Capítulo 13 La visita

1316 Palabras
—¿Y qué estás sintiendo en estos días? —preguntó el doctor Damián con expresión profesional y atenta. —Tengo dolores de cabeza, en el cuerpo, mareos, me siento indispuesta y sin fuerza. Mi ciclo menstrual está desordenado —dijo Helena con seguridad. En Damián encontraba al doctor en quien podía confiar—. No tengo ganas de hacer muchas cosas. Me siento desanimada… Helena pensó un instante en Hoel. De hecho, su choque con él y su momento en el piso, era lo más emocionante que le había pasado en los últimos años. —Con base en lo que me dices, podría ser la premenopausia. Los síntomas varían en cada mujer. Incluso podrías llegar a presentar náuseas. Pero es por el cambio hormonal que estás atravesando —dijo Damián—. Como tu doctor y como tu amigo, te recomiendo que hagas otros tipos de actividades y cambies la rutina. Prueba a hacer algún deporte ligero, como yoga o meditación. Ve a lugares diferentes y camina un poco. Un viaje o una recreación. Damián tomó una hoja de su libreta médica y comenzó a escribir. —Te recetaré algunos medicamentos para estabilizar tus síntomas. Estos te ayudarán con los dolores de cabeza y los mareos, y pueden regular tu ciclo menstrual —dijo, mientras escribía cuidadosamente la receta—. Sin embargo, creo que un cambio en tu rutina podría hacer maravillas. Helena asintió, apreciando la preocupación genuina en la voz de Damián. Sus palabras resonaban con verdad. Tal vez, pensó, había llegado el momento de romper un poco con su monótona rutina y buscar nuevas experiencias que le devolvieran la energía y el entusiasmo. Cuando en la mañana había optado por todo lo contrario, ahora la medicina le recomendaba otra cosa. —Gracias, Damián —respondió Helena, mientras recibía la receta. Miraba lejos, con su enfoque perdido. —Entiendo que es fácil caer en la comodidad de lo conocido, pero no olvides que hay todo un mundo allá afuera esperándote. Pequeños cambios pueden hacer una gran diferencia —añadió Damián con una sonrisa amable—. Además, no dudes en llamarme si necesitas algo. Estoy aquí para ayudarte. Helena le devolvió la sonrisa y se levantó de la silla. A su edad, ya todo era más difícil y complicado. —Lo haré, gracias de nuevo —dijo, guardando la receta en su bolso. Helena salió del consultorio con una sensación de alivio, pero también con una determinación renovada. Mientras caminaba hacia su coche, pensó en las palabras de Damián y en cómo podría empezar a implementar esos cambios en su vida. Las imágenes de su encuentro con Hoel seguían rondando su mente, y aunque sabía que debía centrarse en su salud y bienestar, no podía evitar la curiosidad sobre lo que ese muchacho podría llegar a hacerle sentir. Se detuvo frente a su coche. La recomendación de su doctor era que debía caminar un poco. Así que pasó de largo y avanzó por la calle, hasta llegar a un parque. Se compró un helado y se quedó mirando a las personas, familias y niños que a esa hora allí estaban. Suspiró con melancolía, recordando su juventud. Alguna vez ella también había estado rebosante de energía. Pero aquellos grandiosos días ya eran cosa del pasado. Estaba por entrar en la menopausia. El fin de sus ciclos fértiles como mujer. Estaba por entrar en una nueva época de su vida. Sus momentos de vigor estaban por cerrarse para escribir un nuevo capítulo en el diario de su destino. Moldeó una sonrisa de gratitud y se dirigió a su empresa. Caminando entre los árboles del parque, Helena dejó que sus pensamientos vagaran en libertad. El sol de la mañana filtraba sus rayos a través de las hojas, creando patrones de luz y sombra en el suelo. Los niños reían y corrían, llenando el aire con su alegría contagiosa. Los padres conversaban en bancos cercanos, disfrutando del momento. Se detuvo un momento para observar una pareja mayor que caminaba de la mano, la imagen de un amor que había perdurado a lo largo de los años la hizo sentir esperanzada en las relaciones de las personas. Se permitió saborear su helado con calma, disfrutando del simple placer que le brindaba. Las recomendaciones de Damián resonaban en su mente. Tal vez, pensó, un cambio en su rutina no solo mejoraría su salud física, sino también su bienestar emocional. Sabía que había estado atrapada en una rutina monótona y que necesitaba revitalizar su vida. Así, entonces, sus pensamientos volvieron al encuentro con Hoel. Aunque había decidido olvidar lo sucedido, la imagen de sus ojos azules y su timidez persistían en su memoria. Algo en él había despertado una chispa que no había sentido en mucho tiempo. La idea de permitirse experimentar algo nuevo y emocionante, como le había sugerido Damián, empezó a tomar forma en su mente. Llegó al final del parque y se encontró en la avenida que llevaba a su empresa. Optó por subirse al autobús público. Trabajar en la editorial había sido su pasión durante muchos años. Crear y promover libros que impactaran vidas le había dado un propósito. Pero ahora, con la transición que estaba enfrentando, se dio cuenta de que necesitaba más. Necesitaba algo que encendiera de nuevo la pasión y el entusiasmo en su alma. Decidió que ese paseo no sería el único cambio que haría. Se comprometió a seguir explorando nuevas actividades y a buscar formas de enriquecer su jornada. Al llegar a la editorial, se sintió revitalizada, lista para enfrentar los desafíos del día, con una actitud renovada. Entró al edificio de la editorial con una sonrisa en el rostro, saludando a sus empleados con un entusiasmo que no había mostrado en mucho tiempo. Se dirigió a su oficina, lista para sumergirse en su trabajo, pero con la promesa de no dejar de lado las pequeñas cosas que hacían que la vida valiera la pena. Estaba iniciando un nuevo capítulo, uno que podría ser tan emocionante y significativo como los que había vivido antes. Y ella debía ser la que comenzara a cambiar de horario. Helena terminó sus pendientes en la empresa. No sin que Lexi le estuviera haciendo un interrogatorio sobre cómo le había ido con el doctor Damián. Por ello no estaba interesado en él, de esa manera, solo eran amigos. Regresó más temprano a su mansión. Allí le dijo a la ama de llaves que preparara algunas bebidas y aperitivos, y que luego podría salir un rato. La escena de los jóvenes, bañándose en la piscina, la influenció a hacer lo mismo. Se cambió de ropa y se puso su traje de baño. Se cubría con una falda y se había colocado un brasier que exponía su pecho. Tenía un sombrero de playa y lentes de sol. Se sentó en el borde de la piscina y bebió un vaso de champán. Movía sus pies en el agua en forma de ondas. Estar solo era tranquilizante. Pero al menos, quisiera que estuviera alguien más, tal vez su hija, así podría compartir un momento juntas. Cuando estuvo por sumergirse en el agua, el timbre de la puerta sonó de manera audible. Miró hacia el interior de la casa. Era posible que fuese Rebeca. Al parecer, el destino quería cumplir sus caprichos. Se puso de pie y llegó hasta la entrada principal. Con una enorme sonrisa le abrió la puerta a su hija. Pero su gesto de emoción se tornó en uno de sorpresa al ver a la persona que estaba parada frente a ella. Era Hoel Dalton, ese muchacho con el que había chocado ayer y con el que había vivido esa experiencia íntima, tan peligrosa y estimulante. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y los vellos de su piel se erizaron ante su presencia. —¿Hoel? —dijo Helena, asombrada. —Señora Helena —respondió él, también sorprendido.
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