La caída deAnaMills
Ana Mills siempre había sido una mujer de principios. Trabajando como secretaria para múltiples CEOs a lo largo de su carrera, había visto de todo: la ambición desmedida, las traiciones silenciosas, y las alianzas inesperadas. Sin embargo, en medio de ese caos corporativo, ella siempre había mantenido su integridad intacta. Después de años de trabajo arduo, encontró un lugar donde finalmente se sintió estable, un trabajo fijo en una de las compañías más prometedoras de la ciudad. Cuatro años de dedicación y esfuerzo que, en un abrir y cerrar de ojos, se desvanecieron.
Esa mañana, el sol brillaba con una intensidad inusitada para ser un día tan sombrío. Ana fue llamada a la oficina del CEO, una cita que pensó sería una simple reunión de rutina. Sin embargo, lo que encontró fue a un hombre con una sonrisa lasciva y una propuesta indecorosa. Con el corazón latiendo violentamente, Ana se negó. La respuesta fue inmediata y brutal. En cuestión de horas, se vio despedida, despojada de sus bienes y su departamento. Todo lo que había construido se desmoronó.
La noche cayó rápidamente sobre la ciudad, y Ana se encontró deambulando sin rumbo, el frío mordiéndole la piel y la desesperación apretándole el pecho. El mundo que conocía había desaparecido, y con él, su sentido de seguridad y dignidad.
Mientras caminaba por las calles oscuras, tratando de encontrar refugio, un hombre encapuchado apareció de la nada. Sus ojos, llenos de una mezcla de compasión y reconocimiento, la observaron con intensidad. Ana, demasiado cansada y abatida para sentir miedo, simplemente lo miró de vuelta, esperando lo peor.
—Ana Mills, ¿verdad? —dijo el hombre con una voz profunda y firme.
Ana asintió, sin palabras.
—Soy Jake Wilson —continuó él, bajándose la capucha para revelar su rostro. Ana lo reconoció al instante. Era el CEO más alabado del país, el hombre cuya figura dominaba las noticias y las revistas de negocios. El jefe de los jefes, el millonario número uno de la ciudad.
—He oído lo que te ha sucedido —dijo, sus ojos azules observándola con una mezcla de interés y algo que Ana no pudo identificar del todo—. No mereces estar en la calle después de todo lo que has logrado.
Ana, sorprendida y escéptica, apenas pudo pronunciar palabra.
—Te ofrezco una nueva oportunidad —continuó Jake—. No quiero que te conviertas en una vagabunda. Pero hay una condición.
El corazón de Ana se detuvo momentáneamente, temiendo lo que pudiera seguir.
—Tendrás que casarte conmigo.
La propuesta cayó como un rayo. Ana, incapaz de procesar la magnitud de sus palabras, lo miró fijamente, buscando alguna señal de burla o maldad en sus ojos, pero no encontró nada.
—Piénsalo —dijo él, con una leve sonrisa—. Te esperaré en mi oficina mañana.
Jake le entregó una tarjeta y, antes de que Ana pudiera responder, desapareció en la oscuridad.
Quedándose sola en la fría noche, Ana se enfrentó a una decisión que cambiaría su vida para siempre. Mientras tanto, los secretos que ambos guardaban comenzaban a tejer un destino que ninguno de los dos podría haber anticipado.
Ana pasó la noche en un albergue para personas sin hogar, un lugar que jamás imaginó necesitar. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Jake Wilson y escuchaba sus palabras resonando en su mente. La propuesta de matrimonio era absurda, casi una broma cruel en medio de su desesperación. Sin embargo, la tarjeta que sostenía en su mano le recordaba que todo había sido real.
Al amanecer, se dirigió hacia el edificio imponente de Wilson Enterprises, sintiendo que sus piernas la traicionaban con cada paso. Llegó a la recepción, una mezcla de nervios y determinación reflejándose en sus ojos. La recepcionista, una mujer joven y eficiente, la miró con sorpresa al ver su apariencia desaliñada, pero no hizo preguntas y la condujo a la oficina de Jake.
La puerta se abrió, revelando una oficina lujosamente decorada con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Jake estaba de pie, mirando por la ventana, su figura alta y segura proyectando una sombra larga en el suelo. Se volvió cuando Ana entró, sus ojos encontrando los de ella con una intensidad que hizo que Ana se estremeciera.
—Me alegra que hayas venido —dijo Jake, acercándose a ella—. Siéntate, por favor.
Ana se sentó en una silla de cuero, su espalda recta y sus manos temblorosas descansando sobre su regazo. Jake se sentó frente a ella, sus ojos nunca dejando los suyos.
—Entiendo que todo esto debe parecerte surrealista —empezó Jake, su voz calmada—. Pero mi propuesta es sincera. Necesito casarme, y tú necesitas una oportunidad. Es una solución beneficiosa para ambos.
Ana lo miró, buscando algún indicio de mentira o manipulación, pero solo encontró una franqueza desconcertante.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente, su voz apenas un susurro.
Jake suspiró, como si la respuesta fuera algo que había estado considerando cuidadosamente.
—Porque te admiro, Ana. He seguido tu carrera, sé lo profesional y ética que eres. Después de lo que te ha sucedido, mereces algo mejor. Y yo... necesito a alguien en quien pueda confiar.
Ana se quedó en silencio, procesando sus palabras. La propuesta aún le parecía irreal, pero había algo en Jake que la hacía querer creerle.
—¿Qué ganarías tú con esto? —preguntó, su curiosidad superando su desconfianza.
Jake sonrió ligeramente, como si hubiera esperado esa pregunta.
—Necesito una esposa para consolidar una fusión importante. La imagen de un hombre casado y estable es crucial para asegurar la confianza de nuestros socios. Pero más allá de eso, creo que juntos podemos construir algo bueno. Un matrimonio de conveniencia, sí, pero también una oportunidad para ambos de empezar de nuevo.
Ana respiró hondo, sus pensamientos corriendo a mil por hora. Sabía que aceptar esa propuesta significaría un cambio radical en su vida, una nueva oportunidad, pero también muchos desafíos y secretos por descubrir.
—Está bien —dijo finalmente, su voz firme—. Acepto.
Jake asintió, una expresión de alivio y determinación cruzando su rostro.
—Perfecto. Organizaremos la boda cuanto antes. Hasta entonces, te alojarás en mi casa. No quiero que pases ni un día más en la calle.
La generosidad en su oferta hizo que los ojos de Ana se llenaran de lágrimas, pero las contuvo, decidida a mantener su dignidad.
—Gracias, Jake —dijo, su voz suave pero sincera.
Jake se levantó y le tendió la mano.
—A partir de ahora, Ana, somos socios. Y prometo que haremos que esto funcione.
Ana estrechó su mano, sintiendo una mezcla de esperanza y miedo. Mientras salían de la oficina, sabía que su vida estaba a punto de cambiar de maneras que jamás había imaginado. Pero también sabía que, pase lo que pase, enfrentaría ese nuevo capítulo con la misma fortaleza y determinación que siempre había tenido.
Los secretos aún no revelados, las verdades ocultas detrás de la fachada de Jake Wilson, y las pruebas que vendrían con su nuevo papel de esposa, todo eso formaría parte de un futuro incierto pero lleno de posibilidades.