Helena estaba en la piscina, sumergiendo los pies en el agua fresca mientras esperaba a Hoel. Debía estar loca, mucho, bastante, demasiado. Se suponía que debía ignorarlo y que no volvería a pasar nada entre ellos. Entonces, ¿por qué lo había invitado a que la acompañara? Las palabras habían salido de su boca antes de que pensara con claridad. Las hormonas fuera de control la hacían decir y hacer locuras. Soltó un suspiro extenso. ¿Y cómo era posible que un jovencito lograra ponerla tan nerviosa? Al menos debía comprobar si había sido el calor del momento o si realmente era la presencia de Hoel la que la alteraba.
El sol se reflejaba en la superficie cristalina, creando destellos cegadores. Helena movió los pies, disfrutando de la frescura del agua en contraste con el calor de su piel. Cerró los ojos, intentando calmar su mente y encontrar una explicación racional para su comportamiento infantil, siendo ya una mujer madura con una hija, una empresa y a punto de entrar a la menopausia…
Hoel estaba en el cuarto de la mansión Hall, terminando de cambiarse. Se había puesto una pantaloneta y un suéter impermeable, preparándose para la invitación de la señora Helena a la piscina. Sentía una mezcla de anticipación y nerviosismo. En su posición, no tenía ninguna oportunidad de estar con Helena, y menos de intentar cortejarla. Era por eso que se había sorprendido cuando había sido ella misma quien lo había invitado a acompañarla. Aunque fuera poca, existía la mínima posibilidad de que la señora Helena le correspondiera en sus insinuaciones. Sin embargo, sabía que debía ser cauteloso y paciente. Cualquier error sería terminante para él. Respiró hondo, intentando calmar sus nervios. Sabía que debía comportarse con naturalidad y no dejar que sus sentimientos se reflejaran en sus acciones. Salió del cuarto y caminó hacia el área de la piscina, sus pasos resonando en el pasillo silencioso.
Al llegar a la piscina, encontró a Helena ya allí, disfrutando de la tarde soleada. El cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros. La admiró unos instantes. ¿Cómo era que una mujer mucho mayor que él se le hacía tan hermosa y atractiva? Estaba seguro de que no sufría de ningún trastorno o patología psicológica que lo motivara a sentirse interesado por ella. Era algo simple, Helena Hall era preciosa y demasiado sensual, sin importar su edad, ni tampoco que se tratara de la madre de su novia. Apretó los párpados y agitó la cabeza. Nunca había sido así de pervertido y tenido esos malos pensamientos ni con Rebeca u otras chicas de la universidad. Ella se percató de su presencia y se miraron desde la distancia. Al verlo llegar, le sonrió con una calidez que hizo su corazón latiera más rápido. ¿Si era posible que ella le correspondiera? No tenía la certeza de ello, solo era su mente haciéndose ideas y fantaseando con la señora Helena.
—Gracias por invitarme, señora... Helena —dijo él de manera respetuosa.
—De nada. Disfruta —dijo ella, señalando la piscina con un gesto amplio.
Hoel se sentó a su lado y también sumergió los pies en el agua. El silencio se instaló entre ellos, cargado de significados no dichos. Después de lo que había pasado, no podía considerarse que tuvieran una relación normal entre un joven y una señora. En otras instancias hubieran sido dos personas con un trato formal. Pero su colisión había marcado un nuevo rumbo en su trato como hombre y mujer.
Helena miró a Hoel de reojo, notando la tensión en sus hombros y la manera en que sus manos jugueteaban de manera nerviosa. Había algo en él que la atraía de una manera inexplicable.
Ambos se quedaron allí, compartiendo un momento tranquilo. Helena, a pesar de lo ocurrido, se sentía cómoda con él. A pesar de la diferencia de edad, había una conexión que no podía negar. Recordó la intensidad de su encuentro el día anterior y cómo su mente no había dejado de volver a ese momento. Esa colisión y la forma en que había tenido que esconderse habían sido demasiado peculiares.
Helena decidió dejar que las cosas fluyeran de manera natural. No quería forzar una conversación incómoda ni analizar demasiado lo sucedido. El objetivo era simple, quería disfrutar de la compañía de Hoel, ver cómo se desarrollaban las cosas sin presiones.
Hoel se sumergió más en el agua y comenzó a nadar con movimientos suaves. Helena lo observó, admirando la gracia con la que se movía. Después de unos minutos, decidió unirse a él. Se deslizó en el agua y nadó hacia el centro de la piscina, disfrutando de la sensación refrescante.
—¿Cómo está el agua? —dijo Helena con serenidad y con gesto apacible.
—Se siente agradable —respondió Hoel, devolviéndole la sonrisa.
Helena se unió a él, deslizándose con gracia. Se movieron con lentitud, disfrutando del entorno y del momento.
Hoel no podía evitar admirar la belleza de Helena, aunque se esforzaba por mantener sus pensamientos bajo control. La piel mojada y brillante de su suegra era demasiado impresionante. Si dejaba de enfocarse, su cuerpo masculino respondería al gusto visual que estaba admirando.
—Es un día hermoso —comentó ella. Contempló el paisaje de primavera, donde las flores brotaban de nuevo y tenían un nuevo comienzo.
—Sí, lo es —respondió Hoel, intentando sonar despreocupado. Vio en la misma dirección que la señora Helena. El jardín trasero estaba repleto de flores y la época del año, las hacía lucir, aún más hermosas.
Los dos nadaron por un tiempo, mientras que sus miradas siempre se buscaban. Dejaron que el agua y el sol calmaran cualquier tensión. Hoel se sorprendió al notar que Helena parecía tan relajada, como si la cercanía no fuera algo inusual para ella. Sin embargo, para él, cada segundo se sentía cargado de posibilidades y riesgos.
Helena sostuvo un par de copas de champaña y le brindó a Hoel, así como los aperitivos en la bandeja. Sus ojos marrones estaban encendidos con un reluciente fulgor, con una intensidad que él no podía ignorar. Entonces, sus miradas brillaron al mismo tiempo, como si sus almas hubieran reconocido al espíritu que tanto habían estado esperando. Él le sonrió de manera sutil y agradable. Le sonrió de vuelta, y por un momento, el aire entre ellos pareció cargado de algo más que simple cortesía.
Hoel sabía que debía ser paciente, que cualquier avance precipitado podría arruinar todo. Pero también sentía que había un vínculo, una chispa que no podía negar y que podía ser correspondido por la señora Helena. Ni en su niñez había sentido tanta emoción por la espera de que sucediera algo. Ahora, era imposible ver a Helena con ojos normales. No podía y no quería hacerlo. Esa mujer había robado cada uno de sus anhelos y fantasías. Solo de imaginarlo su alma se agitaba de la excitación.
Los dos pasaron conversando y disfrutando de la piscina, y Hoel se permitió relajarse un poco más. Sabía que debía manejar sus sentimientos con cuidado, pero también sabía que el simple hecho de estar cerca de Helena ya era un paso hacia algo más. La clave sería seguir siendo cauteloso y no dejarse llevar por sus impulsos.
En la transición de la tarde, mientras se despedían, Hoel se sintió más seguro, aunque consciente de lo que todavía faltaba. Debía mantenerse firme y seguir adelante. Helena le sonrió una última vez antes de entrar a la casa, y él se quedó un momento junto a la piscina, reflexionando sobre lo ocurrido. Tenía claro que debía avanzar con cautela, pero la esperanza de que algo más pudiera surgir entre ellos le daba fuerzas para seguir adelante.