El verdadero desafío apenas comenzaba. Llegó la noche y la primera invitación a la cena de gala de los inversionistas llegó.
Los enormes ventanales dejaban entrar el reflejo de los canales iluminados, mientras las lámparas de cristal derramaban una luz cálida sobre el mármol blanco del gran salón. Un cuarteto de cuerdas interpretaba una pieza de Vivaldi cerca de la escalera principal y decenas de camareros recorrían el lugar con impecable sincronía, ofreciendo copas de champaña y delicados aperitivos que parecían pequeñas obras de arte.
Era una fiesta diseñada para impresionar y lo conseguía.
Banqueros, empresarios, ministros, coleccionistas, magnates de distintos países conversaban entre risas, brindis y promesas de futuros negocios.
Todo parecía perfecto.
Porque ocultos entre aquellos elegantes invitados también había hombres que no habían ido a cerrar contratos, sino a matar y otros a impedirlo.
Thomas había infiltrado a su gente entre los camareros.
Elliot había hecho exactamente lo mismo.
Ninguno de los dos grupos conocía la identidad completa del otro, solo sabían una cosa.
Aquella noche James Coleman no debía salir del hotel como un hombre libre.
Los segundos avanzaban, las piezas comenzaban a ocupar sus posiciones.
Y nadie, excepto unas pocas personas, era consciente de que aquella recepción estaba a punto de convertirse en un campo de batalla.
Muy lejos de ahí, James apenas escuchaba la conversación del empresario holandés que hablaba frente a él.
Respondía por simple cortesía, asentía cuando debía hacerlo, sonreía en el momento correcto pero su atención llevaba casi diez minutos secuestrada por otra persona.
Emma.
Nunca la había visto así, el vestido largo color esmeralda parecía haber sido diseñado exclusivamente para ella. La tela abrazaba su figura con una elegancia que no necesitaba exageraciones. El escote era discreto, la espalda parcialmente descubierta y una delicada abertura dejaba ver una de sus piernas cada vez que caminaba entre los invitados.
El cabello caía en suaves ondas sobre un hombro. No llevaba demasiadas joyas, ni falta que hacían. Había mujeres mucho más llamativas en aquel salón, sin embargo, ninguna conseguía que las conversaciones se interrumpieran a su paso.
James lo notó enseguida, los hombres la miraban, algunos con discreción, otros con descaro.
Uno de los inversionistas franceses incluso dejó de escuchar a su propio intérprete cuando Emma cruzó frente a él.
James sintió una molestia absurda, ridícula, injustificada y, aun así real.
—¿Señor Coleman?
La voz del empresario lo hizo volver al presente.
—¿Disculpe?
—Le preguntaba si comparte nuestra visión sobre el mercado a******o.
James abrió la boca. No tenía idea de cuál había sido la pregunta completa. Antes de que pudiera improvisar una respuesta, Emma apareció a su lado.
—El señor Coleman considera que la expansión debe hacerse de forma gradual, priorizando alianzas estratégicas sobre adquisiciones precipitadas.
James giró lentamente la cabeza. Ella le sonrió con absoluta naturalidad.
El empresario asintió satisfecho.
—Exactamente lo que pensaba.
James respondió con una sonrisa profesional. Cuando el hombre se alejó, bajó la voz.
—Acabas de salvarme.
—Lo sé.
—No escuché una sola palabra de esa conversación.
—También lo sé.
—¿Cómo?
Emma tomó una copa de champaña de una bandeja.
—Porque llevas exactamente doce minutos mirando en mi dirección.
James casi se atragantó.
—Eso no es cierto.
Ella bebió un pequeño sorbo.
—¿Quieres que te diga también cuántas veces frunciste el ceño cuando otro hombre me habló?
James guardó silencio. Emma sonrió para sí.
—No estaba celoso.
—Claro que no.
—Solo...
Hizo una pausa buscando una excusa convincente. No la encontró.
Emma terminó el trabajo por él.
—Solo eres territorial.
—No soy territorial.
—James...
Ella dio un pequeño paso hacia él. Lo suficiente para acomodarle el nudo de la corbata que ni siquiera estaba desajustado. Desde fuera parecía un gesto íntimo, natural como si lo hubiera hecho cientos de veces y eso era exactamente lo que Emma quería que pareciera. Sabía que la observaban.
James bajó la voz.
—¿Qué haces?
—Actuando.
—¿Para quién?
Ella mantuvo la sonrisa.
—Para todos los que creen que somos la parte más aburrida de esta fiesta. Sonríe un poco y diviértete. No hagas q piensen que estás asustado de estar a mi lado.
Apoyó suavemente una mano sobre la espalda de Emma mientras ambos continuaban sonriendo como una pareja disfrutando de una elegante velada.
Fue entonces cuando Henderson apareció entre los invitados. Su expresión seguía siendo tan impecable como siempre, pero Emma notó algo que nadie más habría visto.
Tenía los ojos apagados y caminaba como un hombre que acababa de perderlo todo.
Respiró profundamente una vez, dos, tres.
Después volvió a colocarse aquella máscara de abogado imperturbable que llevaba perfeccionando durante más de veinte años.
Era curioso. Durante toda su carrera había aprendido a ocultar sus emociones para negociar millones. Aquella noche lo hacía para ocultar el miedo.
Sus ojos recorrieron el salón. Identificó dos hombres de Thomas, tres de Elliot otros cuatro que todavía fingían ser simples invitados.
Muchísimos más de los que esperaba, aquello terminaría siendo una masacre.
Su mirada encontró finalmente a James y Emma. Los observó desde la distancia durante unos segundos. James acababa de acercarse ligeramente a Emma para susurrarle algo. Ella respondió con una sonrisa apenas perceptible. Después acomodó el nudo de su corbata con una naturalidad que solo podía confundirse con intimidad.
Henderson sintió una punzada en el pecho, no por ellos, sino por Elena.
Recordó la última vez que ella acomodó su corbata antes de salir de casa.
Aquella mañana había sido tan cotidiana que jamás imaginó que sería la última.
«Prométeme que volverás temprano.»
Cerró los ojos apenas un instante. Ya no podía permitirse recordar, porque si pensaba en Elena, pensaría en Clev y si pensaba en Clev, no sería capaz de hacer lo que debía hacer.
Enderezó los hombros, siguió caminando hasta acercarse a la feliz pareja.