El cuarteto dejó de tocar. Todas las miradas se dirigieron hacia el escenario. Gerrit acababa de subir al atril con una copa de champaña en la mano.
El discurso estaba a punto de comenzar y Henderson comprendió que también había empezado la cuenta regresiva hacia su propio final.
El murmullo de las conversaciones fue apagándose poco a poco, las luces del gran salón disminuyeron ligeramente de intensidad hasta concentrarse sobre el escenario principal.
—Señoras y señores... —comenzó Gerrit con una amplia sonrisa—. Esta noche celebramos mucho más que una alianza empresarial. Celebramos el inicio de una nueva etapa para todos nosotros...
Los invitados levantaron sus copas.
James hizo lo mismo por simple educación, Emma no, ella sostenía la copa, pero no bebía.
—El empresario japonés acaba de abandonar el salón— le murmuró a Henderson.
—Que alguien lo sacara de aquí antes de que empiece todo, significa que conocen el ataque— respondió.
Gerrit levantó la copa desde el escenario.
—Quiero brindar por las personas que hacen posibles los grandes sueños...
Los asistentes respondieron con un aplauso.
Emma dejó lentamente su copa sobre la bandeja de un camarero que pasaba junto a ellos, mientras se acercaba de nuevo a James.
—¿No vas a brindar? — Le dijo James al verla colocarse a su lado, con las manos vacías.
—No.
—¿Por qué?
Ella fijó la vista en el enorme reloj antiguo que presidía el salón antes de responder.
—Porque necesito las dos manos libres.
James frunció el ceño.
—¿Para qué...?
Emma no respondió de inmediato. En el extremo opuesto del salón, Henderson levantó lentamente la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Emma durante apenas un segundo. No hizo ningún gesto, era el momento.
James siguió la dirección de aquella mirada, confundido.
—¿Qué está pasando?
Emma dio un paso hacia él. Sin pedir permiso, acomodó el cuello de su saco y alisó una arruga invisible de la solapa. Desde afuera parecía un gesto cariñoso, íntimo.
En realidad, lo estaba acercando lo suficiente para hablar sin que nadie más pudiera escucharla.
—Escúchame muy bien.
James dejó de sonreír.
—No importa lo que ocurra en los próximos treinta segundos. No te separes de mí.
Él sostuvo su mirada.
—¿Es otra de tus bromas?
Ella respiró hondo, muy hondo y pronunció las últimas palabras antes de que el mundo estallara.
—Necesito que confíes en mí.
James apenas alcanzó a asentir. Las luces del salón parpadearon una sola vez.
Luego otra. El enorme candelabro de cristal osciló levemente sobre sus cabezas y, en medio del silencio absoluto sonó el primer disparo.
El estruendo del disparo hizo vibrar las enormes lámparas de cristal.
Durante una fracción de segundo nadie reaccionó, como si todos los presentes se negaran a aceptar lo que acababan de escuchar.
Gerrit permanecía inmóvil sobre el escenario, todavía con la copa levantada.
Una mujer soltó una risa nerviosa.
—¿Eso era parte del espectáculo?
Nadie respondió.
Entonces llegó el segundo disparo. Esta vez la bala atravesó una copa de cristal.
La explosión del vidrio fue suficiente para romper la ilusión. Los gritos comenzaron al mismo tiempo, uno tra otro. El elegante salón del Waldorf Astoria se transformó en un infierno.
Los invitados corrían desesperados buscando una salida, las mesas volcaban, las botellas estallaban contra el suelo, los músicos abandonaban los instrumentos mientras el sonido de los violines caía al piso mezclándose con los alaridos y entonces los falsos camareros dejaron caer las bandejas.
Debajo de los manteles aparecieron fusiles compactos.
Los empresarios de impecables trajes sacaron pistolas ocultas bajo las chaquetas. Todo ocurrió tan deprisa que parecía una coreografía ensayada durante meses.
—¡Al suelo! —gritó Emma.
James apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando ella lo sujetó del brazo y ambos cayeron detrás de una mesa de mármol.
Una lluvia de balas pasó silbando por encima de sus cabezas. El mármol comenzó a resquebrajarse. Las columnas recibían impactos.
Los cristales de los ventanales explotaban hacia el interior.
James respiraba agitadamente.
—¡¿Qué demonios está pasando?!
Emma no respondió. Asomó apenas unos centímetros la cabeza.
Contó.
Uno...
Dos...
Tres tiradores al frente, dos cubriendo la escalera, uno en el balcón.
—Maldición...
Han cambiado las posiciones.
—¡Emma!
Ella volvió a agacharse justo cuando una bala destrozó el borde de la mesa.
Los fragmentos de piedra salieron despedidos sobre ellos. James sintió uno cortarle la mejilla. Instintivamente llevó una mano a la herida.
Vio sangre, era poca, pero suficiente para hacerle comprender que aquello era completamente real. Alguien intentaba matarlo.
A pocos metros de ellos, Gerrit cayó de rodillas con una expresión de absoluta incredulidad. La mancha roja comenzó a extenderse lentamente sobre su camisa blanca.
Un segundo disparo terminó de derribarlo. El salón entero estalló en pánico.
Emma volvió a mirar para buscar a Henderson. Lo encontró al otro lado del salón.
Todavía seguía de pie, empujaba a una pareja de ancianos hacia el interior de la barra mientras gritaba que se cubrieran.
Luego tomó del brazo a una camarera paralizada por el miedo y prácticamente la lanzó detrás de una columna.
No estaba huyendo, estaba ganando tiempo. Emma comprendió lo que hacía.
«Está intentando salvar a cuantos pueda antes de morir.»
En ese mismo instante, Henderson levantó la vista. Sus ojos encontraron los de Emma y moviendo casi de manera imperceptible los ojos, le indicó huir.
—¡James!
Lo tomó violentamente del saco.
—¡Tenemos que irnos!
Él seguía inmóvil, con la mirada perdida sobre los cuerpos tendidos en el suelo.
—¡James, levántate!
No reaccionó, nunca había visto morir a nadie, mucho menos a varias personas en cuestión de segundos.
Emma le sujetó el rostro con ambas manos.
—¡Mírame!
Él finalmente clavó los ojos en ella.
Respiraba como si fuera a desmayarse.
—Escúchame, no mires atrás, no intentes ayudar a nadie. Solo sigue mis pasos, si te detienes moriremos los dos.
James tragó saliva.
Las palabras apenas salieron de su boca.
—Tengo miedo.
Emma sintió un nudo en el pecho. No porque lo dijera, sino porque, a pesar del terror, seguía mirándola esperando que ella supiera qué hacer.
Apretó con fuerza su mano.
—Entonces usa ese miedo. Pero sigue mis pasos. ¿Entendido?
James asintió. Emma inspiró profundamente. Contó el ritmo de los disparos.
Uno...
Dos...
Pausa.
Era el momento de recargar.
—¡Ahora!
Salieron de detrás de la mesa mientras el salón seguía hundiéndose en el caos.