El reloj marcaba poco más de la medianoche cuando Sabrina se acercó a la mesa del fondo. La música vibraba en sus oídos, mezclada con el murmullo de los clientes y el tintinear de los vasos. Era una noche más en aquel bar lleno de humo, luces bajas y promesas rotas… hasta que la puerta se abrió de golpe, cortando el aire con violencia.
El sonido fue tan fuerte que por un instante el tiempo pareció detenerse. Luego, los gritos.
Un grupo de hombres irrumpió en el lugar, las armas brillando bajo la luz temblorosa. Los clientes se arrojaron al suelo entre el estruendo de los vasos que caían y el chillido metálico de las sillas al volcarse. Sabrina se quedó helada, la bandeja aún en alto, el cuerpo negándose a reaccionar.
—¡Todos al suelo! —rugió uno de los encapuchados.
Su voz atravesó el aire como un disparo.
Sabrina apenas respiraba. Sentía el corazón golpearle con fuerza dentro del pecho, como si quisiera escapar. De pronto, una mano brutal la sujetó del brazo.
—¡Tú, ven acá! —gruñó el hombre, arrastrándola hacia el centro del bar.
—¡No! —gritó ella, forcejeando inútilmente. La bandeja cayó al suelo, estallando los vasos en pedazos que salpicaron su piel.
El hombre la empujó contra la barra y la inmovilizó, el cañón de su arma presionando su cuello. El olor a sudor y pólvora le llenó las narices.
—Aquí tenemos un bonito seguro —dijo con una sonrisa torcida, el metal del arma rozándole la piel.
Sabrina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Quiso gritar, pero el miedo le arrancó la voz. Todo a su alrededor se volvió borroso, hasta que una voz grave cortó el aire:
—Suéltala.
El silencio cayó de golpe.
Sabrina levantó la vista… y lo vio.
Enzo estaba allí. Inmóvil. Impecable.
Vestido de n***o, la mirada helada, el arma en la mano. Parecía fuera de lugar en medio de aquel caos, y sin embargo, todo en él imponía respeto y amenaza.
Los hombres se giraron, apuntando hacia él.
—¡Quieto! —vociferó el que la sujetaba.
Enzo sonrió. Una sonrisa peligrosa, sin un gramo de calidez.
—Acaban de cometer el peor error de sus vidas.
Y el infierno se desató.
Los disparos estallaron como truenos. El aire se llenó de humo, de gritos, de cristales que caían en lluvia. El olor a pólvora se mezcló con el de la sangre. Las botellas detrás de la barra explotaron, bañando todo en un perfume denso de alcohol y miedo.
Sabrina gritó cuando el hombre que la retenía recibió un disparo en la frente. Su cuerpo cayó sobre ella, pesado, caliente. Sintió la sangre correrle por el cuello y la blusa empaparse. Jadeó, temblando, intentando apartarlo mientras la escena se transformaba en pesadilla.
Entre el humo y el caos, Enzo avanzaba. Frío. Letal. Preciso.
Cada disparo encontraba su blanco. No había titubeo, ni remordimiento. Solo cálculo. Solo rabia contenida.
Sabrina no podía dejar de mirarlo. Había algo hipnótico en su manera de moverse, en la calma peligrosa con la que enfrentaba la muerte. Y, por un instante, el miedo se mezcló con una atracción que no comprendía.
Cuando el último atacante cayó, el silencio se impuso con brutalidad. Solo quedaban el olor a pólvora, las botellas rotas y los cuerpos tendidos.
Enzo bajó el arma con serenidad. Caminó hacia ella, sus pasos resonando entre los vidrios.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz grave, la mandíbula tensa.
Sabrina quiso responder, pero el aire no le salía. El cuerpo le temblaba y el mundo se nubló hasta que se desmayó en sus brazos.
—¡Vamos ya! —ordenó Enzo a sus hombres—. Limpiad todo y sacadnos de aquí.
—¿La llevamos al hospital, jefe? —preguntó Franco.
—No. Llama a mi médico. Vamos a la mansión.
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La habitación olía a madera pulida y cuero. Las cortinas bloqueaban la luz del amanecer. Sabrina descansaba en una cama inmensa, su respiración irregular. Enzo permanecía junto a ella, en silencio, mientras el médico terminaba de revisarla.
—Está débil, necesita comer mejor. El desmayo fue por fatiga y… por su estado —dijo el médico en voz baja.
Enzo alzó la mirada.
—¿Qué estado?
—Está embarazada. Unas seis semanas, tal vez un poco más.
El silencio fue inmediato. La tensión se volvió espesa. Enzo respiró hondo, controlando la tormenta que se le formaba en el pecho.
—Franco —dijo sin apartar la vista de ella—, compra todo lo que necesite. Y nadie habla de esto.
Cuando la habitación volvió a quedar vacía, Enzo se sentó junto a la cama. La observó dormir. Su rostro, pálido y tranquilo, no tenía nada que ver con la mujer que gritaba horas antes entre disparos.
No sabía si sentir rabia o miedo. Tal vez ambas cosas.
Más tarde. El sol se filtraba por las rendijas cuando Sabrina despertó. La habitación era desconocida, demasiado elegante, demasiado silenciosa. Intentó incorporarse, pero el cuerpo le pesaba.
El sonido de pasos la hizo girar. Enzo estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en ella.
—¿Quién eres en realidad? —susurró Sabrina, la voz temblorosa.
Él se acercó despacio, y al apartarle un mechón de cabello de la frente, su gesto fue tan suave que la confundió.
—Soy Enzo Bianchi.
El apellido cayó como un golpe. Sabrina lo había escuchado antes: dinero, poder, crimen. El tipo de nombre que todos temen pronunciar.
—No… no puede ser… —murmuró, retrocediendo.
—Lo es —respondió él, sin dudar.
Un silencio cargado llenó el espacio antes de que él preguntara, con voz baja pero firme:
—Dime, ¿ese hijo es mío?
Sabrina se quedó sin aire.
—¿Qué… qué estás diciendo? —balbuceó.
Enzo sostuvo un sobre entre los dedos. Era el resultado médico. Lo dejó sobre la cama. Ella lo leyó. Las líneas parecían dibujar su condena.
—No… no puede ser… —susurró, las lágrimas desbordándole los ojos—. No estoy preparada para esto.
Enzo no apartó la mirada. Sus ojos oscuros no reflejaban crueldad, pero tampoco compasión.
—Lo sé. Pero no importa —dijo al fin, con una calma que dolía—. Ese niño es mío. Y voy a protegerlo.
—¿Protegerlo? —repitió ella, incrédula—. ¿O controlarlo, como a todo lo que tocas?
Él se inclinó, apenas unos centímetros de su rostro. Su voz fue un susurro firme, con el peso de una promesa que no admitía réplica.
—Protegerlo… y protegerte, aunque aún no lo entiendas.
Sabrina sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. No supo si era miedo, rabia… o algo mucho más peligroso.
Enzo le rozó la frente con un beso que no fue ternura, sino sentencia.
—Te guste o no, Sabrina… ya formas parte de mi mundo.
Y mientras el amanecer teñía la habitación de tonos dorados, Sabrina juró en silencio que no se rendiría. Ni ante él. Ni ante el hijo que los unía.