Una cena

1038 Palabras
Después de nuestra hermosa escena de amor, todos nos felicitaron. Estaba feliz y no me cabía el corazón en el pecho. Sólo me faltaba mi familia, pero ellos ya no estaban. La prensa se enteró rápidamente de nuestro compromiso y me persiguieron por semanas, enfermándome de los nervios. Así que Nicolás tomó cartas en el asunto dando unas declaraciones. Luego de eso, fuimos a casa de sus padres a cenar. Esa noche empezó maravillosamente. Las primas de Nicolás me querían bastante, así que tuve con quién hablar un buen rato. Intenté saludar a los padres de mi prometido, pero me dejaron con la palabra en la boca. Ellos me odian, pero no porque les haya hecho algo, sino porque no estaba en el mismo nivel económico que su heredero. En cierto modo tenían razón, no tenía ni dónde caerme muerta. La cena transcurrió bien hasta que la madre de Nicolás abrió su horrible boca para soltar su veneno. —Monica. —Dígame, señora—digo sonriendo. —Si vas a casarte con mi hijo, ¿qué tienes para ofrecerle? Además de ese cuerpo regordete y flácido. —Mamá, por favor—dice Nicolás. Todos los presentes, incluyendo sus primas, comienzan a reír, mirándome con burla. —Es verdad, Nicolás, sabemos que es una muerta de hambre, que no tiene ni siquiera parientes, además de un apellido pobreton y de clase baja. Déjame decirte que tienes mal gusto, hijo, porque es horrenda. Después de escucharla decir eso, me entran unas enormes ganas de salir corriendo. Quería llorar y sentir el abrazo de mi madre, pero ya no estaba. Así que me toca ser fuerte, por mí y para mí. Las palabras de mi tío siempre venían a mi mente: "lucha por lo que quieres". Y eso era lo que iba a hacer. Amaba a Nicolás y nos encontrábamos en este punto porque ninguno había dejado de insistir. Cuando el amor es verdadero, nada puede romperlo. Así que esta vez, sabría defenderme. Miro a Nicolás, quien me mira angustiado. No sabía qué estaba pensando ni qué pasaría después de lo que iba a hacer. Pero estaba segura de mi decisión, así que esta era mi oportunidad de darme a respetar. Me levanto de la mesa y miro fijamente a la madre de mi futuro esposo. —Déjeme decirle, "señora", que lo que acaba de hacer no la deja en una buena posición ante mis ojos. Y créame que usted me necesitará algún día y estaré para ayudarle. Pero en este preciso momento, le voy a cantar sus verdades. No sé qué pretende con humillarme, pero si es lo que quiere, entonces hágalo. No tienes autoridad moral para criticarme, pero todos los que estamos aquí sabemos qué clase de mujer eres. —Mónica—dice una prima de Nicolás, pero no le hago caso. —Criticas a mi familia y sabemos que te revolcabas con mi padre, engañando a mi madre y a tu esposo. Aunque él solo se hace el pendejo. Así que la única ciega era mi madre. Quieres ser mejor que los demás, pero eres muchísimo menos. También sabemos que abortaste un hijo de mi padre. Ya sabes el dicho, pueblo chiquito, infierno grande. Hago pausa y prosigo. No eres nadie, así que mejor ahórrate tu discurso venenoso. Eso no me afecta para nada. Muchas gracias por la cena, estaba deliciosa, suegra. ¿O debo llamarte mamá? Miro a Nicolás, pero él tiene la boca abierta viendo a su madre. Así que doy media vuelta y me marcho. Le pido mi suéter al mayordomo y salgo de la mansión. Estaba bastante retirado de mi casa, pero me importaba una mierda. Si tenía que caminar tres días, no me quedaría allí para que me siguieran humillando. Había tenido suficiente. Llevaba aproximadamente una hora caminando. Mis pies dolían horrible, así que me quité mis tacones y andaba descalza por toda la calle. Caminé unos cuantos minutos cuando un taxi apareció en mi camino. Al principio dudo un poco, pero luego me monté y le indico mi dirección. Estaba un poco nerviosa, pero gracias al cielo llegué sana y salva a casa. —¿Cuánto le debo, señor?—pregunto cuando bajo del taxi. —Nada, señorita. Su esposo ya pagó la carrera. Dicho esto, se marcha dejándome con una gran sonrisa en los labios. Así que Nicolás no me había dejado a mi suerte. Entro a la casa de mis padres y apenas piso la sala, comienzo a llorar desconsolada. Todas las palabras que me había dicho Verónica me dolieron muchísimo. A lo mejor tenía razón y era muy poca cosa para su hijo. Pero estaba segura de que nadie lo amaría tanto como yo. Me preocupaba por él, rezaba por su bienestar. Aunque si él quería dar por terminado el compromiso, no se lo impediría. Le falté el respeto a su madre. Tal vez debí controlarme. Después de llorar durante varias horas, me quedo dormida. Había recibido varias llamadas de Nicolás, pero no contesté ninguna. No quería hablar. Si decidía terminar el compromiso, me hundiría en un pozo sin fondo. Salir de él me costaría muchísimo. Así que mejor dormir y darme un buen tiempo. Tampoco tenía ganas de verlo a la cara. Seguro estaría pensando lo peor de mí. La luz entraba por mi ventana indicándome que ya había amanecido. Me levanto con un dolor de cabeza bastante fuerte. Suponía que era por tanto llorar. Después de asearme, me preparo un café bastante cargado. Suponía que las rosas no llegarían hoy, así que no las esperaba. A las nueve de la mañana, tocan mi puerta. Quedo impresionada al ver un arreglo enorme de rosas blancas y globos plateados. Firmo el recibo y lo pongo en mi sala. Tomo la tarjeta y la leo. “Perdóname, cariño. Te amo”. Sus palabras me hacen llorar y sentir un gran alivio. Nicolás me seguía amando a pesar de todo lo que le había dicho a su madre. Él seguía queriéndome. Una muestra de eso era este hermoso arreglo. Lo conocía a la perfección. Sabía que si algo no le gustaba, lo cortaba de raíz. Pero esto era distinto. Este detalle era una disculpa por el trato de su madre.
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