EL COMPROMISO

1176 Palabras
Adeline Si hay algo en este mundo que puede relajarme, incluso en momentos de total crisis, es consentirme a mí misma. Porque si el mundo se cae a pedazos por lo menos debo verme decente. Hago mi rutina de cuidados nocturnos y por esa larga hora no me imagino estar lanzandole dardos imaginarios a una foto con el rostro del idiota de Alex. Cuando termino de colocarme los accesorios en el cabello para tener ondas impecables por la mañana, me enfundo en mi pijama de seda favorito y hago algo que usualmente no, y enciendo la televisión para ver películas. Estaría devorando un tarro de helado pero no estuve cuidandome un mes entero para verme bien en el vestido de dama de honor para mandarlo a la borda en una noche solo por las ansias. Muy mala idea. Mi burbuja de paz mental estalla cuando en uno de los canales de noticias veo unas fotografías de Alex saliendo de la mansión de la maldita esa, con ella colgada de su brazo sonriendo como el Guasón. Mi mal genio me hace subir el volúmen y escucho a la reportera decir,—Sí, como se estuvo rumoreando los últimos días, al parecer la hija menor del ministro francés Charles Allard, Dion Allard, no solo está en una muy estable y privada relación con el heredero británico, Alexander Harrison, sino que finalmente decidieron hacer público su compromiso. —¿QUÉ? No, no, no, no… ¿QUÉ? Maldito hijo de… ¿Compromiso? ¿cómo que compromiso? Por un momento mi mirada se pierde en algún punto invisible de la habitación mientras siento que todo se vuelve rojo, cuando lo analizo y entiendo que… no era una simple aventura. Ese imbécil había estado viendome la cara durante meses. ¿Y si acaso yo…? No. No, la aventura no pude haber sido yo porque, ¿qué hay de Dion entonces? ¿Y si le había prometido a ella dejarme a mí para poder estar juntos? La rabia fluye por mis venas y mi respiración se vuelve pesada. Me levanto y comienzo a caminar por la habitación, pero mi enojo es tal que estrelló una almohada en mi rostro para ahogar mi grito. ¡Maldita sea! Esto no es solo un golpe a mi orgullo, es un golpe a mi ego y a mi dignidad. —¿Qué hago? ¿qué hago? ¿qué hago? —murmuro moviendome por la habitación. Esto ya no puede quedar impune, no me piso una vez sino dos, debo devolver este golpe a como de lugar. Termino abriendo las puertas del pequeño balcón y me apoyo en la estructura de piedra, cerrando mis ojos y tomando algo de aire cálido. Está atardeciendo así que los tonos anaranjados tiñen el cielo italiano. La mansión se encuentra en una colina muy cerca del océano y el tranquilizador sonido de las olas logra disminuir ligeramente el torbellino de rabia en mi pecho. Cuando me siento más calmada, abro mis ojos y observo que el balcón da a una parte del jardín donde se encuentra la inmensa piscina con pequeñas luces en su interior, pero no es eso lo que llama mi atención, sino la figura que de pronto me hace olvidar cómo respirar. Llegué a Italia esta misma mañana y no lo ví en todo el día por estar poniendome al día con Serena, pero que esta sea la forma en que lo vea por primera vez luego de tanto tiempo… dios. Sale de la piscina con los shorts negros pegandose a sus definidas piernas y las gotas de agua se deslizan por los tallados músculos de su abdomen. Toma una toalla y seca su cabello n***o, llevandolo hacia atrás. Parece notar mi presencia y mi corazón se detiene cuando sus ojos oscuros se encuentran con los míos al alzar la cabeza en mi dirección. Así puedo detallar mejor su rostro, sus rasgos masculinos se habían endurecido y estaba innegablemente mucho más atractivo y maduro. Pero solo de apariencia, porque su expresión no pierde ese aire de superioridad y su mirada está cargada de egolatría que grita ¿Te gusta lo que ves? por supuesto que lo hace. Pero cuando sus labios tiran y forman una sonrísa de lado, cargada de egocentrismo, pongo mis ojos en blanco y regreso a la habitación, cerrando las puertas, me tiro a la cama y al observar el techo ya no veo el rostro de Alexander, sino la mirada altiva y la sonrisa seductora del odioso Sebastian Von Trier. ▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃▃ A la mañana siguiente debo enterrar el rostro en un recipiente de hielos y agua helada para desinchar mi rostro, pero luego de eso y una reconfortante ducha… y confeccionar una larga lista de formas de hacer desaparecer a Alexander de la faz de la tierra sin dejar rastro, me siento de mejor humor. O al menos no soy tan tonta como para dejar que la noticia de la noche anterior opaque mi felicidad durante el momento más importante en la vida de mi hermana. Las mujeres que se encargaban de maquillarnos a las damas de honor y a la novia terminaron hace unos minutos y la mamá de Nicholas, el prometido de Serena, estaba ayudandola con el vestido, ya que ella misma lo había confeccionado. La señora Giselle era la diseñadora de moda más buscada por la élite europea y cómo no, todas sus creaciones gritaban elegancia y sensualidad. Estoy en la bata a juego con mi pijama y solo me falta el vestido para estar lista, pero me tomo un momento para sentarme en el tocador para repasar mis labios con el sutil color rosado que me habían pintado, y entonces escucho unos golpes en la puerta. —Adelante. —Que placer verte de nuevo, Adeline —. La tranquila voz masculina me eriza la piel por la forma en que pronuncia mi nombre y mi corazón se detiene al ver de quién se trata al verlo reflejado en el espejo, justo a unos metros de mí, con las manos en los bolsillos delanteros de su traje Armani a medida. Y aún a esa distancia su perfume varonil llega a mis fosas nasales y me embriaga. —Sebastian —digo como si nada, tomando compostura y continuando con mi tarea de perfeccionar mis labios—. ¿A qué se debe tu visita? Escucho como da unos pasos hacia mí y elevo la mirada en el espejo, una sonrísa con tintes de malicia se traza en sus labios y llevo mis ojos a su mirada rapidamente al darme cuenta que llevo más tiempo de lo debido enfocandome en su boca. —Tengo una propuesta para hacerte —va directo al grano y mi ceño se frunce sutilmente con extrañeza por sus palabras, no es algo que me esperara. Se inclina a mi altura, ubicando una mano en el tocador y la otra en el respaldo de mi asiento, su rostro queda a centímetros del mío y mi corazón se pone errático—. Y te prometo que te va a interesar.
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