Cuando llegamos a casa, lo último que necesitaba era seguir pensando en la conversación inconclusa que había tenido con mi madre en el hospital.
Quería sacarme aquella amarga sensación de encima, pero al mismo tiempo estaba ansioso por volver a verla y obtener por fin la verdad sobre mi pasado.
El silencio del departamento era casi incómodo después del ruido constante de la ciudad. Al entrar me quité la chaqueta y la dejé caer sobre una silla mientras avanzaba hacia la sala.
—Los accionistas coreanos estarán esta noche en el Bar Lounge —comentó Leah con aparente casualidad—. Creo que deberías ir.
La observé de soslayo mientras me dejaba caer en el cómodo sofá de cuero.
—Estoy muy cansado, Leah… No tengo ganas de ir a una fiesta.
Ella se acercó sin prisa y se sentó a mi lado.
—Lo sé, pero dejaste la reunión a medias —dijo con suavidad mientras acariciaba mi brazo—. Deberías ir y divertirte con ellos. Servirá para limar asperezas y que vean tu interés en trabajar con ellos.
Solté un suspiro.
Tal vez tenía razón. Una copa, un poco de ruido, gente hablando de negocios. Cualquier cosa sería mejor que seguir dándole vueltas al mismo pensamiento.
Mi padre.
—Vale —murmuré finalmente—. Lo haré.
Leah sonrió con evidente satisfacción y se inclinó hacia mí para robarme un beso.
Respondí de inmediato. Mi mano se deslizó hasta su cintura mientras profundizaba el beso, y ella dejó escapar un pequeño gemido contra mis labios.
Leah siempre había sido fácil para mí.
Nada complicado, nada emocional. Solo diversión cuando ambos lo necesitábamos.
Después de todo, yo estaba arruinado emocionalmente y, en mis veintisiete años, jamás había logrado formar un vínculo amoroso real con nadie.
Leah se separó unos centímetros y me miró con una sonrisa ladeada.
—Eso significa que ya estás de mejor humor.
—Significa que me estás manipulando —respondí con una media sonrisa.
—Y por lo que veo… funciona.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar reír por lo bajo.
Antes de que pudiera decir algo más, Leah volvió a inclinarse hacia mí y capturó mis labios con una seguridad que solo ella tenía.
El beso se volvió más profundo esta vez.
Mis manos encontraron su cintura casi por instinto, atrayéndola contra mí. Sentí su respiración acelerarse cuando mis dedos se deslizaron por su espalda.
—Creí que estabas muy cansado —susurró contra mi boca.
—Lo estaba.
Leah me empujó por los hombros y se acomodó sobre mí, tomando el control con una sonrisa desafiante.
Su cabello cayó hacia adelante mientras se inclinaba sobre mi pecho. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mis hombros y sus caderas comenzaron a moverse con una provocación lenta que me arrancó un suspiro profundo.
El calor de su cuerpo contra el mío hizo que la poca paciencia que me quedaba desapareciera. La ropa desapareció en un instante, y rápidamente nos convertimos en dos personas desnudas que se deseaban.
La sujeté por la cintura y la acerqué más a mí. Cuando nuestros cuerpos finalmente se unieron, un jadeo escapó de mis labios.
—Siempre tan impaciente… —murmuró ella, rozando mi boca.
—Eso es lo que más te gusta.
Apreté las manos en sus caderas mientras comenzaba a moverse sobre mí, marcando un ritmo que me hizo cerrar los ojos por un instante.
Leah siempre era un buen panorama para distraerme, tal vez porque sabía leerme mejor que nadie.
No preguntaba demasiado, ni exigía promesas.
Y tal vez por eso seguía allí.
Se inclinó hacia mí y me besó nuevamente, esta vez con más intensidad, mientras su cuerpo continuaba moviéndose con una familiaridad que habíamos repetido muchas veces antes.
Mis manos recorrieron su espalda, deteniéndose en la curva de sus caderas para acercarla más a mí.
—Así está mejor —susurró ella contra mi oído.
El tiempo pareció diluirse entre respiraciones entrecortadas, besos robados y el calor que crecía entre nosotros.
Por un instante, todo lo demás dejó de existir, el hospital, la conversación con mi madre, y el nombre que seguía rondando en mi cabeza: Remus.
Pero incluso mientras sostenía a Leah entre mis brazos, una extraña sensación se abría paso en el fondo de mi pecho.
Como si algo estuviera despertando, algo que llevaba demasiado tiempo dormido dentro de mí.
Leah dejó escapar un suspiro contra mi cuello y apoyó la frente en mi hombro mientras su respiración intentaba volver a la normalidad.
—Ahora sí… —murmuró con una pequeña risa—. Eso era exactamente lo que necesitabas.
Pasé una mano por su espalda, todavía intentando recuperar el aliento.
—Eso parece…
Leah levantó la cabeza y me observó durante unos segundos.
—Deberías dormir un poco —dijo con suavidad—. Hoy ha sido un día horrible para ti.
No respondí, porque ella siempre se preocupaba demasiado por mí.
Demasiado, para tratarse de algo que, para mí, era solo casual.
Tal vez tenía razón, debería descansar, pero aquella sensación extraña seguía ahí.
Y cuando levanté la mirada hacia el ventanal del departamento, no pude evitar notar que la luna llena se había alzado sobre la ciudad.
Brillante y majestuosa.
La luz plateada se filtraba entre los edificios e iluminaba la sala con una claridad casi irreal.
Entonces algo dentro de mí se tensó y un escalofrío recorrió mi espalda.
No sabía por qué, pero por un instante tuve la extraña sensación de que la luna me estaba observando.
Como si me reconociera y pudiera controlarme.
—Iré al bar con los inversionistas —susurré.