. Me enseñó que nada importante se consigue sin esfuerzo, que la honestidad vale más que cualquier riqueza y que la confianza es algo que tarda años en construirse y sólo un segundo en perderse. Me contaba a menudo de su propia juventud, de cómo había empezado sin nada, más que su voluntad y de cómo había logrado sacar adelante a su familia sin pedir favores que no podía devolver. Esas historias me hicieron comprender que el carácter se forja con el trabajo diario y no con palabras vacías. Mi madre, por su parte, era el alma de nuestro hogar: observadora, paciente y muy cariñosa, se encargaba de todo con dedicación y siempre tenía tiempo para escucharme. Su frase favorita, que escuché una y otra vez, se convirtió en mi guía: “Hija, no te dejes engañar por lo que brilla mucho. Lo verdadero, lo que dura y lo que llena el alma, siempre está en los detalles: en cómo te miran, en si te escuchan de verdad, en si están contigo cuándo nadie más lo ve”. También me hablaba de sus propios sueños de joven, de cómo había esperado al hombre adecuado sin apresurarse, y de lo importante que era conocerse bien a uno mismo antes de compartir la vida con otra persona. Esas palabras me acompañaron en cada pasó que di. En el colegio fui una niña tranquila, aplicada y muy curiosa por aprender. No buscaba llamar la atención ni ser la más popular; prefería estar en la biblioteca leyendo, hacer mis tareas con calma y aprender todo lo que pudiera. Mis maestros decían que tenía constancia y voluntad, y poco a poco fui ganando pequeños reconocimientos que me animaban a seguir adelante. Participaba en concursos de redacción y ferias de ciencias, no por el premio en sí, sino por la satisfacción de superarme a mí misma. Desde entonces ya tenía claras mis metas: terminar bien mis estudios, ingresar a la universidad, prepararme para tener una profesión digna, valer me por mí misma. Pero en lo más profundo de mi ser guardaba otros deseos más íntimos y profundos: quería vivir sin mentiras ni apariencias, ser respetada tal cual era y, sobre todo, encontrar un amor sincero, alguien que me quisiera por quien soy realmente, con mis virtudes y también con mis defectos. No quería amores de palabras vacías, sino uno construido con hechos, paciencia y lealtad. Imaginaba una relación dónde pudiéramos hablar de todo sin miedo, dónde cada uno tuviera su propio espacio y al mismo tiempo nos sintiéramos unidos en los propósitos de la vida. En esa etapa conocí a Lucía y Marisol, mis mejores amigas y cómplices para toda la vida. Eran muy distintas entre sí: Lucía era alegre, impulsiva y siempre tenía una idea nueva para divertirnos; Marisol era más tranquila, reflexiva y sabía escuchar cuándo las cosas no iban bien. Juntas compartimos tardes interminables en el parque, caminatas bajo los árboles y conversaciones que se alargaban hasta el anochecer. Hicimos nuestras primeras locuras inocentes: salir un poco más tarde de lo permitido, compartir dulces que guardábamos para la merienda, escribir en cuadernos lo que sentíamos y soñar despiertas con el futuro. Nos contábamos nuestros temores, nuestras inseguridades y también las pequeñas alegrías que nos daba cada día. Hablamos de todo: de lo que queríamos estudiar, de cómo serían nuestras casas, de los viajes que haríamos y, por supuesto, de lo que esperábamos de un compañero. Nos decíamos que no buscaremos a nadie perfecto, sino a alguien bueno, educado, que supiera valorar lo que tiene y que nos tratara con respeto y cariño. Esas charlas me ayudaron a definir muy bien lo que quería y lo que no aceptaría jamás. Al llegar a la universidad, me entregué por completo a mis estudios. Fueron años de mucho trabajo: madrugadas de lectura, exámenes difíciles, trabajos que requerían tiempo y concentración. Hubo