Capítulo 19 Las emociones

1438 Palabras
Hoel por fin se pudo quedar dormido, agotado tanto física como de manera emocional. Sus sueños fueron una mezcla de imágenes confusas y fragmentadas, un reflejo de su estado interno. La mañana llegaría pronto, y con ella, la necesidad de enfrentar las consecuencias de sus acciones. Al despertar, con la luz del amanecer filtrándose por las ventanas, Hoel se sintió un poco más claro. Sabía lo que debía hacer y continuaría hasta las últimas instancias. Con un suspiro, se levantó del sofá y se dirigió a la ducha. El agua fría le ayudó a recomponerse y a prepararse para el día que tenía por delante. Sabía que no sería fácil, pero estaba decidido a enfrentar lo que viniera con determinación. Mientras se vestía, la cabeza seguía volviendo a Helena, a su beso y a lo que en su torso experimentaba. Las precauciones y el cuidado ya no funcionarían más. Debía ser agresivo en cuanto a sus acciones, para no perder el avance que había logrado en su noche de copas. En ese momento tuvo una idea. Fue a su escritorio y encendió el portátil. Solo había una manera de liberar las emociones que tenía retenido el pecho y era por medio de lo que más le gustaba, los libros… Helena quedó perpleja y estática en el sofá de su mansión. A decir verdad, no sabía cómo debía enfrentar la situación. En lo más profundo de su ser, ella también había estado pensando en hacerlo, pero él se le había adelantado. Era posible que, por su parte, no lo hubiera hecho nunca, porque quería evitar toda complicación posible. Pero ese chico era quien se había atrevido a robarle un beso, sin importar que ella fuera mucho mayor, divorciada, tuviera un exmarido, una hija de su edad y estuviera por llegar a la menopausia. Eran como la cúspide de la vida, la juventud contra una etapa de adultez plena y un nuevo paso en el desarrollo humano. ¿Cómo era que dos extremos de la vida podían atraerse de esa manera? No hallaba explicación para los sentimientos y la relación que tenía con Hoel Dalton. Soltó un suspiro cansado. ¿Cómo era que había permitido que un chico le diera un beso de esa manera? Sentía que debía reprimirse por esa acción y que merecía todos los nombres peyorativos que la sociedad podría asignarle a una mujer en su situación: una "vieja verde", una "psicópata pervertida", y cualquier otro apodo cruel que se pudiera imaginar para las personas mayores que se involucraban con alguien más joven. Helena se llevó una mano a la frente, tratando de calmar la tormenta de pensamientos que la abrumaban. Se sentía atrapada entre el deseo y la razón, entre lo que debía hacer y lo que su corazón le pedía a gritos. En serio, lo peor de todo era que le había gustado ser besada por ese muchacho. Sin embargo, no podía permitir que pasara más nada entre ellos; eso era un imposible que no debía ocurrir jamás. Cerró los párpados. Estaba mareada y demasiado alterada como para moverse hasta su habitación. La imagen de él, con su rostro joven y su mirada intensa, no dejaba de rondar su cabeza. Ese ósculo había despertado algo en ella, algo que creía olvidado. No era solo el placer físico, era la sensación de ser deseada, de ser vista como una mujer, no solo como una madre o una empresaria. Había olvidado la emoción de estar en una relación y de ser anhelada por alguien, con una intensidad tan fuerte y sincera que podía hacer tambalear sus valores morales y éticos. Tensó la mandíbula en tanto que el ardor en su piel y el rubor en sus mejillas poco a poco cesaban. Debía ser sensata y acabar con cualquier esperanza o malentendido que hubiera surgido entre ellos. Hoel era joven, con toda la vida por delante. Ella no quería arruinar su futuro con una relación que sería mal vista por todos. Él de seguro quería tener hijos y caminar en público. Pero ella ya había pasado por esas etapas y no podía darle eso. Además, si su relación solo fuera por el ámbito íntimo, estarían en un pecado de un ciclo dañino y perjudicial para los dos. No importaba que él tuviera los mejores sentimientos o solo el