Me fue imposible poder pegar –si quiera– un ojo esa noche, las palabras de Tatiana venían a mi y se quedaban rondando mi cabeza con ecos poco audibles, pero que en esencia me decían: “Thomas, te amo…”. ¿De verdad me amaba? o ¿solo era un capricho de una niña que jamás olvido nuestros juegos de la infancia? En el pasado –cuando teníamos 6 o 7 años- jugábamos a que nosotros éramos padres y sus muñecas nuestras hijas. ¡¿Pero quién no hizo eso de niño, con su compañera de primaria, o su prima?! No podía ser verdad, lo único que creía en ese momento –y quería creer– era que Tatiana estaba confundida, muy confundida ¡claro que sí!, habla de amor cuando en realidad yo y ella nunca hemos tenido nada mas que el beso que nos dimos hace unos días. - ¡No debí besarla! –expresé sin darme cuent

