Al día siguiente, Juan Diego, Biancucchi, Rentería y Salvatore se fueron de Ahoskie en medio de un mar humano que los ovacionaba; prometieron llegar en los próximos días con un gran camión, en el que traerían el césped sintético y el resto de cosas necesarias para que los muchachos empiecen a entrenar con Salvatore y conmigo. En cuanto a mis padres, decidieron quedarse en Ahoskie por una semana más puesto que Leo ya había dado sus exámenes bimestrales hace una semana, y tenían tiempo –aprovechando las vacaciones de mi padre- de sobra. En los tres días siguientes no pasó nada interesante, por las mañanas entrenaba con los muchachos en el descampado, y por las tardes, disfrutaba de Rachele, Luana y mi familia, explorando tras la montaña de Ahoskie. El miércoles de esa semana me llamó Checho

