Al culminar su recreación en la piscina, se adentraron en la mansión y se cambiaron sus atuendos. Estaban en la sala de estar, mientras seguían tomando champaña y hablando de libros, películas y lugares que les gustaría visitar.
Helena se dio cuenta de que estaba disfrutando de manera genuina de la compañía de Hoel. Su presencia la hacía sentir viva, como si hubiera despertado de un largo letargo. Nunca antes había conversado tan a gusto con alguien, y que esa persona le siguiera el ritmo del diálogo de forma fluida. A pesar de su juventud, él tenía un vasto conocimiento en literatura; pese a que estudiaba economía, era un amante empedernido de los libros. Así, perdieron la noción del tiempo y el manto de la oscuridad abrazó los cielos.
—Este es mi número —dijo Hoel sin temor. No le decía que lo guardara, solo lo estaba dando a conocer.
—Ya veo —comentó Helena. Agarró un lapicero y una hoja para escribir el de ella—. Este es el mío.
—Lo guardaré —dijo él—. Además, ¿puedo venir a leer los libros de su biblioteca.
—Por supuesto. Ven cuando quieras —respondió Helena de manera tranquila—. De ahora en adelante, yo estaré aquí en las tardes.
—Hasta mañana, Helena —dijo él de manera sugestiva.
Hoel extendió su brazo y ella le correspondía sin demora. Le emocionaba y lo asustaba que fuera cierto que la señora Hall sí pudiera llegar a corresponder sus insinuaciones. El hecho de imaginarse estando con ella, ya era algo demasiado difícil de manejar.
Desde ese día, Hoel comenzó a visitar la mansión Hall en las tardes. Cada vez se convertía en un ritual divertido y cargado de una conexión especial. Helena y Hoel se encontraban en la biblioteca, un espacio que se había convertido en su lugar de encuentro. Allí, rodeados de estantes repletos de libros, se dedicaban a leer y comentar sobre las obras que les apasionaban. El murmullo de sus voces y el crujido de las páginas llenaban la habitación, creando una atmósfera íntima y serena. Bebían té y algunos otros aperitivos en su momento de pausa.
Helena se encontró dedicando más tiempo a su apariencia. Pasaba más tiempo frente al espejo, eligiendo con cuidado su vestimenta y preparándose a detalle. Se sentía como en su juventud, cuando el esmero en su apariencia era una parte fundamental de su rutina diaria. Observaba con atención cada facción de su rostro, aplicando el maquillaje con delicadeza, realzando sus ojos marrones y sus labios gruesos. Seleccionaba vestidos que resaltaban su figura curvilínea, sintiendo cómo la seguridad en su apariencia crecía con cada elección. Cada tarde, cuando Hoel llegaba, sentía un cosquilleo de anticipación y cuando lo recibía, se sentía feliz. Antes extrañaba a su hija Rebeca, que no pasa en la casa. Ahora, esa costumbre había servido para que los dos compartieran con mayor libertad. En las mañanas iba a la empresa y terminaba sus tareas y después de mediodía regresaba a su casa. Incluso, varias veces compartía del almuerzo con Hoel, que llegaba más temprano. Notaba cómo los ojos azules la observaban con una mezcla de admiración y deseo. Ella se vestía para él y él para ella. Era consciente de la presencia de ese joven de una manera que no había experimentado en años. Los comentarios sobre los libros se entrelazaban con miradas furtivas y sonrisas cómplices, creando un lenguaje silencioso entre ellos. Al principio se sentaban a una considerable distancia. Pero cada vez se iban acercando más y más.
—Este libro me ha dejado pensando —dijo Hoel, sosteniendo una novela clásica—. La forma en que el autor describe los paisajes es muy buena.
Helena asintió, disfrutando del entusiasmo en su voz. No importaba que hicieran lo mismo, siempre era diferente y entretenido compartir una nueva lectura.
—Sí, es como si pudieras ver y sentir cada detalle. Es una de las razones por las que amo la literatura. Nos transporta a lugares y tiempos que nunca podríamos experimentar de otra manera.
Hoel la miró con intensidad, como si estuviera absorbiendo cada una de sus palabras. Quedó hipnotizado. Sus piernas y sus hombros ya se tocaban, porque había reducido su lejanía a términos nulos. Sus cuerpos eran los que se mandaban señales y el otro le respondió en un lenguaje físico donde ambos estaban sincronizados. Cada uno fue adquiriendo los gestos y expresiones del otro, así como sus muletillas corporales. Incluso, poco a poco fueron desarrollando un mismo ideal por sus gustos literarios. Aunque siempre marcado por las diferencias intrínsecas de su razón.
Helena sintió un calor subir por sus mejillas y desvió la cara, abriendo un libro para ocultar su nerviosismo. Las sesiones de lectura se convirtieron en algo más que simples discusiones literarias; eran momentos de descubrimiento mutuo y autoconocimiento. Era como si fuera una muchacha que estuviera conociendo el mundo fantástico de las novelas. De por sí sola la emoción de leer un libro era bastante. Ahora se le agregaba el plus de una agradable y bella compañía que entendía a plenitud su pasión.
Al pasar los días, Helena se dio cuenta de que estos encuentros con Hoel eran lo más esperado de su rutina. La monotonía que había sentido antes se desvanecía, reemplazada por una nueva vitalidad. Empezó a disfrutar de las pequeñas cosas: el sonido de la lluvia contra la ventana de la biblioteca cuando serenaba, la luz del sol filtrándose entre las cortinas, la calidez del chocolate caliente que a veces compartían.
Una tarde, mientras leía un pasaje demasiado emotivo, Helena levantó la vista y encontró a Hoel observándola con fijeza. Sus miradas se encontraron y algo en el aire cambió. Había una tensión palpable, una mezcla de deseo y temor. Ninguno de los dos habló, pero en ese momento, Helena supo que su relación con Hoel había trascendido la simple amistad.
Los días continuaron, y aunque ninguno de los dos mencionaba lo que sentían, la conexión entre ellos se hacía más fuerte. Helena comenzó a darse cuenta de que, a pesar de la diferencia de edad, había encontrado en Hoel a alguien que la entendía y la hacía sentir viva. Sus tardes en la biblioteca se convirtieron en un refugio, un lugar donde podían ser ellos mismos sin juicio ni expectativas. Cada uno era libre y feliz, sin que nadie los molestara, atacara o juzgara.
Helena no sabía qué depararía el futuro, pero por primera vez en mucho tiempo, estaba emocionada por descubrirlo.
Un día, mientras estaban inmersos en una discusión sobre un clásico de la literatura, Helena dejó caer el libro que tenía en las manos. Hoel se inclinó para recogerlo, y sus manos se rozaron de forma breve. Fue un contacto fugaz, pero suficiente para enviar una descarga eléctrica a través de sus cuerpos. Sus ojos resplandecieron con mayor fulgor, como si la llama que habitaba en ellos se encontrara, y por un momento, el mundo exterior desapareció. Solo existían ellos dos, conectados por una atracción que ninguno podía negar.
Helena trató de mantener la compostura, pero el brillo en sus ojos delataba sus verdaderos sentimientos. Hoel sonrió, una sonrisa tímida pero cargada de significado, y volvió a su asiento, continuando la conversación como si nada hubiera pasado. Sin embargo, Helena sabía que ambos habían sentido lo mismo en ese instante.