A la mañana siguiente, fui a buscar a Juan y a Carlos para que junten a todos sus amigos y vayan al descampado -donde jugaron la vez pasada-, para entrenarlos. No les dije que los verían representantes de los Diablos Rojos para no ponerlos nerviosos. A eso de las once de la mañana ya estaban todos juntos, había 38 niños exactamente, entre los 7 y 14 años, los dividí en grupos de 11 así que salieron 3 equipos y sobraron seis niños los cuales serían suplentes. Le entregué el silbato a Benjamín –quien la semana pasada había hecho de árbitro– y dio inicio al primer partido. Yo estaba de pie junto a Javier en la línea lateral, Juan Diego y todos los demás –incluidos mis padres y los de Javier– estaban sentados junto a los arboles –para que tengan sombra- en las bancas que habían traído de la

