LA CLÁUSULA
Sebastian
El líquido ámbar desciende por mi garganta dejando una ligera sensación de ardor, pero eso no me impide terminarlo de un sorbo, ni pedirle al barman que me sirva otro. Necesitaría toda una botella para aligerar mi mal humor.
—¿Bebiendo tan temprano? —. Mi hermano Nicholas aparece ocupando un sitio a mi lado en la barra.
No le respondo, primero porque no tengo nada qué decir que quiera oír en voz alta y segundo porque no quiero opacar su día con mi humor de perros.
—Por esa cara veo que los abogados no te dieron buenas noticias —dice, dándole justo en el clavo. El barman rellena mi vaso y me lo termino en un momento, parece notar que no voy a irme pronto y me deja la botella de Macallan a un lado.
—Es el mejor bufete de abogados de Londres y nadie puede hacer nada al respecto —suelto molesto, aunque en el fondo ya lo sabía, pero creí que siendo un pedido tan ridículo algo podrían hacer.
Resulta ser que, si Keneth Von Trier quisiera que reconstruya la Muralla China para darme mi maldito fideicomiso, podría pedirlo. E incluso eso sería mil veces mejor que la estúpida cláusula actual.
—Claro que no, Sebastian, ¿crees que padre pondría una cláusula así sin tener la certeza de que no podrás huir de ella?
—Ese fideicomiso es solo una forma de manipularme para cumplir su capricho, ¿de qué me sirve a mí que la prensa me vea como un esposo fiel y comprometido, cuando no es eso lo que me trajo a donde estoy? —hablo con enojo mientras sirvo otro vaso de whiskey, Nicholas parece abrir su boca para decir algo pero lo interrumpo—. Me gradué de la mejor universidad de América con honores, conseguí cerrar todos los tratos de la empresa a nuestro favor y estoy entre los cien empresarios jóvenes más exitosos de Europa, que se joda la prensa, eso es solo una excusa.
Y lo peor es que se atrevió a mencionar que madre soñaba que algún día le diera nietos, como si ya no tuviera un hermano prácticamente casado.
Nicholas aparta la botella a su lado cuando bebo mi cuarto vaso de whiskey en el día y ni siquiera es mediodía. La cabeza comienza a dolerme y no puedo pensar en una solución tranquilamente.
—Creeme, te entiendo, Sebastian. Y es por eso que estuve pensando en algo —percibo cierta seriedad en su voz y lo miro—. Mira, padre solo quiere verte comprometido con una mujer y a mamá también le gustaría ver que tienes a alguien en tu vida y no solo vives para trabajar. Y hay una fila infinita de mujeres guapas que quisieran ser tu esposa, lo que digo es, por qué no preparas un contrato de confidencialidad y con una buena suma de dinero tendrás a una esposa para presentarle a papá y a la sociedad, nadie tiene que saber que no la amas y ni siquiera deberán dormir en la misma cama, y cuando tengas tu fideicomiso solo debes divorciarte, teniendo la seguridad de que no habrá un escandalo luego.
Mi ceño se frunce mientras la idea revolotea por mi mente, y me sorprendo de mí mismo cuando la primera cosa que hago no es reírme y decirle que es un puto chiste sin nada de gracia. O peor, cuando esa pregunta se repite en mi cabeza... ¿Dónde conseguiré una esposa falsa?
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Salgo del bar y avanzo por el jardín trasero, donde hay empleados yendo de un lado al otro, preparando todo para la boda de mañana entre mi hermano y su prometida Serena, y me adentro en la mansión italiana, encaminandome hacia mi habitación, pero me detengo al oír risas femeninas provenientes de la habitación de la novia.
El aire deja de correr por mis pulmones al encontrarme con una imagen que me quita el aliento.
Piernas largas y bronceadas haciendo un exquisito contraste con el vestido blanco que comienza en una falda corta y suelta que se estrecha en su fina cintura. Una larga cabellera rubia cae en cascada por su espalda y cuando se voltea de cara a la puerta reconozco ese rostro en un instante y su belleza, que solo incrementó en el tiempo que no nos vimos, me golpea en el pecho.
De adolescente, sus delicadas facciones eran finas, aniñadas, pero ahora se han vuelto más maduras, más sensuales. Cejas perfectas y espesas pestañas, una naríz pequeña, gruesos labios rosados y una infernal mirada azulada.
Y ahí está ella, frunciendo el entrecejo y los labios en esa expresión que adornaba su rostro cuando se enfadaba. Sus manos sobre su cadera y su pie golpeando el suelo con insistencia.
Adeline Caprichosa Ashton. La hermana de Serena.
—¡Es que no lo entiendes, Serena! —se queja comenzando a caminar por la habitación mientras su hermana permanece sentada en la cama, observandola en silencio—. Debería regresar a Londres y buscar una forma de devolverle la humillación a ese imbécil. ¿Cómo pudo engañarme a mí? literalmente soy lo mejor que tenía. Lo apoyé mientras su vida se caía a pedazos, las empresas de su padre están al borde la bancarrota, ¿y traicionarme de esa forma? ¿revolcandose con la maldita esa?
Se deja caer en la cama y Serena se acomoda para poder verla mejor.
Trato de centrarme en la conversación pero la idea de algún imbécil engañando a Adeline no abandona mi cabeza, ¿cómo alguien en su sano juicio haría eso? Bien que es la persona más caprichosa y molesta sobre la tierra, pero debes ser un verdadero idiota inseguro para hacerlo.
—Sé que te duele... —comienza Serena pero ella rápidamente la corta.
—Claro que no —niega con la cabeza—. ¿Sabes lo que significa engañarme a mí? Es un golpe bajo a mi ego y ahora debo buscar una forma de devolverselo, está equivocado si va a mentirme y usarme, y saldrá de rositas.
—¿Y entonces, qué harás?
—No lo sé —. Adeline hace un puchero y se deja caer otra vez de espaldas sobre la cama.
—Bueno, al menos tienes unos días para pensarlo, y no puede decir que huiste porque estás en mi boda. ¿Por qué no buscas algún italiano con el que salir? Que te vea feliz comiendo gelato con un sexy italiano en Porto Fino.
Adeline ríe y se sienta.
—Te adoro, ¿sabes? Eres la mejor hermana de todas y no sé que haría sin ti —confiesa y Serena las funde en un abrazo de hermanas—. Estoy muy felíz por tí.
—Yo también te amo, Addie.
Como debí haber hecho originalmente, retomo mi camino hacia mi habitación, con una idea formulandose en mi cabeza y siento que todo encaja tan bien que es mentira, y aunque la última persona que me imaginé como esposa falsa sería mi enemiga de la adolescencia, la mujer más odiosa y mimada sobre la tierra, parece que Adeline Ashton llegó a mi vida como anillo al dedo.
Valga la redundancia.
Solo debo convencerla de aceptar y dadas sus circunstancias, no veo porqué se negaría a ser... mi falsa prometida.