impulso furtivo de estar con ella; todo era malo, incorrecto y un amor prohibido que había surgido por medio de una colisión inesperada. ¿Qué pensaría Rebeca, su hija, si se enterara? ¿Qué dirían sus amigos, sus colegas? La sociedad no era amable con las mujeres que rompían las normas, y mucho menos con las que se atrevían a amar fuera de los límites de la edad. Ya era una tarea perdida ignorar lo que sentía. Pero podía mantenerlos a raya e impedir que Hoel se enterara de que le correspondía a él. A lo más lejos que podían llegar era en sus mentes, con sus fantasías, solo eso. Era el único lugar seguro, en donde no se armaría un escándalo, porque nadie podía leer sus pensamientos. Así, cada vez que cerraba los ojos, revivía el momento del beso. La suavidad de sus labios, la intensidad de su mirada, la ternura con la que la había sostenido. Era un chico, sí, pero también era alguien que había logrado tocar su corazón de una manera que nadie más había hecho en años. Ese ósculo tan genuino, tosco y lleno de arrebato hacía arder su pecho en una llama intensa que quemaba su anatomía. Ya tenía una vida realizada y estaba por entrar a una nueva época como mujer. Sin embargo, la vida le había dado una sorpresa inesperada y le había presentado a una gran tentación, su mayor pecado por el que podía ser llevada a los confines del infierno. Hoel Dalton había llegado a ella, como un sismo de gran magnitud que había hecho temblar su monotonía, como un tifón que removía las aguas calmadas de su jardín y como un huracán que había estremecido cada fibra de su ser, de sus emociones y de su corazón. Una cosa era segura: el beso de Hoel había cambiado algo en su interior y no podía ocultarlo. Acaso, en su etapa de la vida, ¿era posible encontrar el amor después del amor? ¿Había desarrollado sentimientos por Hoel? ¿A ella le gustaba? ¿Se había empezado a enamorar de ese muchacho al que le doblaba la edad? No, eso era imposible. Helena, acostada en el sofá, se tapó la cara con su brazo derecho. Las lágrimas brotaron de sus ojos por la ola de sentimientos que experimentaba. Era una tonta por haberse enamorado de un chico más joven que ella. Una tonta sin remedio que había desarrollado sentimientos por un muchacho universitario. Sollozaba en silencio por lo que había permitido que pasara con Hoel, por haber dejado que su corazón tomara el control, ignorando las consecuencias y las barreras que el mundo impondría. Sentía una mezcla de culpa, tristeza y un destello de felicidad prohibida. No era solo la diferencia de sus años lo que la angustiaba, sino la complejidad de la situación, el hecho de que Hoel era, de manera técnica, el novio de su hija. Aunque su relación con Rebeca fuera una farsa, era un enredo que no debía haber permitido. Estaba atrapada en una red de sus propios sentimientos y decisiones. ¿Cómo he llegado a esto? Se preguntaba una y otra vez. Su mente volvía a repasar cada detalle, desde el momento en que Hoel apareció en su vida, hasta el beso que había compartido. Cada gesto, cada mirada, cada palabra intercambiada ya mostraban indicios de lo que estaba por ocurrir, como un evento anunciado por todas las cosas que había sucedido entre ellos. Pero, sobre todo, el recuerdo del ósculo la atormentaba y le causaba furor. Ese calor en su pecho, en sus piernas y en su frente era la consecuencia de aquella placentera sensación. El sonido de sus sollozos llenaba la sala. Se sentía abrumada por la magnitud de sus emociones, como si cada parte de su ser estuviera envuelta en una contienda interna a la que no se había preparado con antelación, porque Hoel Dalton había llegado sin avisar a colocar su mundo monótono, rutinario y perfecto de cabeza. La razón y el deseo luchaban dentro de ella, cada uno tratando de dominar al otro. No podía seguir viviendo en este dilema moral con Hoel. Se giró en el sofá, abrazándose a sí misma. La mansión que antes fue su lugar feliz, ahora parecía un lugar lleno de momentos y decisiones difíciles.
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