Capítulo 8: Noticias del norte

1068 Palabras
El día había pasado en una niebla espesa de pensamientos que no lograba ordenar. Desde que Remus había sido capturado por mi manada, el aire en el territorio se sentía diferente. Más pesado, más hostil. Todos hablaban en voz baja. Susurros. Rumores. Miradas que se apartaban cuando yo aparecía. Había intentado preguntar qué había pasado con él, pero nadie me respondía con claridad. Algunos decían que lo habían llevado de vuelta al norte. Otros aseguraban que su Alfa exigiría justicia. Y todos sabíamos lo que eso significaba. La traición se pagaba con sangre. Con muerte. Caminaba por el borde del bosque cuando escuché pasos detrás de mí. No necesitaba girarme para saber quién era. —Nalire. La voz de Bianca me hizo detenerme. Mi espalda se tensó de inmediato. Giré lentamente. Mi hermana se acercaba con los brazos cruzados y una expresión difícil de descifrar. El viento movía su cabello claro mientras me observaba con una mezcla de severidad y algo que parecía… compasión. —¿Qué quieres? —pregunté. Bianca guardó silencio un momento antes de hablar. —Hay algo que debes saber. Un escalofrío recorrió mi espalda. —¿Qué pasó? Ella suspiró. —Esta mañana llegaron noticias desde el norte —espetó. Mi corazón comenzó a latir con fuerza ante la expectativa. —Habla de una vez, Bianca —rogué. Su mirada se endureció ligeramente. —El consejo de la manada del norte se reunió al amanecer —sentí que el aire desaparecía de mis pulmones—. Lo declararon traidor. Mis dedos se cerraron con fuerza. —¿Y? —pregunté con la esperanza de que la situación no fuera tan grave. Bianca bajó la mirada por un segundo. Cuando volvió a mirarme, su voz fue fría. —Fue condenado a muerte. El mundo se detuvo ante sus palabras. Por un instante creí no haber escuchado bien. —¿Qué dijiste? —Remus fue condenado por traición —respondió—. Y su propio Alfa cumplió la sentencia. Las palabras atravesaron mi pecho como una lanza. Negué con la cabeza. —No… No podía ser cierto. Remus era el heredero. Era el hijo del Alfa. —Eso no tiene sentido —susurré. —Tiene todo el sentido del mundo —replicó Bianca—. Cruzó la frontera. Interfirió con nuestra manada. Rompió las leyes de los lobos. Mi vista comenzó a nublarse. —No… Sentí que mis piernas se debilitaban. Remus. La última vez que lo había visto… sus ojos. Aquella mirada. Ahora lo entendía. Había sido una despedida. Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. —Lo siento —dijo Bianca en voz baja. Pero su voz se sentía distante. Lejana. Como si viniera de otro lugar. Porque todo dentro de mí se estaba derrumbando. Remus estaba muerto. El padre de mi hijo… había muerto por intentar protegerme. Una presión insoportable oprimió mi pecho. Llevé una mano hasta mi vientre de forma instintiva. Un sollozo escapó de mis labios. —Nalire… —Bianca dio un paso hacia mí—. No deberías haberte involucrado con él. Sus palabras cayeron como sal en una herida abierta. —No lo entiendes —murmuré. —Lo entiendo perfectamente —replicó ella—. Era un enemigo. Negué con la cabeza. —No. Mis lágrimas caían sin control ahora. —Era el hombre que amaba —susurré. El silencio se extendió entre nosotras. Bianca me observó durante varios segundos y luego suspiró. —Esto debió terminar hace mucho. Sus palabras me atravesaron, pero ya no tenía fuerzas para discutir. Remus estaba muerto. Nada de lo que dijera cambiaría eso. Bianca finalmente se dio la vuelta. —Olvídalo, Nalire —su voz llegó desde la distancia—. Es lo mejor para todos. La vi alejarse entre los árboles hasta desaparecer. Y me quedé sola. El bosque estaba en silencio mientras las lágrimas continuaron cayendo mientras mi mente repetía una y otra vez la misma frase. Remus está muerto. Pero entonces una idea comenzó a abrirse paso entre el dolor. Lenta e inevitable. Mi mano volvió a posarse sobre mi vientre. Remus podía haber muerto… pero una parte de él seguía viva dentro de mí. Nuestro hijo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, porque entonces comprendí algo. Si las manadas habían ejecutado a su heredero por traición… ¿qué harían cuando descubrieran que su sangre seguía viva? El miedo se abrió paso en mi pecho. No. No iba a permitirlo. No permitiría que mi hijo creciera rodeado de odio. Ni que las manadas lo usaran como una excusa para continuar sus guerras. Entonces la decisión llegó con una claridad absoluta. Debía irme lejos. Muy lejos de aquel lugar. Las historias sobre lobos que vivían entre humanos regresaron a mi mente. Las grandes ciudades, el anonimato. Un lugar donde nadie preguntara por manadas ni fronteras. Un lugar donde mi hijo pudiera vivir. Respiré hondo, intentando calmar el temblor que sacudía mis manos. El aire frío de la noche llenó mis pulmones, pero no logró aliviar el peso que oprimía mi pecho. No podía decirle a nadie, a nadie en la manada, ni siquiera a Bianca. Si lo hacía, todo estaría perdido. La única opción que me quedaba era desaparecer… y debía hacerlo esa misma noche. Levanté la mirada y observé el bosque por última vez. Los árboles que se alzaban ante mí habían sido mi hogar desde que era una cachorra. Entre esas sombras había corrido, había reído… y también había conocido a Remus. Cada rincón de aquel lugar guardaba un recuerdo suyo, y pensar en ello hacía que el dolor se clavara más profundo. Tragué saliva con dificultad. También era el lugar donde lo había perdido todo. —Lo siento… —susurré al viento. No sabía si aquellas palabras eran para Remus, para la vida que estaba dejando atrás o para el pequeño latido que crecía dentro de mí. Después me giré hacia el sendero que conducía fuera del territorio de la manada y di el primer paso. Luego otro. Mis pies avanzaban sin detenerse, aunque cada parte de mí quería mirar atrás una última vez. Pero no lo hice. Porque en ese momento lo supe con absoluta certeza. Mi hijo no crecería entre lobos. Crecería entre humanos, lejos de las guerras, de las reglas crueles de las manadas y de los destinos que otros intentaban imponer. Y el mundo de los lobos… jamás volvería a encontrarlo.
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