Capítulo 11 Es un pecado

1290 Palabras
El silencio volvió a llenar el auto, pero esta vez era un silencio lleno de comprensión y compasión. Helena vio en Hoel no solo a un joven atrapado en una situación compleja, sino a alguien que compartía con ella una profundidad emocional que no podía ignorar. Estaba con su hija y la ayudaba en sus estudios. Como habían cambiado las relaciones de hoy en día; eran tan complicadas y vacías, sin ningún sentimiento de por medio. Eso era lo que creía. Pero Hoel Dalton pronto la dejó sin argumentos al expresar sus verdaderos sentimientos por su hija. A veces los padres querían que sus hijos fueran los buenos y los correctos. Mas, no siempre era así. Algunas veces eran los malos del cuento. Aunque se desearan defender, los actos cometidos podrían ser puestos en juicio, sin importar que hubieran sido sus más hermosos y lindos bebés. —Gracias por ser honesto conmigo —dijo Helena con tono comprensible. En esta instancia ya entendía todo lo que estaba pasando con ellos—. No sabía lo que estaba pasando. Hoel la miró con seriedad. No haberla conocido desde antes era una prueba de que Rebeca no se había involucrado y contado más de lo necesario. —Debo confesar que… —dijo Hoel con melancolía—. Yo sí estaba enamorado de Rebeca y que al principio me gustaba. Pero era unilateral, un amor no correspondido. Así que no se preocupe y no sienta lástima por mí. Dejé de sentir algo por su hija desde hace mucho. Entre nosotros, el final de nuestro acuerdo para separarnos de manera definitiva. Luego de eso, la tensión volvió a ellos. Helena estaba pensando en las cosas que había hecho su hija; su pequeña niña había crecido y se había convertido en alguien sagaz que estaba envuelta en relaciones complejas, en la que se mantenía enredada con diferentes muchachos. —¿Dónde vives? —preguntó ella, para aliviar el ambiente que sentía. Hoel le dio las indicaciones necesarias. Ahora, los dos estaban de nuevo solos en el auto, mientras el silencio y las miradas sutiles iban y venían entre ellos. Helena comenzó a conducir, hallándose susceptible por la presencia de ese chico, después de lo que habían conversado. —Es aquí —dijo él, anunciando que había llegado a su casa. Hoel se quedó inmóvil unos segundos en la silla del copiloto. Miró a la señora Hall, apreciando el hermoso rostro de ella. En tantos años, no había tenido a nadie que lo escuchara y tampoco había sobrepasado la línea del contacto físico. En el mismo día, en la tarde, en pocas horas, Helena Hall se había convertido en su confidente y su mayor alcance sensual, así como en su más grande fantasía. Si fuera una novela, sería un amor prohibido, imposible e inmoral entre yerno y suegra. Aunque solo fuera un título vacío por un acuerdo de conveniencia que tenía con su hija. Extendió su mano hacia ella y la apretó por varios segundos, como buscando su tacto y su afecto. Luego de ser correspondido el saludo, se bajó del auto. —Gracias por haberme traído y ha sido un gusto conocerla, Helena —dijo él, viéndola con fijeza. No le había agregado honoríficos, solo para darle a entender que no había olvidado lo que había pasado entre ellos en la sala de estar. Hoel dio un paso hacia atrás y se alejó con seguridad, sintiendo los ojos de Helena fijos en su espalda. Con cada paso que daba, el peso de las emociones del día comenzaba a disiparse. Aunque la imagen de Helena permanecía grabada en su mente. Al llegar a la puerta de su casa, se giró una última vez y vio que el auto se alejaba, dejándolo solo. Eso era el fin de todo. Había sido intenso y agradable poder estar de esa manera con alguien. Ella había sido su confidente y, por un momento fugaz, su más ardiente ilusión. Dentro de su casa, se recostó contra la puerta cerrada, dejando escapar un suspiro profundo. Se sentía como si hubiera salido de un sueño, uno lleno de tentaciones y deseos reprimidos. La interacción con Helena había sido estimulante, y ahora debía enfrentarse a la realidad de sus sentimientos y la situación en la que se encontraba. Sus pensamientos volaron a la relación de conveniencia que tenía con Rebeca. Lo que una vez había comenzado como un interés genuino se había convertido en una monotonía sin emociones reales. Ahora, después de lo ocurrido, se daba cuenta de que estaba vacío y solo. La atracción inesperada hacia Helena había sido impetuosa, pero también sabía que era una fantasía imposible de llevar a cabo. Encendió su computadora y trató de sumergirse en su trabajo, esperando que la concentración en algo productivo lo ayudara a olvidar la tensión del día. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Helena, sentía su cercanía, sus atributos, su cuerpo, su pecho, sus piernas. Esa expresión ruborizada y susceptible no lo dejaba enfocarse en nada. Volvía a divagar hacia esa tarde llena de confusiones y sensaciones. Era una mujer madura que ya tenía una hija y la vida resuelta, mientras que él apenas comenzaba a vivir y estaba en la cúspide de su juventud. ¿Cómo una señora tan distinguida y hermosa podría fijarse en alguien como él? Eso jamás pasaría. Delante de ella solo era un niño tonto e ingenuo, sin nada que ofrecer, y era cierto. Helena Hall le doblaba la edad y hasta podría haber sido su madre. Pero por suerte no lo era, porque se iría al infierno. Su suegra era demasiado preciosa y ese cuerpo curvilíneo destacaba en virtudes a la mayoría de las chicas de la universidad. Suspiró con cansancio y siseó con su boca. ¿En qué rayos estaba pensando? Se golpeó la cabeza y luego la agitó de izquierda a derecha. Nunca había tenido fantasías con nadie, ni con Rebeca, que había sido la chica que le gustaba, ni con las estudiantes más hermosas del campus. Sin embargo, no dejaba de fantasear con una mujer mayor que él y que era, en teoría, su suegra. Soltó suspiros. Era un sádico y depravado. Por el amor de Dios. Se sorprendió al instante; no debía meter al señor en asuntos tan perversos e imperdonables como este. Era un impío que ardería en la llama del infierno. Todos sus buenos actos y su vida correcta estaban siendo en vano por haber caído sobre la tentación, de manera literal. Pero Helena Hall era el más precioso y sensual pecado por el que sería condenado. Inhaló hondo y se dio una bofetada. Solo estaba diciendo tonterías en su mente. Llevó sus dos manos detrás de la cabeza, mientras miraba hacia arriba. Se quedó observando el techo. Tensó la mandíbula y su semblante se tornó rígido. Su colisión con Helena ya era cosa del pasado y, en el futuro, no volvería a pasar nada así de comprometedor entre ellos. Había sido algo demasiado agradable y excitante. Pero tal emoción fortuita ya no ocurría de nuevo, jamás. Cerró sus párpados y se rindió ante el sueño, sin poder evitar rememorar la escena con la madre de su novia. Al menos disfrutaría por última vez de la satisfacción del recuerdo que aún se mantenía latente en su memoria, hasta que su cerebro se encargara de borrarla. Después de todo, era el único lugar en donde podían ocurrir todas las cosas que estaba anhelando, sin que fuera señalado o expuesto. La mente humana, en verdad, era maravillosa. Sí, era un pecado prohibido y aborrecible, que lo hacía un mal hombre. Mas, si alguien estaba libre de culpa, que le arrojara la primera piedra y las recibiría sin objeciones.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR