Hoel había regresado a la mansión Hall en busca de su libro, que se le había olvidado en el cuarto. Aprovecharía que no estaba Rebeca, ni la señora Hall y le pediría el favor a la ama de llaves. Tocó el timbre y aguardó unos minutos. Al fin la puerta comenzó a abrirse. Sin embargo, a quien vio fue a la mismísima Helena Hall; la única mujer que esperaba evitar era con la que se había encontrado.
—¿Hoel? —dijo ella.
—Señora Helena —comentó él de forma refleja.
Hoel detalló el atuendo casual y de playa que tenía puesto la señora Helena al abrirle la puerta. Sus ojos azules recorrieron sus piernas, admirando la suavidad de su piel bajo la luz del sol. Su mirada se deslizó hacia la falda ligera que se movía con la brisa, y luego subió lentamente hacia su abdomen plano y tonificado, donde el ombligo se mostraba con elegancia. Contempló el abultado pecho que era cubierto por un sujetador que solo impulsaba mucho a la imaginación, acentuando sus curvas de una manera provocativa y seductora. Ayer había sentido su cuerpo contra el suyo, y hoy, lo admiraba de manera más reveladora. Tragó saliva ante la grandiosa y sensual figura de ella. Sus manos temblaron y sus oscuras pupilas se dilataron en su iris cerúleo. Se sentía abrumado por la mezcla de atracción y nerviosismo, con una corriente de electricidad recorriendo su cuerpo al tenerla tan cerca de nuevo. Ella se veía demasiado hermosa. Se esforzó por mantener la compostura.
Helena dio un paso hacia atrás por acto reflejo. Su sistema le advertía del peligro que representaba Hoel para ella. Era un mecanismo de defensa; debía evitar estar demasiado cerca de él. Además, no podía lucir nerviosa, porque eso le daría a entender que se sentía alterada. Mantuvo la compostura y no hizo movimientos bruscos.
—¿Qué necesitas? —preguntó Helena con tranquilidad. Debía mostrarse lo más serena e imperturbable posible delante de Hoel, para que supiera que lo que había sucedido entre ellos, no le afectaba, en lo más mínimo.
—Olvidé uno de mis libros aquí ayer. Vine a buscarlo —comentó Hoel. Esa era su verdad y había tratado de evitar encontrársela. Era increíble como antes no se habían tratado y después de ayer, se encontraron sin querer hacerlo.
—Está bien —dijo ella.
Hoel entró en la casa, notando el aroma suave y agradable que llenaba el espacio. Cada paso que daba, su mente estaba dividida entre la admiración por la belleza de Helena y la lucha por mantener el control sobre sus emociones. Se sintió atrapado en un torbellino de sensaciones mientras la seguía. La presencia de Helena era tan intensa que apenas podía concentrarse en otra cosa. La vista desde la parte de atrás también era algo que debía evitar, pues la espalda y los exuberantes glúteos se marcaban a través de la falda tropical que tenía puesta. Esa mujer tenía una figura endiablada. Las curvas de talla extra en ella eran demasiado difíciles de ignorar. Cuando había chocado, se había mostrado sentida y susceptible. Pero al verlo de nuevo, lo había tratado con normalidad y calma.
—¿Quieres algo de beber? —ofreció Helena, deteniéndose en la cocina.
—Soda, por favor —dijo Hoel, consciente de que necesitaba algo que lo ayudara a calmarse.
Mientras Helena se dirigía al refrigerador, Hoel aprovechó para respirar hondo y tratar de relajarse. Observó cómo se movía con gracia y seguridad, cada gesto resaltando su feminidad y elegancia. La forma en que su pecho se notaba en el brasier, los glúteos, la curvilínea silueta y su bello rostro perfilado eran hechizantes. La luz del atardecer se filtraba por la ventana y bañaba su figura parecía sacada de una fantasía. Apretó el puño, conteniendo su respiración.
Helena regresó con el recipiente y se lo entregó con expresión neutra.
—Aquí tienes —dijo ella con sus ojos verdes, brillando con una mezcla de curiosidad y simpatía.
Hoel aceptó el vaso, sus dedos rozando los de Helena por un breve instante. Ese contacto fugaz envió una nueva oleada de sensaciones por su cuerpo. Bebió un sorbo, sintiendo el frescor de la bebida descender por su garganta, pero sus pensamientos seguían centrados en la mujer frente a él.
—Gracias —dijo él, logrando mantener su voz firme.
—¿Recuerdas dónde pudo haber quedado? —preguntó Helena.
—Sí, señora. Fue en uno de los cuartos de huéspedes.
—Vamos —dijo ella, guiándolo hacia el segundo piso.
Al llegar, fue Hoel quien se puso a buscar, mientras Helena lo veía desde el marco de la puerta.
Hoel buscó debajo de la cama y encontró el libro de la aliada que había traído. Por la conmoción de lo sucedido no se había percatado de que se le había caído. Se lo enseñó a la señora Hall y volvieron a la sala, en tanto conversaban sobre literatura. Se sentaron en el sofá y la conversación comenzó con temas triviales, pero Hoel no podía evitar sentirse consciente de cada movimiento y palabra. Sus palabras fluían de gran manera.
Helena estaba relajada con el nuevo Hoel que trataba. Era como si la tensión entre ellos se hubiera disipado por esa fracción de tiempo. Sin embargo, cada uno mantenía a raya su emoción por el otro. Mientras la tarde avanzaba, Hoel se dio cuenta de que debía encontrar una manera de manejar sus sentimientos. No podía seguir dejándose llevar por sus impulsos, por más fuerte que fuera la atracción. Necesitaba claridad y control para poder enfrentar la situación sin comprometer su integridad o la de Helena. Después de un rato decidió que era momento de irse. Se levantó, sin querer hacerlo. En verdad deseaba seguir allí, con ella, seguir hablando de libros. Ella era conocedora de muchas cosas y tenía más experiencia en el mundo literario, y hasta era la CEO de una editorial.
—Gracias por la hospitalidad, señora Helena. Ha sido un placer —dijo, mirando a su suegra a esos resplandecientes ojos marrones.
—El placer es mío, Hoel —respondió ella con una sonrisa que parecía esconder muchos más sentimientos de los que mostraba.
Hoel se quedó inmóvil por un rato. Su cuerpo se había tornado pesado y anclado en el piso. Le gustaría estar más con ella. Además, notaba que iba a estar en la piscina y la había interrumpido por un momento. Ayer no había disfrutado bien porque aquellos no eran sus amigos y se había mantenido alejado. Suspiró con expresividad. Pero tampoco quería dañar el buen rato que había pasado con ella y decirle que si se podía quedar era algo demasiado atrevido y fuera de lugar. ¿Ella había olvidado lo que había pasado entre ellos o había elegido ignorarlo, como si nada hubiera pasado? No sabía cuándo iba a regresar a la mansión Hall. Era posible que no volvieran a ver hasta más tarde, porque estaba por salir de vacaciones de la universidad. Retrocedió y giró sobre sí mismo. Dio un paso hacia adelante para marcharse. Sin embargo, lo siguiente que escuchó lo hizo aumentar el ritmo cardiaco y los latidos de su corazón. Desde hace mucho que no se sentía así de emocionado, nervioso y feliz por alguien.
—Espera —dijo la señora Helena a su espalda—. Iba a entrar a la piscina. No sé, ¿si quieres quedarte un rato más y acompañarme?