Capítulo 22 La confesión

1556 Palabras
Helena llevaba un vestido elegante y sofisticado, diseñado para resaltar su figura con sutileza y clase. Era de color esmeralda profundo, se ajustaba a su silueta curvilínea, con un escote en forma de V que añadía un toque de delicada sensualidad sin ser provocativo. La tela, de seda suave, caía con gracia hasta justo por debajo de sus rodillas, moviéndose con cada paso que daba. Unos delicados encajes adornaban las mangas tres cuartos, y una fina línea de botones recorría la parte delantera hasta la cintura, donde un cinturón del mismo material y color realzaba su talle. Había complementado su atuendo con unos pendientes de perlas y unos zapatos de tacón bajo color nude, que añadían el toque final de elegancia a su apariencia. Hoel, en contraste, vestía de manera mucho más casual, pero con un estilo que reflejaba su personalidad relajada y segura. Llevaba una camisa de lino blanca, desabotonada en el cuello, que dejaba ver un collar de cuero sencillo pero llamativo. Las mangas estaban arremangadas hasta los codos, dando un aire despreocupado a su apariencia. Sus pantalones, de mezclilla oscura, estaban bien ajustados y mostraban señales de uso, dándole un toque de autenticidad y confort. Completaba su atuendo con unos zapatos deportivos de cuero marrón claro que, aunque informales, combinaban con el resto de su ropa. Llevaba el cabello despeinado, como si hubiera pasado sus dedos por él de manera distraída, y su rostro mostraba una ligera sombra de barba que acentuaba su atractivo natural. Helena se detuvo en seco y cambió el semblante de su rostro a uno más severo. Durante los días pasados había estado más nerviosa de encontrarse con Hoel. Pero ya había transcurrido una semana y estaba más tranquila para poder enfrentarlo. Agradecía no habérselo encontrado antes. Quizás así, las cosas hubieran sido más complicadas de sobrellevar. Debía colocar un stop a ellos dos lo antes posible para evitar mayores problemas que trascendieran a niveles que generarían un daño y un dolor de grandes magnitudes. —No hay ningún nosotros. Lo que ocurrió en la sala de estar solo fueron accidentes que jamás debieron pasar —dijo Helena de forma severa. No había pizca de duda en su cara. Era lo correcto y lo que había que hacer. Era la adulta, por lo que tenía la responsabilidad de frenar su locura. —El primero, sí. Pero el segundo no lo fue. Lo que ocurrió no fue un accidente —dijo Hoel con firmeza, manteniéndose de espaldas a ella. Apretó el puño. Entendía que era el momento de decir todo lo que estaba sintiendo, porque no habría una nueva oportunidad para hacerlo. —Estabas tomado, lo entiendo. Yo también —contestó Helena. Haría menos y le restaría importancia a cualquier cosa que expresara Hoel—. El alcohol pudo haberte impulsado y a mí, a no poder detenerte al inicio. —No, yo quise hacerlo. Sobrio o ebrio, es algo que deseaba. No, que aún deseo. —Hoel se dio vuelta hacia ella, mirándole la espalda. —Estas diciendo locuras. No sigas con eso. Helena se giró sobre sí misma. Sintió el peligro al su cuerpo darle aviso. Cada parte de ella estaba temblando por lo que él decía. Miró el rostro de Hoel. Era lindo y amable. A pesar de ser tan joven, no había conocido a alguien que se le hiciera tan atractivo e interesante. Transmitía pureza e inocencia, como un hombre sin manchas, ni oscuridad. Tenía una vida por delante y quería que la disfrutara con alguien más. La diferencia de edad entre ellos era demasiada, el doble, y ella ya había realizado las cosas más importantes de su vida: Universidad, enamoramiento, matrimonio, maternidad, empresa, hija, divorcio. Era alguien que estaba por llegar a la mitad del camino, mientras que él estaba por comenzar con su aventura como ser humano. —No vaya con él. Por favor, no vea a ningún otro hombre —dijo Hoel, en la distancia, con sus ojos azules cristalizados—. Quédese conmigo. De todas maneras, ya no hay manera de ocultarlo. Usted me gusta… No, tú me gustas, Helena. Estoy enamorado de ti. —Avanzó hacia ella. Helena retrocedió por acto reflejo. Nunca en su vida se había sentido así de expuesta y vulnerable. Era increíble como le tenía miedo a ese chico, de tenerlo cerca y de la confesión que le había hecho. Ni siquiera con su exesposa había experimentado tanta presión. En su fisiología