Helena había quedado petrificada al ver a Hoel en la habitación. Pero su silueta empezó a desvanecerse como polvo dorado que se desaparecía en la nada. Suspiró con pesadez. Solo era una ilusión. Si Hoel lograba apreciarla de esa manera, iba a morir de vergüenza. Mientras recuperaba el aliento, la realidad comenzó a filtrarse de nuevo en su conciencia. Se dio cuenta de lo que había hecho, de cómo se había entregado a una fantasía que no debía permitirse. La culpa empezó a aflorar, mezcladas con el residuo de placer que aún sentía. Se levantó, sintiendo la frialdad de la noche sobre su piel desnuda. Recogió su blusa y se la puso de nuevo, tratando de recomponerse. Pero sabía que algo había cambiado de manera irrevocable. Había cruzado una línea, y aunque nadie más lo sabía, ella no podía olvidarlo. Se dirigió al baño una vez más para limpiar los residuos de su pecado. Sus muslos, dedos de la mano y sus piernas estaban manchados con su lujuria. Era una perversa que merecía ir al infierno. Al bañarse, decidió que necesitaba distraerse, ocupar su mente con algo más tangible. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, buscando algo de normalidad en las tareas cotidianas. Preparar un té caliente le pareció una buena idea. Mientras el agua hervía, sus ideas divagaban a Hoel Dalton, siempre a él y a lo que habían compartido en su sueño.
Así, con la taza de té en las manos, se sentó en la mesa del comedor, mirando por la ventana al jardín. El cielo comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol, y los sonidos matutinos de los pájaros rompían el silencio de la noche. Se obligó a pensar en el futuro, en las tareas del día, en cualquier cosa que no fuera Hoel y esa fantasía. Pero sabía que no sería fácil. Algo dentro de ella había cambiado, una puerta se había abierto, y no estaba segura de cómo cerrarla de nuevo. Se llevó el vaso a los labios y bebió un sorbo, sintiendo el calor reconfortante del té. Tendría que ser fuerte, encontrar una manera de manejar estos sentimientos sin dejar que la consumieran. Pero, por ahora, se permitió unos momentos de reflexión, sabiendo que enfrentarse a la realidad sería inevitable. Ahora era peligroso estar cerca de Hoel y lo mejor era que mantuvieran la distancia. Volvería a hacer la jornada completa en su trabajo, para no seguir con los encuentros de lectura en la biblioteca. Era lo indicado y lo que iba a hacer.
En los próximos días, Helena no volvió a encontrarse con Hoel. Lo estaba evitando después de lo ocurrido, pero él tampoco la había buscado. Al parecer habían llegado a la misma resolución. Se ocupó en su trabajo, para no pensar en él.
Helena se sumergió en sus responsabilidades con una intensidad inusitada. Las mañanas las dedicaba a revisar los manuscritos, documentos y atender reuniones, mientras que las tardes se las pasaba supervisando proyectos y planificando futuros eventos. Cada tarea la absorbía por completo, proporcionándole una distracción de la evocación persistente sobre Hoel.
El bullicio de la oficina se convirtió en su refugio. La rutina laboral le ofrecía una estructura que necesitaba de manera desesperad, algo que le permitía mantener la mente ocupada y los sentimientos a raya. Sus colegas notaron su renovado enfoque y la admiraban por su dedicación, sin sospechar el torbellino emocional que se escondía tras su fachada de eficiencia. Sin embargo, en los momentos de quietud, cuando el trabajo disminuía y la mansión se sumía en silencio, las imágenes de Hoel volvían a invadir su mente. Sus sueños no le daban tregua, llenándola de deseos que no podía controlar. Se despertaba en medio de la noche, con el corazón acelerado, recordando la intensidad de su fantasía y sintiendo la misma ardiente comezón en su piel. Para combatir esos momentos, Helena comenzó a salir más, a participar en actividades sociales y a rodearse de sus empleados, de los compañeros de su editorial. Asistía a cenas, fiestas y cualquier cosa que le permitiera estar rodeada de gente y evitar la soledad de su mansión, tal como le había recomendado su doctor. Pero incluso, entre la multitud, había momentos en los que su mente vagaba de vuelta a él, a sus conversaciones y a la sensación de su presencia cercana. Estaba perdida, ¿cómo era que un muchacho tan joven podía estar inmerso en su cabeza? ¿Cómo era que había podido invadirla, incluso, sin estar allí?
Una tarde, mientras caminaba por el parque cercano a su oficina, se encontró perdida. Pensaba en no pensar, porque él siempre aparecía. Pero era una tarea imposible de cumplir con éxito. El aroma de las flores de la primavera y el murmullo del viento entre los árboles le recordaron las charlas que solía tener con Hoel en la biblioteca y en la sala de estar. Se detuvo un momento, tratando de sacudir la melancolía que la invadía.
Esa noche, al regresar a casa, encontró un libro en su estantería que Hoel le había recomendado. Lo tomó entre sus manos, recordando la conversación en la que él le había hablado con entusiasmo sobre sus personajes y tramas. Abrió la novela de manera inconsciente para a leerlo, incluso en la distancia su cuerpo y su mente buscaban estar cerca de él. Mientras leía, se sintió reconfortada, como si las palabras de la historia le trajeran un pedazo de Hoel. Pero con cada página que pasaba, también se intensificaba su deseo de verlo, de hablar con él y aclarar lo que había ocurrido entre ellos. Sin embargo, el miedo y la incertidumbre la mantenían en su lugar, atrapada entre el querer y la razón. Cuando estaban junto siempre ocurría algo. Era peligros estar solos y los dos a pocos metros del otro. Aunque sabía que no podía evitarlo para siempre. Tenía la corazonada que pronto estaba por encontrárselo y tendría que enfrentar esos sentimientos que tanto la atormentaban. Pero por ahora, se aferraba a su trabajo y a sus actividades, intentando reconstruir la barrera que había comenzado a desmoronarse desde aquella noche ardiente de lujuria y revelación.
