Capítula 12 La cita médica

1314 Palabras
Helena quedó perpleja, después de que Hoel la llamara por su nombre sin honoríficos y el tono de su voz había sido un poco sugestivo. Pero, por algún motivo, eso no le molestaba. Los dos se habían conocido de una manera estrellada y después habían compartido una conversación que revelaba sus secretos. Ese chico lindo, más joven que ella, se había atrevido a tutearla. No sabía por qué, pero entendía a la perfección su mensaje. Sin embargo, lo que había pasado entre ellos moriría ese día. Su momento íntimo había sido un accidente y la forma en la que había tropezado el uno con el otro ya no volvería a pasar, jamás. Se devolvió a su mansión para sobrellevar todo lo ocurrido con Hoel. Se había olvidado de que la cita médica con el doctor Damián para atender sus malestares, hasta sus migrañas y sus dolores, también habían sido omitidos por su cerebro. Suspiró con agotamiento, después de su día agitado. Ahora, las cosas volverían a la normalidad, como se habían desarrollado durante los últimos años. Helena se puso su erótica pijama de seda roja y se acostó en la cama para dormir. Sin embargo, daba vueltas en el colchón sin poder conciliar el sueño. Estaba inquieta y no dejaba de pensar en Hoel. Lo que había pasado con él y lo que le había dicho acerca de la relación con su hija. Era difícil tratar de ignorar el asunto. Aunque se tratara de un pacto entre ellos, por lo que habían estado de acuerdo en que fuera de esa forma. Entonces, ¿por qué no dejaba de traer a flote el momento de su choque y la confesión que había realizado? Además, en su mente se repetía la manera en que había dicho su nombre: Helena. Agarró su voluptuoso seno derecho, tratando de simular el tacto que había sentido. Mas, era distinto y no había comparación. La presión de la rodilla en su intimidad y la rigidez de su atributo en sus muslos eran tres sensaciones simultáneas que no era capaz de replicar. ¿Qué era lo que estaba haciendo? Acaso, ¿estaba fantaseando con ese joven? Estaba loca, su malestar la estaba haciendo perder la cordura y su edad la estaba volviendo demasiado susceptible y sensible. Iba a ser quemada en la hoguera como una bruja por la sociedad. Eran yerno y suegra solo por título. Debía aceptar que, de algún modo, se sentía molesta y desaprobaba el proceder de su propia hija. Al menos no debía estar con el otro muchacho, mientras Hoel estuviera cerca. Era cuestión de respeto. Se lo había presentado, después de haberse estado besando con el rubio. Él había estado enamorado de ella y por eso había aceptado el acuerdo. No obstante, Rebeca solo lo veía como aquel estudiante destacado que la podía ayudar en la universidad. Se sentía responsable de las malas acciones de su hija por haberla consentido de tal manera que era caprichosa y vanidosa. Además, por algún motivo inexplicable, podía sentir la indiferencia de Hoel por Rebeca; ya no le importaba su hija en lo más mínimo, era como si lo que alguna vez había sentido por ella hubiera desaparecido de forma total, hasta quedar en puntos críticos de indiferencia. Y otra cosa que podía entender, era que, al final, Hoel le había hablado de manera sugerente, como si la invitara a seguir con lo que había pasado en la sala de estar. Podría jurar que ese muchacho le había lanzado una indirecta con el nombre. Sin mencionar que, la expresión de él era como sagaz y proactiva con ella. Era como si estuvieran haciendo ensayo y error de cómo respondería ante las acciones que él hiciera. Ambos estaban en una página especial que solo ellos dos lograban entender, como un nuevo lenguaje que había surgido desde lo que había pasado. De manera resumida, Hoel le estaba proponiendo algo de manera sutil, mientras que ella sería la que debía disponer si aceptaba o rechazaba sus peculiares insinuaciones. Pero no debía pensar más en ello, no iba a corresponder el impulso juvenil de un chico al que le podía doblar la edad; eso era un completo disparate, una insania que no debía ocurrir jamás. Helena, después de dar muchas vueltas en la cama, pudo conciliar el sueño. Al día siguiente se despertó y se levantó como de costumbre. Nada había cambiado de forma radical tras su encuentro con Hoel. Ya se había acostumbrado a la monotonía y no quería alterar su vida, porque le tenía miedo al cambio, mucho más a su edad. Sí, todo seguía de manera normal. Se preparó y fue al hospital. Esperó su turno en la sala de espera, hasta que fue llamada por la enfermera. Al entrar al consultorio, volvió a ver al doctor Damián Lacross. Era un hombre de su edad, con una vida ya realizada y una presencia que inspiraba confianza. Era alto, de constitución atlética, con el cabello entrecano, bien peinado y unos ojos oscuros que parecían ver más allá de la superficie. Su rostro, marcado por líneas de expresión que denotaban tanto la experiencia como la sabiduría, siempre mostraba una sonrisa tranquilizadora. Vestía una bata blanca impecable sobre una camisa azul clara y una corbata gris, lo que le daba un aire de profesionalidad y pulcritud. El consultorio del doctor Damián reflejaba su personalidad meticulosa y ordenada. Las paredes estaban pintadas en un tono suave de azul, creando una atmósfera calmante. Un par de diplomas enmarcados adornaban una de las paredes, junto con algunas fotografías familiares que mostraban al doctor en momentos felices con su familia. Había una estantería repleta de libros de medicina y algunos otros sobre temas diversos, desde filosofía hasta historia del arte, indicando su amor por el conocimiento. El escritorio estaba organizado con precisión. Un ordenador portátil, algunos papeles bien apilados y una lámpara de diseño moderno ocupaban su superficie. Una planta verde en una maceta de cerámica aportaba un toque de frescura al ambiente. Frente a la mesa de cristal, había dos sillas cómodas que esperaban a los pacientes, mientras una camilla se encontraba en un rincón del consultorio, junto a los instrumentos médicos necesarios para las revisiones. —Buenos días, Helena —saludó Damián con su voz grave y serena, levantándose para estrecharle la mano—. ¿Cómo te encuentras hoy? —Buenos días, Damián —respondió Helena, tratando de disimular cualquier signo de nerviosismo—. Me encuentro bien, gracias. ¿Y tú? —Todo bien, gracias. Por favor, siéntate —indicó, señalando una de las sillas frente a su escritorio. Helena tomó asiento y Damián se acomodó en su silla detrás del escritorio, abriendo un archivo en su ordenador. —Vamos a revisar tus resultados —dijo, ajustando sus gafas y concentrándose en la pantalla—. Cuéntame, ¿has notado algún cambio o síntoma nuevo desde nuestra última consulta? Helena negó con la cabeza, tratando de mantener la compostura. Pero, en el fondo, su mente seguía volviendo una y otra vez a los eventos del día anterior, a su encuentro con Hoel, y al caos emocional que eso había desatado en su vida tan cuidadosamente ordenada. —Nada fuera de lo común —respondió, mientras Damián leía con atención los resultados de sus pruebas. —Eso es bueno de escuchar —dijo él, esbozando una sonrisa—. Tus resultados son bastante alentadores, pero me gustaría que sigas con las recomendaciones que te di la última vez. Helena asintió, sintiendo una extraña mezcla de alivio y desasosiego. Sabía que su vida debía seguir el curso de siempre, pero algo dentro de ella había despertado, algo que no podía ignorar. Mientras Damián continuaba hablando sobre su salud, Helena se preguntaba si sería posible encontrar un equilibrio entre su deseo de estabilidad y la nueva chispa de emoción que había surgido de manera inesperada en su vida.
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