percibió un frío. Sus manos temblaron y sus piernas se tornaron pesadas. Estaba perdida. ¿Cómo era que las palabras de un simple niño podían afectarle tanto? La manera tan segura y fija en como la miraba, era como un depredador que enfocaba a su presa. Su corazón se agitó tanto que podía oírlo y sentirlo con mayor agudeza. —¿Escuchas lo que dices? —preguntó ella de forma retórica. Estaba así de inquieta solo por una confesión. Entonces, no se podía imaginar el caos que sería si pasaba algo más entre ellos—. Quizás yo tuve la culpa por propiciar algo entre nosotros y haberte hecho creer cosas que no son. Para mí tú no eres un hombre, sino un niño que está comenzando a vivir. Helena estaba determinada a acabar de una vez por todas con lo que estaba pasando entre ambos. No había manera de permitir que las cosas trascendieran más. Había pasado momentos agradables con Hoel. Pero si era justo finalizar todo contacto y relación con él, lo iba a hacer de manera total y definitiva. Había permitido que estuvieran juntos solo para salir de la rutina y porque compartían la afición por la literatura y los libros. —¿Entonces por qué se aleja de mí? —dijo él. Dio un paso hacia ella y Helena retrocedió—. ¿Me tiene miedo, señora Hall? Si solo soy un niño, no significará nada que esté cerca de usted. —Continúo avanzando de forma lenta por el camino del jardín. —¡Alto! ¡Detente ahí! —exclamó Helena con temor, porque la distancia entre ellos se iba reduciendo. Extendió su mano con su palmar abierto—. Tal vez malentendiste las cosas. Es posible que yo sea una fantasía para ti. Solo quieres tener una aventura con una mujer mayor que tú. Pero eso no pasará… Nunca. Aunque tengas una relación fingida con Rebeca, eres el novio de mi hija, soy tu suegra y te doblo la edad. No hay manera de que ocurra algo. Eso es un imposible. —¿Por qué? ¿Quién lo impide? Usted me gusta y, estoy seguro, de que usted también siente lo mismo por mí. —Hoel caminó hasta acercarse a ella. Solo separado por el brazo de Helena, que lo mantenía extendido—. Puedo verlo y apreciarlo. No sé cómo, pero allí está. Dígame, ¿no siente nada por mí? En verdad, ¿solo me tiene como un niño? Porque yo la veo como la mujer más inteligente, hermosa y sensual que jamás haya conocido. Quiero estar con usted, besarla, abrazarla y dormir… —¡Detente! —exclamó Helena, antes de que él dijera esas cosas—. Solo dices locuras, Hoel. Tú estás empezando tu vida y yo estoy por cerrar un ciclo. Somos mundos opuestos en estatus y en edad. Lo que sientes ahora es un deseo momentáneo, una ilusión pasajera, una fantasía, y yo soy quien decide impedirla. Es mi obligación detener lo que está pasando. Así que ve y encuentra a una increíble muchacha de la que puedas enamorarte y que te quiera igual a ti. Ámala, cuídala y respétala. Eres un buen chico, amable e inteligente. Mereces ser feliz y de verdad… Verdad, que te deseo lo mejor y que te vaya bien. Ten éxito a nivel laboral y triunfa. Sé un buen hombre, un excelente esposo y maravilloso padre. Pero no conmigo. —¿Me manda con alguien más? —Hoel moldeó una sonrisa irónica—. A usted es a la única que quiero. Yo no miro a nadie más. Cuando la veo me siento feliz y podría pasar todo el día admirándola. Cuando cierro los ojos, sigo apreciándola, y cuando duermo, usted sigue apareciendo en mis sueños. No hay un instante en que no esté presente en mis pensamientos. No es algo que yo pueda controlar. Y no minimice mis sentimientos por ser menor que usted. No la deseo por el momento y no es impulso pasajero. —Puso su diestra sobre la de ella, que la mantenía en su torso, y la llevó hasta su corazón—. Verla hace que toda mi razón desaparezca. Ya sé todo lo que ha vivido. Sin embargo, no me importa que usted sea mayor que yo. Traté de evitarlo, de detenerme. Pero es algo que no entiendo, que va más allá de mi control y no pude evitarlo. Con todo respeto, solo quiero irrespetarla. Helena dio un paso hacia atrás ante las palabras que le decía Hoel. Tragó saliva ante el fervor y la manera tan segura en que él se le declaraba. Ese jovencito, hacía temblar su mundo. —Solo deseo estar contigo, porque me gustas, Helena. Hoel terminó su confesión de amor a su suegra, la madre de su novia. Aunque era un noviazgo falso, en teoría ella sí lo era.
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