Capitulo 20

1120 Palabras
Henderson apareció entre los invitados con la misma elegancia impecable de siempre y sostenía una copa de champaña como cualquier otro hombre presente en aquella recepción. Sin embargo, Emma notó de inmediato que algo había cambiado. Sus ojos no acompañaban la sonrisa. Había tensión en su mandíbula y una rigidez extraña en los hombros, como si cada paso que daba hacia ellos requiriera un esfuerzo enorme. James fue el primero en saludarlo. —Al fin apareces. Pensé que habías decidido dejarnos solos en esta maravillosa reunión. —Jamás cometería semejante imprudencia —respondió Henderson con tranquilidad. Luego inclinó ligeramente la cabeza hacia Emma. —Señorita Díaz. —Doctor Henderson. El abogado dirigió otra vez la mirada hacia James. —¿Podrías prestarme a tu secretaria un momento? James arqueó una ceja. —¿Para qué? —Necesito confirmar con ella algunos detalles de la agenda de mañana. —¿Ahora? —No tardaremos. James miró a Emma, después a Henderson. Parecía molesto por la interrupción, aunque no tenía ninguna razón para estarlo. —De acuerdo —respondió finalmente—. Pero no desaparezcan demasiado tiempo. —Solo unos minutos. Emma no esperó a que James dijera algo más. Siguió a Henderson hasta una zona cercana a una de las columnas, a varios metros de donde él había quedado conversando con un empresario alemán. No estaban lo suficientemente lejos como para desaparecer de su vista, pero sí para que James no pudiera escuchar lo que decían. Henderson tomó una copa de una bandeja. Emma hizo lo mismo. Desde afuera parecían dos colegas intercambiando comentarios sobre la recepción. —Notaste a las personas extrañas —dijo Henderson, sin mirarla. No fue una pregunta. Emma mantuvo la vista al frente. —Sí. —Entonces tenías razón. Esta no es una reunión normal. —Eso ya lo había deducido. Henderson respiró lentamente. —Quiero que mantengas la calma. Dentro de poco se desatará el infierno. Emma continuó sonriendo, aunque sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la copa. —Explícate. —No hay tiempo para explicaciones completas. Solo necesitas saber lo suficiente para actuar cuando todo empiece. Ella giró apenas la cabeza. —¿Qué va a ocurrir? —Hay personas aquí que quieren ver muerto a James. Emma no reaccionó. —También quieren matarte a ti. Hizo una pausa breve. —Y a mí. La música continuaba llenando el salón. A su alrededor, los invitados conversaban, reían y levantaban sus copas sin imaginar que se encontraban rodeados de hombres armados. Emma observó a Henderson con frialdad. —¿Por qué debería confiar en ti? Él ni siquiera intentó mostrarse ofendido. —No tienes que hacerlo. La respuesta la sorprendió. Henderson bebió un pequeño sorbo antes de continuar. —No voy a perder el tiempo intentando convencerte de que soy una buena persona. Tampoco necesito que creas en mí. Solo tienes que escuchar lo que voy a decirte y decidir qué hacer con esa información. Emma mantuvo el silencio. —A los dos nos conviene que James permanezca con vida —añadió él—. Eso es suficiente por ahora. —Trabajas para Elliot. —Lo sé. —Entonces también sabes que no tengo motivos para creer una sola palabra que salga de tu boca. —No quiero matarte, Emma. Ella soltó una risa breve, sin humor. —Eso no significa que no vayas a entregarme. —Elliot te quiere muerta. La expresión de Henderson se endureció. —Y precisamente por eso deberías entender que esta conversación no es un intento de ganarme tu confianza. Si quisiera entregarte, ya lo habría hecho. Emma apartó la mirada. A pocos metros de ellos, James continuaba conversando con el empresario alemán. Sonreía, asentía y explicaba algo relacionado con el proyecto de construcción. No parecía percibir la menor señal de peligro. Aquello era lo más inquietante. —¿Has reconocido a alguno? —preguntó Henderson. Emma examinó el salón sin mover demasiado la cabeza. El camarero junto a la columna, el supuesto invitado del reloj plateado, los dos hombres que vigilaban la salida principal, otro junto a la barra, el violinista que jamás miraba la partitura, dos más cerca de los ascensores. —Catorce, aproximadamente. —Hay más. Emma lo miró. —¿Cuántos? —No lo sé con exactitud. Más de veinte. Por primera vez, sintió que el peligro adquiría una dimensión real. Era una operación planeada. —¿A quién obedecen? —Algunos son de Thomas. Otros fueron enviados por Elliot. —¿Y ninguno conoce la identidad del otro grupo? —No completamente. —Entonces esto terminará en una masacre. —Sí. Henderson no suavizó la respuesta. No había forma de hacerlo. Emma volvió a mirar a James. Él acababa de estrechar la mano del empresario y sonreía como si aquella fuera una noche más de negocios. —¿Qué necesitas que haga? —En cuanto escuches el primer disparo, no intentes enfrentarlos aquí. —¿Dónde debo ir? —Al tercer piso. —¿Por qué? —Habitación trescientos quince. Emma repitió el número mentalmente. —¿Qué encontraré? —Debajo de la cama hay un compartimiento oculto. Dentro encontrarás un bolso táctico con dos chalecos antibalas, armas, municiones y granadas de humo. Emma lo miró con atención. —¿Desde cuándo preparaste todo eso? —Desde antes de que llegáramos a Holanda. —Entonces sabías que algo podía suceder. —Sabía que existía la posibilidad. —Y aun así permitiste que James viniera. —No fue una decisión mía. No había excusas en su tono. Solo un hecho. —No usen los ascensores ni la escalera principal. Usa el conducto de ropa sucia, los llevara directo a la lavandería de ahí tiene q salir por un corredor de servicio. Síguelo hasta la salida norte. Al final del canallos espera una lancha. Ese hombre los llevará hasta Wester-Amstel. —¿Qué encontraremos allí? —Refugio, vehículos y nuevas identidades. Emma permaneció en silencio varios segundos. Henderson tenía preparado cada paso. No hablaba como alguien que improvisaba una salida de emergencia. Hablaba como un hombre que llevaba días, quizá semanas, preparando aquella noche. —¿Y tú qué harás? —preguntó. Él no respondió. Emma esperó. —Henderson. —Me quedaré aquí. —Eso no tiene sentido. —No necesita tenerlo para ti. —Si sabes lo que va a ocurrir, podrías venir con nosotros. —No. La respuesta fue inmediata. Emma lo observó con desconfianza, pero también con una inquietud que no quiso reconocer. —¿Por qué? —Porque mi lugar está aquí. —Eso tampoco es una explicación. —Y no voy a darte una. No intentaba sonar misterioso. Simplemente había tomado una decisión y no parecía dispuesto a discutirla.
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