Helena moldeó una sonrisa sutil. Quizás estaba sobrepensando las cosas. Era posible que la soledad y el tiempo que había pasado con Hoel le hubieran recordado el pasado. Pero solo era la melancolía de su juventud. Sí, no había manera de que a su edad estuviera enamorada de Hoel, quien era veintidós años más joven. Solo era algo pasajero, producto de la emoción del momento. No había nada de que preocuparse. Se levantó del sofá y caminó hacia la ventana, mirando al exterior con los ojos aún empañados de lágrimas. La vista del jardín la tranquilizó un poco. El mundo seguía su curso, indiferente a sus dilemas internos. Pero para ella, el tiempo parecía haberse trastornado. Respiró hondo, tratando de calmarse. Sabía que, en alguna oportunidad, tendría que enfrentar a Hoel de nuevo. Tendría que aclarar las cosas, poner límites y quizás, dejar ir lo que sentía por él. No sería fácil, pero era lo correcto. Era una mujer fuerte, y aunque su corazón estuviera roto en este momento, encontraría la manera de seguir adelante. Subió las escaleras, notando el eco de sus propios pasos en la vastedad de la mansión. Cada rincón de su hogar parecía estar impregnado de recuerdos, algunos dulces, otros amargos. Al llegar a su recámara, se detuvo un instante para mirar su reflejo en el espejo. Su rostro era diferente, más maduro que cuando lo veía de niña y adolescente. Su mente volvía a Hoel, a su sonrisa, a la calidez de su voz. Era irracional, se decía a sí misma, pero no podía negar que había algo en él que le hacía sentir viva de nuevo.
Se tumbó en la cama, intentando calmar su mente. Trajo a flote las conversaciones con Hoel, las risas compartidas, la manera en que él la escuchaba con genuino interés. ¿Acaso era posible que en su búsqueda de compañía estuviera confundiendo sus sentimientos? ¿O tal vez era el deseo de sentirse deseada y apreciada de nuevo? Mientras cerraba los ojos, trató de desterrar esos pensamientos. No podía permitirse caer en una fantasía que sabía, estaba destinada a desmoronarse. Pero, a pesar de sus esfuerzos, las imágenes de Hoel seguían apareciendo sin poder contenerlas. Era imposible controlar sus fantasías, pero no permitía que trascendieran a la realidad. Sí, eso era lo que debía impedir.
Así, el cansancio la venció y cerró sus párpados. Helena estaba en la sala de estar. Hoel se abalanzó sobre ella. Pero no lo alejó. Al contrario, se fundió en los ósculos y las caricias. Sus atuendos cayeron al piso, revelando su mortalidad. El sofá empezó a estremecerse con su vaivén. Gemía y arañó la espalda de Hoel, mientras él estaba en medio de su entrepierna. La vio desde arriba, para luego besarla de nuevo. La empujaba con rudeza contra el mueble de manera reiterada. Su duro atributo se hacía paso en ella, reclamando su humanidad. Sus manos y sus labios temblaban al ser poseída por ese joven. Deliraba ante el gusto que le provocaba al estar con él. Entonces, al pasar los minutos, la imagen se fue distorsionando y las sombras empezaron a abarcar el espacio en el que se encontraba.
Helena se despertó de su sueño, alterada, sudada, mientras que su piel estaba ardiendo. En su humanidad sintió una extraña comezón. Su respiración estaba agitada por haber tenido esa vívida fantasía con Hoel que había ascendido a un nuevo nivel de lujuria. Antes solo le veía, ahora, consumían el pecado. Se incorporó con lentitud, con el corazón martilleando en su pecho. La habitación estaba envuelta en una penumbra tranquila, pero su mente era un torbellino. Se llevó una mano al rostro, tratando de calmarse, de volver a la realidad. Pero las imágenes de su sueño persistían, vívidas y ardientes, grabadas en su memoria.
