El vaso se le resbaló de las manos, estrellándose contra el suelo en un estallido de cristal que pareció resonar en cada rincón del bar. El sonido seco cortó el aire como una cuchillada, y por un segundo, todo quedó en suspenso.
Sabrina sintió que el tiempo se detenía, como si cada fragmento de vidrio que volaba en el aire fuera un reflejo de la quebradura que ella misma experimentaba en su interior. Su respiración se entrecortó y su corazón comenzó a latir con tal fuerza que casi le dolió. Un animal atrapado en su pecho, atrapado entre el deseo de huir y la inevitabilidad de enfrentar lo que se avecinaba.
Él caminó hacia la barra con pasos seguros, arrastrando consigo la tensión de un mundo que parecía detenerse en su presencia. Cada uno de sus movimientos resonaba contra la madera, firme, decidido. Era como si el bar entero hubiera comprendido de inmediato que algo estaba a punto de ocurrir, que algo, o alguien, había regresado para trastocar el orden de las cosas.
Sabrina levantó la mirada, y allí estaba él. Enzo.
Con esa misma mirada intensa que parecía despojarla de todo, que la dejaba expuesta, vulnerable. El hombre que no había dejado de rondar sus pensamientos desde aquella noche, el hombre que había dejado una marca que ni el tiempo ni la distancia habían podido borrar.
—Hola, Sabri —dijo con esa voz grave, suave, que aún resonaba en sus pesadillas, como un eco interminable en los rincones de su mente.
El simple sonido de su voz la atravesó como una flecha, haciéndole doler el pecho. Las piernas le temblaron, y por un momento, sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable, como si el mundo estuviera a punto de desmoronarse. Intentó hablar, pero la palabra se le atascó en la garganta, como si su cuerpo se hubiera quedado congelado en el instante que la mirada de Enzo había logrado atraparla.
—¿Qué… qué haces aquí? —Logró decir al fin, su voz un susurro tembloroso que ni ella misma reconoció como suya.
Enzo no hizo más que apoyarse con la misma calma de siempre sobre la barra, su mirada no apartándose de la de ella ni un segundo. Él estaba completamente a gusto, seguro de sí mismo, mientras que Sabrina sentía como si cada fibra de su ser se estuviera desgarrando en la misma dirección.
El aroma a su perfume —una mezcla de especias oscuras, madera quemada y algo más inconfesable— la envolvió al instante, arrastrándola a ese lugar oscuro y prohibido que había intentado evitar, a esa noche que parecía haber quedado grabada a fuego en su piel.
—Te lo dije en una nota, ¿recuerdas? —su sonrisa se curvó lentamente, peligrosa, como si cada palabra estuviera impregnada de un desafío que Sabrina no podía rechazar—. Volveríamos a vernos.
Las palabras flotaron en el aire, y por un segundo, todo lo demás se desvaneció. El bullicio del bar, las risas de los clientes, el sonido de las copas chocando, todo desapareció, como si Enzo hubiera borrado el resto del mundo con su sola presencia. Solo quedaban él y ella, atrapados en un espacio que no se medía en metros, sino en esa tensión palpable que los rodeaba.
Sabrina dio un paso atrás, sin saber si lo hacía por miedo o por una necesidad instintiva de huir. Sus ojos, brillantes de angustia, lo miraban entre miedo y algo mucho más profundo, algo que le quemaba en el estómago y la cabeza. Quiso pedirle que se fuera, que todo fuera una pesadilla, que ella no podía distraerse con un hombre extremadamente guapo y rico, pero las palabras no salían.
—Yo… necesito trabajar —fue lo único que logró decir, su voz un hilo quebrado, luchando por mantenerse en pie.
—Y yo necesito verte —respondió él, su tono firme, decidido, sin ceder un centímetro—. Besarte, específicamente.
El aire entre ellos se cargó de electricidad, un choque invisible que los unía a través de una mirada que lo decía todo. Sabrina pudo escuchar su propio pulso, acelerado, frenético, retumbando en sus oídos. El miedo y el deseo se mezclaban, formando una corriente peligrosa que la envolvía por completo.
Enzo estaba en calma absoluta, como si todo estuviera bajo su control. Su presencia lo llenaba todo, cada rincón del bar, cada rincón de su mente. Él estaba allí, y ella no podía escapar. ¿O acaso quería escapar?
—Tenemos mucho de qué hablar —dijo, su voz aún más baja, casi un susurro, pero con la firmeza de alguien que sabía exactamente lo que quería.
Sabrina lo miró a los ojos, buscando una salida, un resquicio de cordura que le permitiera mantener el control, pero nada de eso llegó. Él la estaba viendo, y ella sentía que, al hacerlo, la desnudaba completamente, que nada de lo que dijera importaba. Él ya lo sabía todo.
—Y esta vez, no pienso irme —murmuró él, sus palabras cargadas de una promesa que le heló la sangre.
—Tendrás que esperar, estoy trabajando —respondió ella, tratando de que su voz sonara firme, de darle algo de coraje a sus palabras. Intentó desviar la mirada, pero no pudo. El peso de su mirada era como una cadena que la mantenía prisionera, inmóvil, incapaz de liberarse.
—Con gusto, te espero en la mesa, preciosa —replicó él, sin apartar la mirada, pero ahora con una sonrisa que no llegó a sus ojos, una sonrisa que anunciaba que todo estaba bajo su control.
Enzo se apartó con una elegancia peligrosa y se dirigió hacia una mesa en la penumbra, seguido por dos hombres que caminaban a su lado con la misma presencia imponente que él. Los ojos de Sabrina lo seguían, incapaz de apartarlos, mientras el aire volvía a moverse, pero la tensión permanecía, flotando entre ella y él, como un hilo invisible que los unía de una forma peligrosa.
Sabrina se quedó inmóvil, respirando con dificultad, el corazón latiendo desbocado en su pecho. No podía permitir que la viera vacilar, no podía mostrarle que él ya la había ganado de alguna manera. Tenía que mantener la compostura, aunque por dentro todo le gritaba que corriera, que se escondiera, que hiciera cualquier cosa para no tener que enfrentarse a lo que él representaba.
Pero no podía. No podía dejarlo ir.
La noche apenas comenzaba, y el bar estaba cada vez más lleno de voces y risas. Los murmullos de las conversaciones se mezclaban con el ruido de las copas chocando y el zumbido del ventilador que intentaba, inútilmente, aliviar la calidez del aire cargado de humo.
Sabrina caminaba entre las mesas, intentando concentrarse en las órdenes que le llegaban, pero su mente no podía dejar de pensar en Enzo. Cada vez que pasaba cerca de su mesa, sentía la presión de su mirada fija en su espalda, y el sudor frío le recorría la nuca. Los nervios la hacían temblar ligeramente, y la bandeja que llevaba parecía volverse más pesada con cada paso. No solo estaba agotada por el turno, sino por el peso de lo que él representaba: un hombre que la había tocado de una manera tan única.
Cada vez que sus ojos se cruzaban, incluso brevemente, sentía como si un hilo invisible la atrapara, atándola aún más a él. Sabía que lo deseaba, pero también sabía que ese deseo la estaba destruyendo. El conflicto interno la desgarraba.
En ese momento, Marta pasó junto a ella y le entregó una nueva orden.
—Dos cervezas y un whisky, mesa seis.
Sabrina sintió que el estómago se le encogía. Mesa seis. La mesa de Enzo.
Caminó hacia allí, sabiendo que nada sería lo mismo. No podía fingir naturalidad, no cuando tres hombres la observaban, y cuando solo uno de ellos la veía como si fuera suya, de una manera posesiva y peligrosa.
Dejó las bebidas sobre la mesa, sintiendo el peso de cada gesto, de cada palabra que no podía decir.
—Si sabes que salgo tarde, ¿verdad? —dijo sin mirarlo directamente, intentando dar una respuesta que sonara indiferente, aunque por dentro todo se estaba desmoronando.
—Lo sé, y no tengo problema en esperar —respondió Enzo, con la calma que solo él podía transmitir, como si todo estuviera bajo su control.
—¿Por qué no llevarla de una, jefe? —susurró uno de los hombres, Franco, con una sonrisa burlona.
Vittorio, el otro, le lanzó una mirada de advertencia, instándolo a callar.
Solo Enzo sabía por qué la esperaba, y no quería asustarla.
Aún no.
Sabrina llevó la bandeja hasta la barra, intentando ignorar la mirada que seguía quemándole la piel. Pero no podía.
En el fondo, y aunque se odiara por ello, había algo en esa atención que le gustaba. Algo que la hacía sentir viva y vulnerable al mismo tiempo.
Vittorio, mientras tanto, no apartaba los ojos de un grupo de hombres en el rincón opuesto. Hablaban en voz baja, los gestos tensos, las miradas inquietas.
Algo no estaba bien.
El ambiente se había vuelto espeso, cargado de una tensión que no tenía solo que ver con la presencia de Enzo.
El reloj detrás de la barra marcaba las once y media. Afuera, el viento del otoño silbaba entre los letreros oxidados.
Dentro, los hilos invisibles del destino comenzaban a tensarse.
Y aunque Sabrina no lo sabía, esa noche —la del regreso de Enzo— sería apenas el principio del verdadero desastre.