—Gracias por venir por mí, Laverde —le digo al subirme al auto y tomar asiento—. Dana te ha enviado esto. Le extiendo el refractario. Mi bella Dana me preparó galletas caseras como merienda –bastante, la verdad– y como siempre, le guardó a Laverde una porción. «Ahora que lo pienso, siempre le guarda comida» —Gracias, señora Abigaíl —toma el envase y cierra por mí la puerta. Ya es tarde, creo que está pronto a ser media noche, y aunque me hubiese encantado quedarme a dormir con Dana y Sophia, no quise incomodarlas. Ambas duermen en la misma pequeña habitación, en la misma cama. No le veo nada de malo, pero con esta barriga que va en aumento, amo dormir sola y con mis piernas bien abiertas. «Sería muy vergonzoso aplastarlas» Laverde entra al auto y se apresura a conducir para llevarme