La sensación de su piel ardiendo y la comezón se intensificaron. Era como si su cuerpo estuviera reaccionando a algo más allá de un simple sueño. Se levantó de la cama, tambaleándose con ligereza, y se dirigió al baño. Encendió la luz y se miró en el espejo. Su rostro estaba enrojecido, sus ojos brillaban con una mezcla de confusión. Abrió el grifo y dejó correr el agua fría, sumergiendo sus manos en el flujo refrescante. Se salpicó el rostro, intentando enfriar la fiebre que sentía por dentro y por fuera. Pero, aunque el agua aliviaba su piel, no podía borrar las sensaciones que habían despertado en ella. Hoel había sido solo una presencia amable en su vida, un consuelo en su soledad. Pero ahora, se había convertido en algo más, algo peligroso y tentador. ¿Cómo había permitido que su mente cruzara esa línea? Era un reflejo de sus deseos reprimidos o simplemente un juego cruel de su subconsciente. Se secó el rostro y regresó a su habitación, intentando mantener la calma. Se sentó en el borde de la cama, respirando de manera profunda, tratando de recomponerse. Recordó cada detalle del beso que Hoel le había dado y la manera en que él había estado sobre ella cuando habían chocado. La intensidad de las caricias en su sueño hacía que la pasión se acumulase en su pecho. No era físico, sino un querer que era más grande que ella, algo que nunca había sentido de esa manera, en todas las dimensiones y sentidos.
Helena se dejó caer en el colchón, sintiendo una extraña comezón por cada parte de su cuerpo. Su torso, su vientre y su entrepierna parecían arder con una intensidad que nunca había experimentado. La blusa la asfixiaba, así que se la quitó con un movimiento rápido y desesperado. Sus manos comenzaron a buscar sus voluptuosos senos expuestos, masajeándolos y apretándolos con suavidad. Al principio, para luego amasarlos con mayor furor en su palmar. Pero no era suficiente. Su respiración se volvía más pesada y el deseo se intensificaba, consumiéndola. El frenesí de su anhelo alcanzó su punto máximo cuando llevó sus dedos a su intimidad, húmeda y chorreante en sus labios. Frotó su divinidad de manera tosca y apurada. Necesitaba apagar con urgencia ese ardor que se había despertado. Ya estaba por llegar a la desesperación de poder calmar su vigor. Había perdido la mesura y la cordura, entregándose al fervor que la quemaba por dentro y por fuera. Cerró los ojos, dejando que las fantasías invadieran su mente sin restricciones. Se vio a sí misma con Hoel, sus cuerpos entrelazados en un vaivén de pasión. Cada caricia imaginaria, cada beso furtivo, avivaba el fuego que la consumía y que la haría hospedarse en el averno de los pecadores e ímpios.
—Ahh... Ahh... Ahh.
La recámara de su mansión, siempre silenciosa y elegante, se llenó de sus suspiros y gemidos obscenos, como ecos de un placer prohibido. Sus dedos se humedecían con su lubricación transparente y viscosa. Hace tanto que no disfrutaba de nada de ese estilo; había olvidado el gusto de la sexualidad, para revivir de nuevo en esa época de su vida, en la que estaba por llegar a la menopausia.
Se dejó llevar por la ola de sensaciones, mientras reaccionaba a su propio toque y movimiento. La realidad se desdibujaba, y en ese momento, solo existía la necesidad de poner fin a su placentero tormento. La figura de Hoel era tan vívida que casi podía sentir su presencia, su piel contra la suya, sus manos recorriendo cada rincón de su ser. Ese muchacho la había trastornado y enloquecido de lascivia. Su libido, muerto y enterrado, salió a flote con un mayor ímpetu, como una bomba que se había estado haciendo más potente con el paso de los años. Había olvidado la sexualidad y el placer de ser una mujer, por lo que tal sensación en verdad la estaba por quedar demente. Perdió la noción de la hora. Sin embargo, estuvo muchos minutos autocomplaciéndose. Entonces, el clímax llegó como una explosión, arrastrándola hacia un abismo de éxtasis. Su cuerpo tembló y se arqueó, liberando toda la tensión guardada en una oleada incontrolable. Quedó tumbada en la cama, jadeando, con el corazón latiendo de forma frenética. La comezón se había desvanecido, reemplazada por un estado de satisfacción profundo y un cansancio abrumador. Sonrió con victoria, por haber acabado con el ardor y hormigueo que no la dejaban en paz. Había podido vencer la fantasía que representaba ese muchacho.
Helena rodaba en el colchón, cuando se quedó perpleja por quien la estaba viendo. Era Hoel quien estaba de pie, en su cuarto, observándola con fijeza y fascinación por la escena que había atestiguado.