Helena había quedado anonadada con el beso de Hoel. Ese armonioso y alentador tacto de la boca de él parecía ser como lava ardiente que se derretía en sus labios. Al pasar los segundos, pudo reunir la fuerza de voluntad necesaria para oponerse al ósculo. En una ráfaga de luz en su entendimiento, la realidad volvió con fuerza. Puso sus manos en el torso de Hoel y lo separó con un suave empujón. Sus ojos marrones estaban llenos de confusión y un rastro de deseo que no podía ocultar. Se encontró con la mirada intensa y azul de Hoel. Intentó recuperar la compostura, pero sus brazos temblaban con ligereza y su respiración era errática. Era como si su memoria se hubiera reiniciado por el beso, porque su mente estaba en blanco. Sus mejillas estaban ruborizadas, su piel ardía a una alta temperatura y apenas tuvo la fortaleza en sus brazos para alejarlo de ella. Tuvo que esperar unos minutos para recuperar el aliento y que su ímpetu alterado se calmara.
Hoel, también estaba afectado. Quiso decir algo, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Ambos sabían que habían cruzado una línea, una que no podrían ignorar con facilidad. Era un punto de ruptura entre ellos, el final o el comienzo de algo más entre ellos. ¿Qué iba a ser?
—Hoel... —murmuró Helena, al fin—. No. —Negó con la cabeza—. Vete.
Hoel parpadeó, el mareo del alcohol mezclándose con la adrenalina del ósculo. Sabía que Helena tenía razón, pero en ese instante, la lógica parecía un susurro lejano. Así que había sido la primera opción, el punto de quiebre entre ellos. No podía objetar nada. Su alma estaba tan descontrolada que no podía pensar con claridad. Aunque ese momento quedaría grabado en su memoria, la tensión entre ellos se había intensificado. Luego de eso, las cosas ya no volverían a ser las mismas entre ellos.
Hoel guardó silencio y se alejó de ella, mientras la veía acorralada en el sofá. Esa expresión en su rostro, mezcla de sorpresa y consternación, era aún más intensa que cuando habían chocado antes. Dio un paso atrás, decidido a irse de la mansión. El alcohol hacía que todo se sintiera distante y el piso se movía bajo sus pies. Se apoyaba en los muebles y las paredes para mantener el equilibrio, y abandonar la estancia se convirtió en una odisea. Respiró hondo y logró llegar a la puerta. Al abrirla, el aire fresco de la noche lo golpeó, dándole un momento de claridad. Salió al jardín delantero, donde las lámparas iluminaban los caminos serpenteantes. Las sombras danzaban a su alrededor mientras la brisa nocturna susurraba entre los árboles.
Hoel caminó por el sendero de grava, cada paso resonando con el murmullo de la noche. Su mente estaba abrumada por lo que acababa de ocurrir. Le había robado un beso a Helena, la madre de su novia, y había sido echado de la casa. Sin duda alguna, debía estar loco.
Las luces de la mansión se desvanecían a medida que se alejaba, en tanto sus pensamientos se enredaban en una maraña de emociones. El remordimiento y la culpa luchaban contra el deseo y la atracción que sentía por Helena. Sabía que había cruzado una línea, una que no tenía punto de retorno. Al caminar, su realidad se tambaleaba. Luego de varios minutos y sumido en su incertidumbre, encontró un banco en la calle. Se sentó, dejando caer la cabeza entre las manos. El alcohol seguía nublando su mente, pero la gravedad de sus acciones comenzaba a asentarse. Recordó la mirada en los ojos de Helena, una mezcla de shock y algo más profundo, algo que no podía identificar. No sabía si era desprecio, rechazo o un gusto. No podía leer a Helena Hall y mucho menos imaginar lo que pudiera estar considerando.
—¿Qué he hecho? —se preguntó en voz alta. Su voz resonó en la quietud de la oscuridad. Algunos autos pasaban, dejando un sonido que se desvanecía a los segundos.
Se quedó allí, intentando encontrar una forma de procesar lo sucedido. Siempre había sido reflexivo y razonable. Pero el deseo que había despertado Helena Hall lo había superado en todas sus virtudes. Necesitaba unos minutos para recomponerse antes de enfrentarse al mundo exterior. Más tarde se levantó del banco y decidió que la única opción sensata era irse y dejar que el tiempo aclarara las cosas. Comenzó a andar hacia su casa. Pero el camino de regreso a su hogar sería largo y solitario, pero le daría el espacio necesario para reflexionar sobre sus acciones. Mientras avanzaba por las calles desiertas, el peso de la noche se sentía más ligero con cada paso. Sabía que debía enfrentar las consecuencias de sus acciones, pero también se prometió a sí mismo ser más cuidadoso en el futuro. La atracción hacia Helena no desaparecería tan rápido como había llegado, pero tenía que encontrar una manera de manejar sus sentimientos sin causar más inconvenientes.
El aire frío le despejó la mente un poco más, y con cada paso, la claridad comenzó a regresar. No podía cambiar lo que había pasado y a pesar de lo ocurrido, era que, no se arrepentía de lo que había hecho. Hubiera sido por el alcohol o por su propio anhelo. Pero si podía regresar al pasado, al mismo momento, le seguiría robando ese beso a Helena, una y otra vez. Era un hombre sin escrúpulos y detestable. Mas, ese placer de tocar aquellos deliciosos labios valía la pena cada segundo.
Hoel decidió tomar un taxi hacia su casa. Sabía que no podía mantenerse estable caminando y temía tener un accidente si lo intentaba. El acto de haberle dado un ósculo a Helena era un punto de quiebre entre ellos. Las cosas avanzarían de una manera inesperada o terminarían de forma radical después de su intrépido arrebato de besarla por sorpresa. Detuvo el auto y se deslizó en el asiento trasero, cerrando los ojos mientras el coche comenzaba a moverse. El balanceo del vehículo y el sonido del motor le proporcionaron un instante de calma. No podía dejar de pensar en Helena. Su boca, su mirada de sorpresa, la mezcla de emociones que había visto en sus ojos. Sabía que lo que había hecho era impulsivo e incorrecto dada su relación como yerno y suegra al ser la madre de su novia.
La imagen de Helena en el sofá, sus labios aún tibios y húmedos por el beso, se repetía en su mente. ¿Qué estaba pensando ella en ese momento? ¿Estaba enojada, confundida, o quizás había sentido algo similar a lo que él sentía? Estas preguntas lo torturaban mientras el taxi avanzaba por las calles poco concurridas. Al llegar a su destino, Hoel le pagó al conductor y salió del coche, tambaleándose con ligereza mientras se dirigía a la puerta de su casa. Dentro de su casa, se dejó caer en el sofá y cerró los ojos, tratando de encontrar más serenidad. Sabía que debía hablar con Helena, disculparse y aclarar lo que había sucedido. Pero también sabía que esa conversación podría ser el fin de cualquier posibilidad entre ellos, o el comienzo de algo nuevo y complicado.
Las horas pasaron con lentitud, mientras Hoel luchaba con sus pensamientos. Sabía que debía ser más cauteloso y que no podía dejarse llevar por su ardiente deseo de nuevo o, quizás, debía ser todo lo contrario. Si le echaba la culpa al alcohol, todo lo que había pasado quedaría como un momento olvidable en que había sucumbido a las bebidas y su relación se estancaría o finalizaría sin más. Ya que había hecho el paso más difícil, avanzaría sin temor hacia ella y le confesaría sus sentimientos. No había sido un error o un destello de pasión por los tragos. Le declararía cómo se sentía y lo que pensaba de ella. Si iba a ser rechazado, sería manteniéndose fijo en sus ideales y anhelos. Era la única manera de mostrarle su convicción y su decisión de estar con ella, no como amigos o como compañeros, sino como amantes, enamorados o novios, sin importar la diferencia de edad que había entre ellos.