Inuyasha miró a Kagome esperando a que las ordenes lleguen de su parte, ella en cambio solo miraba con tranquilidad como las llamas se consumían en la fogata que Inuyasha había hecho fuera del palacio. No se atrevió a molestarla, no cuando su piel brillaba tanto que sintió unas ganas intensas de tocarla, venerarla y tenerla lejos de los ojos de cualquier otra persona. Donde solo sea de su disfrute, de nadie más. Porque ella era su propiedad, él la había comprado, él la había roto, gracias a él nació esa mujer llena de rencor y retorcida que se ocultaba del mundo. Él nunca pensó que dentro de aquella mojigata llorona viviese una mujer en llamas, una que ansiaba cada día poseer, una a la cual quería ver desvanecerse en como las llamas que consumían todo a su paso. Quería verla en la cima y

