Capítulo 17 Noche de copas

1289 Palabras
Era sábado. Los dos no lo planearon, pero después de su sesión de lectura, bajaron al comedor y prepararon varias botellas de champaña y de cerveza. Se dirigieron a la sala de estar y comenzaron a beber mientras dialogaban como de costumbre. Los minutos transcurrieron en el reloj, mientras se oía un lejano tic-tac que era el tiempo de sus vidas. La conversación se volvió más relajada y fluida. Habían llegado a un punto donde compartían de cualquier cosa, además de los libros. Era como si cualquier tema fuera un motivo para hablar de manera satisfactoria. Ambos comenzaron a sentir los efectos del alcohol, más Hoel, que era menos resistente. Su vista se volvió distante y fuera de foco. Contempló a la hermosa mujer a su lado. Helena sonreía, su rostro iluminado por la alegría del momento. Desde hace muchos años, no había tenido a alguien con quien pasar el rato de una manera tan especial. En pocos días, Hoel se había vuelto su compañero, su amigo y, sorprendentemente, el hombre que invadía sus pensamientos más indecentes. A pesar de la considerable diferencia de edad, esta no había sido un impedimento para que Hoel se convirtiera en todo lo que ella necesitaba en esta etapa de su vida. Hoel era quien la escuchaba con atención, compartiendo su amor por los libros y apreciando las discusiones literarias que tanto le apasionaban. Cada tarde en la biblioteca era un oasis de tranquilidad y descubrimiento mutuo. Las conversaciones fluían con naturalidad, y Helena encontraba en él a alguien que no solo compartía sus intereses, sino que también la comprendía a un nivel profundo y significativo. La presencia de Hoel en su vida había despertado un fuego en Helena, que había estado apagado durante años. Se sentía plena y viva, como si una chispa hubiera encendido un fuego dentro de ella. Hoel no solo la escuchaba; la hacía sentir apreciada y valorada, algo que había anhelado, quizás, desde la ruptura con su esposo. Su compañía era refrescante y revitalizante, un contraste con la monotonía y el vacío que habían marcado el diario vivir antes de conocerlo. Tampoco podía negar la atracción que sentía por él. Era un sentimiento que la sorprendía y la perturbaba a partes iguales. Hoel, con su juventud y energía, despertaba en ella un ímpetu pasional que creía perdido. Su mente volaba a momentos íntimos y escenarios prohibidos, como los que relataban entre los amantes de las muchas historias que habían leído con anterioridad y los dos juntos. Pero debía contenerlos. Sin embargo, o podía evitar que sus ideas se desviasen hacia fantasías donde él era el protagonista y ella, la musa de su vigor. Helena se daba cuenta de que había algo más que simple amistad en su relación con Hoel. Había una química innegable, una tensión sutil que flotaba en el aire cuando estaban juntos. A veces, cuando sus miradas se encontraban, sentía como si pudieran comunicarse sin palabras, entendiendo a la perfección lo que el otro estaba pensando. Sus bocas comentaban sobre novelas, pero sus cuerpos y sus pensamientos no los engañaban, pues no lo podían controlar y anhelaban otra cosa, otro sentir más físico y real. Con cada día que pasaba, solo con frotar sus brazos y hombros no era suficiente. Necesitaban algo más fuerte, como una droga con mayor alcance y duración, para poder satisfacer sus incesantes necesidades que estaban saliendo a flote, y que, cada vez, eran más difíciles de mantener al margen. La relación con Hoel se había convertido en un faro de luz en su vida. Él era la combinación perfecta de amigo y confidente, y el hombre que hacía latir su corazón con más fuerza. A pesar de las complicaciones que su diferencia de edad podía traer y el vínculo político que tenían, le causaba intriga el explorar lo que sentía, el dejarse llevar por el ímpetu pasional que Hoel despertaba en ella. Después de todo, la vida era demasiado corta para reprimir los deseos del corazón, y en Hoel, había encontrado una razón para volver a soñar. ¿Era posible encontrar el amor después del amor? Hoel no podía apartar los ojos de ella. La champaña y la cerveza habían desinhibido sus pensamientos y emociones, y de repente, las barreras que había intentado mantener firmes se desmoronaron. Luego de pensarlo en todos estos días, había llegado a la conclusión de que la señora Helena sí correspondía a sus sentimientos. La miró con seriedad, mientras cada fibra de su ser se hallaba agitada, envuelta en una tormenta eléctrica. Sus manos, sus piernas y su abdomen experimentaron un extraño frío que casi era como un ardor. Así, impulsado por el atrevimiento que solo el alcohol podía proporcionar, se inclinó hacia Helena. Sus manos temblorosas se posaron en las mejillas de ella, sintiendo el calor de su piel bajo la yema de sus dedos. Helena abrió los ojos, sorprendida, pero no se apartó y quedó estupefacta por el atrevimiento del chico y el desarrollo de los hechos. Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, Hoel le robó un beso. Fue un ósculo torpe, ansioso, cargado de deseo reprimido. Durante un instante eterno, el mundo exterior desapareció y solo quedaron ellos dos, unidos por un gesto tan audaz como inesperado. Aun procesando lo que estaba pasando, sus manos y sus piernas se tornaron rígidas. El contacto con aquellos labios delgados y curiosos, haciendo presión contra los suyos. Él la buscaba y hacía movimientos sutiles. Intento oponerse sin mucho esfuerzo y sin demasiada convicción. Su resistencia se desvaneció en el calor del contacto, en el sabor a champaña que había tomado. Helena había olvidado la sensación de un ósculo que, al volver a experimentarlo después de tanto tiempo, su mente se quedó en blanco y su alma volvió a encenderse de ardor y placer. Sintió cómo la calidez de los labios de Hoel la envolvía, despertando sensaciones que creía muertas. Era como si cada fibra de su ser se encendiera con un vigor, devolviéndole la vitalidad y el deseo que hacía tanto había olvidado. La suavidad y la firmeza la hicieron recordar momentos de pasión juvenil, pero con una intensidad y una profundidad que nunca había sentido. Se dejó llevar por el momento, el alcohol había disminuido sus facultades mentales. El mundo a su alrededor desapareció. Solo existían ellos dos, envueltos en instante de locura e impulso. Los años que los separaban parecían irrelevantes; lo único que importaba era la química innegable que compartían. Helena sintió cómo su corazón latía con fuerza, su cuerpo respondiendo con un anhelo desesperado a cada caricia y cada roce de los labios de Hoel. Ambos danzaron al compás de un placentero sentir que hizo temblar su razón, su espíritu y su existencia misma. Sus valores morales, su ética y los juicios de la sociedad quedaron en el olvido por ese fragmento de tiempo. En ese corto instante los dos habían sucumbido al ardor del deseo, que habían estado sintiendo desde que habían chocado y habían estado atrapados en un remolino de pasión. La brisa nocturna movía las cortinas y accedía por las ventanas. Allí, en la sala de estar, Hoel, por su propia atracción hacia Helena, por el alcohol en sus venas que había ingresado a su sistema, se había abalanzado hacia Helena y le había dado un beso. Ya no podía despegar su vista de esos gruesos y cincelados labios de ella. Había deseado hacerlo y por fin podía tocar la boca de Helean con la suya. Por fin podía sentir la textura y el calor de los labios de Helena contra la suya. No era una fantasía, sino la realidad que había surgido por su atrevimiento y por su impulso de querer sentirla todavía más.
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