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arranged marriage
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Oficina/lugar de trabajo
de enemigos a amantes
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Descripción

Adrien Laurent siempre ha entendido el poder en términos de números, estrategia y control. Como heredero de Maison Laurent, uno de los imperios más influyentes de la moda y la perfumería francesa, está acostumbrado a anticiparse a cada movimiento del mercado.

Lo que no anticipa es que el verdadero desafío no vendrá de la competencia… sino desde dentro.

Con la transición de poder acercándose y las decisiones del consejo pendiendo sobre su futuro, Adrien necesita demostrar que puede sostener el legado familiar sin fisuras. Lo que no necesita es distracciones.

Claire Martin tampoco tiene margen para distracciones. Desde el laboratorio detecta irregularidades que podrían comprometer la esencia misma de la marca. Sabe que algo se está moviendo en las sombras y que, si la empresa pierde estabilidad, las consecuencias no serán solo corporativas.

Ambos creen entender las reglas del juego.

Hasta que Claire cruza una línea que nadie esperaba.

Una propuesta.

Una decisión.

Un acuerdo que no debería existir.

En un mundo donde todo se negocia —desde las materias primas hasta el futuro de un imperio—, el verdadero riesgo no es perder poder.

Es perder el control.

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PRÓLOGO
La iglesia está llena. No de flores. De expectativas. La prensa no ha entrado, pero todos saben que está ahí afuera. Las cámaras esperan. Los titulares ya están redactados en borrador. Maison Laurent no hace nada sin impacto. Mi vestido es sencillo. Seda marfil, corte limpio, sin excesos. Isabelle insistió en la sobriedad. “La elegancia no necesita gritar”, dijo. Tiene razón. El peso no está en la tela. Está en la decisión. Camino por el pasillo central con la sensación de que cada paso es una firma invisible. Los invitados observan en silencio. No hay murmullos. No hay risas nerviosas. Esto no es una boda romántica. Es un anuncio. Al final del altar está Adrien Laurent. Impecable. Traje n***o de corte perfecto. Espalda recta. Hombros firmes. La postura de alguien que no duda, aunque esté calculando cada variable. La luz tenue de las velas suaviza el ángulo de su mandíbula, pero no sus ojos. Sus ojos siguen siendo oscuros. Profundos. Insondables. No sonríe cuando me acerco. Tampoco yo. Nos miramos apenas un segundo cuando me coloco a su lado. Es suficiente para recordar la primera vez que entré en su oficina. La misma intensidad. La misma evaluación silenciosa. El sacerdote comienza a hablar. Unión. Compromiso. Permanencia. Familia. La palabra familia resuena con más peso del que debería. En la primera fila, Henri Laurent observa sin parpadear. No vino a emocionarse. Vino a verificar. Asegurarse de que la transición que quiere esté en marcha. Unos asientos más allá, Lucien mantiene esa sonrisa leve que nunca revela demasiado. No sé si está satisfecho o simplemente paciente. La ceremonia avanza sin tropiezos. Todo está medido. Incluso nuestras respiraciones parecen coordinadas. —Claire Martin —dice el sacerdote con voz clara—, ¿acepta usted a Adrien Laurent como su esposo? El silencio se expande por la nave como una corriente invisible. Siento todas las miradas sobre mí. El apellido. La empresa. El legado. El contrato que firmamos hace tres días. Las cláusulas redactadas con precisión quirúrgica. Miro a Adrien. Él no me mira todavía. Tiene la vista fija al frente, como si esta fuera una firma más en un documento importante. Quizá lo es. —Sí —respondo. Mi voz es estable. No tiembla. El sacerdote gira hacia él. —Adrien Laurent, ¿acepta usted a Claire Martin como su esposa? Esta vez él me mira. No es una mirada suave. Pero tampoco es fría. Hay algo que no logro descifrar. Algo más allá del cálculo. Una tensión mínima en la forma en que sus dedos se mueven antes de responder. —Sí. La palabra sale firme. El anillo se desliza en mi dedo. El metal está frío. Más frío que el aire. Cuando me toca, sus manos son firmes, cálidas en contraste. Sus dedos sostienen los míos apenas un segundo más de lo necesario antes de soltarlos. Es un gesto mínimo. Nadie más lo notaría. Yo sí. El sacerdote nos declara unidos. Los aplausos comienzan antes de que termine la bendición. Controlados. Elegantes. Estratégicos. Adrien gira hacia mí. Su mano se posa en mi cintura. No es posesiva. Es precisa. La presión es justa. Suficiente para acercarme, suficiente para que el gesto se vea natural ante los invitados. Cuando inclina el rostro hacia el mío, siento el roce de su respiración antes que el contacto. El beso no es apasionado. No es distante. Es medido. Sus labios tocan los míos con firmeza contenida, apenas inclinando la cabeza. No invade. No duda. Se mantiene el tiempo exacto que exige el protocolo social, pero no un segundo más. Aun así, el contacto no es vacío. Su boca es cálida. Sólida. Hay una tensión en la forma en que sostiene mi cintura, como si el gesto le exigiera más control del que aparenta. Cuando se separa, su pulgar roza apenas mi costado antes de retirarse. Un detalle mínimo. Demasiado mínimo para ser accidental. Sonrío para las cámaras invisibles. Para su abuelo. Para el consejo. Para el mundo. Adrien acerca su boca a mi oído como si fuera parte del protocolo. Su voz es apenas un murmullo. —A partir de ahora, todo cambia. No sé si es advertencia. O promesa. Los aplausos aumentan. Las luces se encienden con mayor intensidad. La prensa ya debe estar enviando notificaciones: El heredero Laurent se casa. Estabilidad asegurada. Nadie hablará de las cláusulas. Nadie hablará de la condición impuesta. Nadie hablará del verdadero motivo detrás de esta ceremonia impecable. Mientras caminamos juntos por el pasillo, siento el peso del anillo contra mi piel. Y entonces lo recuerdo con una claridad brutal. Adrien Laurent no me eligió por amor. No me eligió por deseo. No me eligió por impulso. Yo fui quien entró en su oficina. Yo fui quien hizo la propuesta. Yo fui quien pidió ser elegida. Y mientras sonrío para las fotografías que congelarán este momento perfecto, entiendo que nadie en esta iglesia sabe lo que realmente está en juego. Ni siquiera él.

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