días en que me sentía agotada y con ganas de rendirme, pero recordaba las enseñanzas de mis padres y mis propias metas, y sacaba fuerzas para seguir. Allí aprendí mucho más que lo que decían los libros: aprendí a relacionarme con personas muy distintas, a resolver problemas, a organizar mi tiempo y a crecer como mujer. Hice nuevas amistades, participé en actividades culturales y descubrí capacidades en mí que no sabía que tenía. Cuándo finalmente me gradué con buenas calificaciones, sentí una gran satisfacción, sabiendo que ese era sólo el comienzo de todo lo que vendría. Los primeros meses después de graduarme fueron de muchos cambios. Conseguí un puesto de trabajo en una oficina cercana a mi casa, dónde aprendí a desenvolverme en el mundo laboral, a cumplir con mis responsabilidades y a ganar mi propio dinero. Me sentía orgullosa de estar construyendo mi independencia, pero en mi interior sentía que algo faltaba: seguía soñando con compartir mi camino con alguien, con tener esa compañía que me acompañara en los días buenos y en los difíciles. Seguía reuniéndome con mis amigas, que me animaban a salir más, a conocer gente nueva y a no encerrarme sólo en el trabajo. “El amor llega cuándo menos lo esperas”, me decían siempre. Yo trataba de seguir su consejo, pero no quería salir con cualquiera. Había salido un par de veces con jóvenes conocidos, pero ninguno lograba despertar mi interés: sus palabras eran demasiado fáciles, sus gestos no me parecían sinceros y sentía que buscaban impresionar más que conocer realmente quién era yo. Empecé a pensar que tal vez estaba siendo muy exigente, pero no quería conformarme con algo que no me llenara el corazón. Mi madre me decía que era mejor esperar el tiempo necesario que equivocarse por prisa, y yo confiaba en eso. Mientras tanto, mi vida seguía su curso tranquila: trabajo, visitas a mis padres, tardes con mis amigas y momentos en casa leyendo o escribiendo mis pensamientos en una libreta. Cada día era similar al anterior, pero en mi interior había una esperanza silenciosa de que algo nuevo estaba por llegar, aunque no sabía cuándo ni cómo. Todo cambió una tarde de otoño, cuando el cielo se oscureció de repente y comenzó a llover con fuerza. Salía de mi trabajo con prisa, protegiendo con los brazos mi bolso y unos papeles importantes que llevaba, intentando llegar rápido a la parada del autobús antes de que me mojara por completo. La gente corría por las aceras, buscando refugio bajo los techos o abriendo sus paraguas. Yo iba tan atenta a no resbalar en el suelo mojado y a cuidar lo que llevaba, que no vi hacia dónde caminaba y choqué de lleno contra alguien que venía en sentido contrario. Todo lo que llevaba se me cayó al suelo: los papeles salieron volando con el viento, mi bolso se abrió y varias cosas cayeron esparcidas. Me quedé paralizada, sintiéndome avergonzada y asustada por si había causado algún daño. Pero antes de que pudiera pedir disculpas, escuché una voz tranquila y amable que me dijo que no me preocupara, que había sido sólo un accidente. Levanté la mirada y vi a un hombre de estatura media, complexión firme, con el cabello oscuro y unos ojos claros y serenos que me transmitieron confianza al instante. Sin dudarlo ni un segundo, se agachó bajo la lluvia para ayudarme a recoger todo, ordenó los papeles con mucho cuidado para que no se mojaran y me entregó cada cosa con paciencia. Luego abrió su paraguas y lo sostuvo sobre los dos para protegernos del agua. Me dijo que se llamaba Alejandro y me preguntó si me encontraba bien. Yo le respondí que sí, le di las gracias y me disculpé por no mirar por dónde iba. Él respondió que no había nada que perdonar y, al ver que seguía lloviendo fuerte, me ofreció acompañarme hasta la parada para que