Al amanecer, Adria despertó y, al abrir los ojos, se encontró sola en la enorme cama. Una sensación de desazón se apoderó de su corazón mientras miraba alrededor, esperando ver a Zachary. Suspirando, se levantó y se vistió, decidiendo bajar a desayunar. La mansión estaba en silencio, y cada paso que daba resonaba en los pasillos vacíos. Al llegar al comedor, se sentó a la mesa, sintiendo el peso de la soledad mientras miraba la comida que había sido preparada para ella. Unos minutos después, la puerta del comedor se abrió y entró el ama de llaves de la mansión, una mujer de mediana edad con una expresión amable y serena. —Buenos días, señora Weber —saludó la mujer con una ligera inclinación de cabeza. Adria forzó una sonrisa y respondió cortésmente. —Buenos días... —vaciló un momento