En ese día, mientras estaba en la oficina, Helena recibió una llamada del doctor Damián. Era raro que lo hiciera.
—Buenas tardes, Helena. ¿Cómo sigues? —preguntó Damián de manera cordial. Helena entendió que era para saber cómo había seguido de sus malestares.
—Estoy bien. Gracias —dijo Helena. Pero sus síntomas de la premenopausia habían quedado en el olvido por causa de Hoel Dalton.
—Me alegro —comentó el doctor Damián—. ¿Estás libre mañana? Quisiera invitarte a comer y hablar un poco contigo.
—¿Mañana? Creo que sí puedo. Allí estaré.
Al colgar, Helena sintió una mezcla de curiosidad e inquietud. No era común que el doctor Damián la llamara fuera de sus citas programadas. Aunque siempre había mantenido una relación cordial con él, esta invitación parecía diferente, como si hubiera algo más detrás de su tono amigable. La noche anterior a la cita, Helena se encontró pensando en las posibles razones de la invitación. ¿Acaso había descubierto algo en sus últimos exámenes? ¿O tal vez simplemente quería conversar sobre sus síntomas y ofrecerle algún consejo adicional? A pesar de sus conjeturas, decidió no darle más vueltas al asunto y esperar a la reunión.
Era mediodía. Helena se había puesto un elegante y maravilloso vestido para su almuerzo con el doctor Damián. Sin embargo, cuando abrió la puerta de su mansión para ir a la cita, se encontró de frente con Hoel, que había aparecido después de un tiempo sin verse. No podía negarlo, cada parte de ella se estremeció y se asustó por volver a verlo.
Hoel la miró con una mezcla de sorpresa y admiración. Parecía que tampoco esperaba encontrarse con ella de esa manera. Helena sintió su corazón acelerar y una oleada de emociones la inundó, recordando los días de silencio y la intensidad de sus sueños.
—Señora Helena —dijo Hoel, rompiendo el incómodo silencio. Su voz era suave, pero tenía un tono de preocupación.
—Hoel... —respondió ella, tratando de mantener la compostura. Se sintió consciente de cada pequeño detalle: el calor de su mirada, la cercanía de sus cuerpos, el pulso rápido de su propio corazón.
—Perdone por aparecer así, sin avisar —continuó él, metiendo las manos en los bolsillos—. Solo quería saber cómo estaba. No hemos hablado en un tiempo y me preocupaba.
Helena sintió un nudo en la garganta. Había intentado evitarlo, alejarse para protegerse, pero verlo allí, tan cerca, hacía que todos sus esfuerzos parecieran inútiles.
—Estoy bien y sí, ha pasado un tiempo desde que nos vimos. Solo... he estado ocupada —dijo, sin poder evitar que su voz temblara ligeramente.
Hoel asintió, como si entendiera más de lo que ella estaba dispuesta a admitir.
—Me alegra saberlo. Te ves... increíble —dijo, mirándola de arriba abajo, apreciando el vestido elegante que llevaba.
Helena sintió que sus mejillas se sonrojaban. Decidió tomar una bocanada de aire para recobrar la calma.
—Gracias, Hoel. Estaba por salir
Hoel pareció considerar sus palabras por un momento, antes de sonreír levemente.
—Entiendo. No quiero retrasarte entonces. Solo quería verte y asegurarme de que estabas bien.
Antes de que pudiera decir algo más, Helena dio un paso hacia él, impulsada por una mezcla de nostalgia y deseo.
—Gracias por preocuparte —dijo ella, respondiendo de manera refleja.
—De nada.
Hoel la miró, y por un momento, el mundo exterior desapareció. Todo lo que Helena podía sentir era la conexión entre ellos, la electricidad que chisporroteaba en el aire. Pero recordó su cita y el esfuerzo que había puesto en mantenerse ocupada, en alejarse de esos sentimientos que la consumían.
—Debo irme ahora —dijo Helena con un esfuerzo visible, intentando mantener el control.
—Claro, no la detengo. Pero solo por curiosidad, ¿a dónde van tan arreglada? —dijo él de manera serena—. ¿Podemos vernos después? Me gustaría hablar con usted. Debo decirle algo.
Helena tensó la mandíbula e inclinó su cabeza hacia arriba. Era la oportunidad que estaba esperando para colocar un punto final a su relación con Hoel, sin siquiera comenzar.
—iré a una cita con un amigo. Es mi doctor personal, Damián Lacross —dijo Helena con toda la intención de acabar con las esperanzas de Hoel sobre ella—. Hasta luego—. Ella le pasó por el lado. Tenía que irse lo antes posible, para evitar cualquier imprevisto.
—¿Va a ir a una cita con otro hombre? —preguntó Hoel de manera severa con su voz ronca. El semblante en su expresión cambió—. ¿Qué hay de nosotros? Después de lo que hicimos.