no me mojara más. Acepté sin dudarlo y caminamos juntos hablando con naturalidad del clima, del trabajo y de las cosas sencillas de la vida. Me sorprendió su forma de ser: educado, respetuoso, sin frases rebuscadas ni comentarios inadecuados, y con una atención que hacía sentir que realmente le interesaba lo que yo contaba. Cuándo llegamos al lugar, se despidió con cortesía y me pidió permiso para volver a verme con más calma otro día. Mientras yo esperaba el autobús, lo vi alejarse bajo la lluvia con una sensación nueva en el pecho, pero también con una pequeña duda que me hizo preguntarme si todo lo que mostraba era verdad o si había algo que todavía no alcanzaba a ver. Pasaron apenas dos días desde aquel encuentro bajo la lluvia cuándo mi teléfono vibró con un mensaje breve y educado. Era Alejandro, que se presentaba nuevamente y me proponía vernos en un lugar tranquilo para conversar con calma, sin prisas ni compromisos. Dudé unos instantes, todavía con esa pequeña desconfianza que surge cuándo algo nuevo entra en tu vida, pero recordé su forma amable de actuar y decidí aceptar:, sólo conocerlo mejor, podría saber si lo que parecía era realmente cierto. Quedamos en una cafetería pequeña y acogedora, alejada del ruido del centro. Cuándo llegué, ya estaba allí esperándome, de pie junto a la mesa, y en cuanto me vio se acercó con una sonrisa sincera. Me saludó con respeto, me ayudó a quitarme el abrigo y me cedió el asiento más cómodo cerca de la ventana. Esa tarde hablamos de todo sin apuro: él me contó que también venía de una familia humilde, que había aprendido a trabajar desde muy joven para ayudar en su casa y que valoraba más la estabilidad y la honestidad que cualquier cosa que se pudiera comprar con dinero. No alardeó de nada, ni habló de logros exagerados; sólo contó su vida tal cuál había sido, con sus esfuerzos y también sus errores. Cuándo yo le hablaba de mis estudios, mi trabajo y mis sueños, me escuchaba con tanta atención que sentía que cada palabra que decía tenía importancia para él. Con el paso de las semanas, nuestras salidas se hicieron más frecuentes y naturales. No hubo cenas lujosas ni regalos caros: su forma de acercarse estaba en los gestos cotidianos. Se aseguraba de saber si había llegado bien a casa cada noche, recordaba que me gustaba el té con miel y que no soportaba el café muy fuerte, me acompañaba a visitar a mis padres y siempre tenía una palabra de aliento cuándo tenía días difíciles en el trabajo. Poco a poco fui dejando atrás mis dudas y me sentía cada vez más cómoda a su lado, como si lo conociera de toda la vida. Mis amigas Lucía y Marisol, que siempre me aconsejaban con sinceridad, querían conocerlo para darme su opinión. Quedamos todos juntos un sábado por la tarde en el parque, y desde el primer momento se mostró tal cuál era: sencillo, respetuoso y dispuesto a escuchar también lo que ellas tenían que decir. Al terminar el encuentro, ambas me dijeron lo mismo: que veían en él a alguien de confianza, que sus actos coincidían con sus palabras y que por primera vez en mucho tiempo yo parecía realmente tranquila y feliz. Sin embargo, cuando todo parecía ir sobre ruedas y yo ya empezaba a imaginar un futuro compartido, algo inesperado llegó para poner a prueba lo que estábamos construyendo. Un día, mientras caminábamos tomados de la

editor-pick
Dreame - Selecciones del Editor

bc

Unscentable

read
1.9M
bc

He's an Alpha: She doesn't Care

read
734.6K
bc

Claimed by the Biker Giant

read
1.6M
bc

Holiday Hockey Tale: The Icebreaker's Impasse

read
968.8K
bc

A Warrior's Second Chance

read
353.4K
bc

Not just, the Beta

read
345.4K
bc

The Broken Wolf

read
1.1M

Escanee para descargar la aplicación

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook