Capítulo 9: Omega

1320 Palabras
Había caminado durante tres largos días y mi cuerpo comenzaba a resentir cada paso. El cansancio se acumulaba en mis músculos como un peso imposible de ignorar. Mis piernas temblaban cada vez que el terreno se volvía más irregular y mis pulmones ardían al respirar el aire helado que descendía desde las montañas. Lo más lógico habría sido utilizar mi forma de lobo para avanzar con mayor rapidez, pero no podía hacerlo. Un lobo solitario era una presa fácil, por eso había elegido mantener mi forma humana durante todo el viaje. Ahora comenzaba a preguntarme si había sido una buena decisión. La tempestad que azotaba el oeste del pantano había cubierto el paisaje con una capa espesa de nieve. El viento atravesaba mi ropa y el frío se clavaba en mi piel como agujas de hielo. Mis manos estaban entumecidas, mi piel se sentía seca y agrietada por el frío. Si pasaba una noche más a la intemperie… probablemente no sobreviviría. Levanté la mirada. El paisaje había cambiado durante las últimas horas. Los árboles se volvían más retorcidos, más oscuros. El suelo se hundía en zonas húmedas y el olor del agua estancada comenzaba a dominar el aire. La frontera del pantano. Había llegado a mi destino. Un suspiro escapó de mis labios mientras avanzaba unos pasos más entre los árboles. —Serena… —murmuré para mí mismo, con la esperanza de encontrarla. Esperaba que mi madre no se hubiera equivocado, porque si aquella loba no estaba allí, había arriesgado mi vida por nada. Di un paso más y entonces lo sentí. El olor llegó primero. Lobos. Mi cuerpo se tensó de inmediato, no tuve tiempo de reaccionar. Tres figuras emergieron entre los árboles con movimientos rápidos, pero silenciosos. Sus cuerpos en forma de lobo se movían en círculo a mi alrededor, cerrando el espacio con una precisión entrenada. Eran los guardianes del territorio. Uno de ellos gruñó mostrando los colmillos, para intimidarme. —No des un paso más —ordenó. Su voz resonó en mi mente con la claridad de un alfa acostumbrado a defender su territorio. Levanté lentamente las manos para mostrar que no representaba una amenaza. —No busco problemas —respondí con calma, aunque mi corazón latía con fuerza. Los lobos no parecían convencidos. El más grande avanzó un paso más. Sus ojos amarillos brillaban con hostilidad. —Los intrusos no son bienvenidos en el pantano —gruñó—. Especialmente cuando huelen a manada. Sabía que lo que seguía era una pelea y no tenía fuerzas para enfrentarla. Respiré hondo. —Busco a Serena. El nombre cayó entre nosotros como una piedra en agua quieta y los tres lobos se detuvieron. —¿Qué dijiste? —gruñó uno de ellos. Sostuve su mirada. —Soy amigo de Serena. El silencio se extendió entre los árboles. Durante unos segundos pensé que no me creerían, que me atacarían de todos modos. Entonces uno de ellos inclinó ligeramente la cabeza. —Serena no tiene amigos en el norte. Sentí el peso de su desconfianza, pero no retrocedí. —Mi madre sí lo era. El lobo más grande entrecerró los ojos. —¿Quién es tu madre? Lo miré directamente. —La Luna del norte. El silencio que siguió fue aún más pesado que antes. —Ya veremos —indicó con desconfianza—. Vamos. Me tomaron con firmeza y me guiaron entre los árboles sin decir nada más. Avanzamos varios minutos a través del bosque hasta que el terreno comenzó a abrirse. Entonces la vi. Una pequeña aldea se extendía entre los árboles del pantano. Casas de madera levantadas sobre pilotes para evitar el agua estancada. Fogatas encendidas. Lobos moviéndose entre las construcciones con naturalidad. Observé todo con una mezcla de sorpresa y admiración. Había muchos lobos allí, pero se sentían diferentes a lo que yo conocía. Como si fueran más libres. Agudicé mis sentidos mientras avanzábamos entre ellos. Algunos se detenían para mirarme con curiosidad, otros con cautela, pero nadie parecía sorprendido de ver a un desconocido entre ellos. Tal vez en un lugar como ese, los desconocidos eran algo común. Finalmente los lobos que me escoltaban se detuvieron frente a una pequeña casa de madera. —Espera aquí —ordenó uno de ellos. No tuve que hacerlo por mucho tiempo. —¿Qué es ese aroma? La voz femenina llegó antes de que viera a su dueña. Un segundo después, una loba mayor apareció en la puerta. Su cabello gris caía sobre sus hombros y sus ojos claros se clavaron en mí con intensidad. Me quedé inmóvil. Había algo en su rostro… algo familiar. —Serena —dijo el que parecía ser el jefe de la cuadrilla—. Este lobo dice ser amigo tuyo. —Dije que mi madre era amiga suya —lo corregí. Los ojos de Serena me evaluaron con atención y luego alzó una ceja. —¿Eres Remus? Asentí lentamente. —¿Lo conoce, Luna? —preguntó uno de los lobos. Serena no respondió de inmediato. Siguió observándome, como si buscara algo en mi rostro que le pudiera dar una respuesta certera. —Creo que sí… —murmuró finalmente—. ¿Tu madre es la Luna del norte? —Sí —respondí—. Ella me dijo que usted podría ayudarme —sentí cómo mi voz se tensó ligeramente—. Fui exiliado del norte… y no tengo a dónde ir. El agarre de los lobos sobre mis brazos se relajó de inmediato. Serena dio un paso hacia mí y tomó mis manos entre las suyas. Sus dedos eran ásperos, pero su gesto estaba cargado de una calidez inesperada. —Claro que la conozco —dijo con una leve sonrisa—. Tu madre y yo compartimos más que una amistad. La miré con sorpresa. —¿Qué quiere decir? —Que es mi prima. Las palabras me dejaron en silencio. Serena soltó una pequeña risa. —Supongo que en el norte nunca te hablaron de nosotros. Negué con la cabeza. —Jamás había escuchado de esta manada. —Porque para los grandes Alfas… no existimos —se giró y extendió una mano hacia la aldea—. Bienvenido a la manada de la periferia. Observé nuevamente a los lobos que se movían entre las casas. —¿La periferia? —La manada de los exiliados —explicó Serena—. Lobos que fueron rechazados por sus territorios… o que decidieron abandonarlos —sus ojos regresaron a mí—. Aquí nadie pregunta por el pasado. Un silencio breve cayó entre nosotros. —Mi madre dijo que usted podría ayudarme —murmuré. Serena asintió. —Y lo haré. Luego miró a los lobos que me habían traído. —Pueden soltarlo. Remus está bajo mi protección. Los tres lobos inclinaron la cabeza antes de retirarse. Serena me indicó que la siguiera. —Ven conmigo, el Alfa querrá verte. La seguí a través de la aldea. A cada paso sentía las miradas de los demás lobos sobre mí. Cuando llegamos a la casa más grande del lugar, Serena se detuvo. —Escucha bien, Remus —dijo en voz baja—. Aquí tendrás un lugar… pero no será el que tenías en el norte. Sabía a qué se refería. Yo había sido el heredero de un Alfa, el futuro líder de una manada poderosa. Ahora no era nadie. —Aquí todos empiezan desde abajo —sus ojos se clavaron en los míos—. Si el Alfa decide aceptarte, serás un omega. Tendrás que ganarte tu lugar para subir en el escalón social. En cualquier otra manada, aquello habría sido una humillación, pero después de todo lo que había perdido… Sonreí con cansancio. —Entonces empezaré desde cero. Serena me observó unos segundos más, con una sonrisa dulce en los labios, aprobando mi actitud. Y por primera vez desde que había cruzado la frontera del norte… Sentí algo parecido a la esperanza.
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