Capitulo 18

883 Palabras
James recuperó inmediatamente aquella imagen impecable de empresario exitoso. Sonrió. Estrechó manos. Saludó uno por uno. Aunque cada dos segundos lanzaba una mirada asesina hacia Emma. Ella fingía no verla. —Caballeros —dijo Henderson—. Si les parece, podemos comenzar. Todos ocuparon sus lugares. James quedó frente a Arthur Van Dijk, el principal inversionista del consorcio europeo. Emma tomó asiento unos metros más atrás. Como correspondía a una secretaria o al menos eso parecía. Los primeros veinte minutos transcurrieron con absoluta normalidad. James expuso el proyecto, las proyecciones, los estudios de impacto, la rentabilidad. El crecimiento esperado durante los próximos quince años, su seguridad impresionaba. Respondía cifras sin consultar documentos, dominaba cada detalle. Arthur escuchaba en silencio sin expresar emoción alguna. Cuando James terminó, el empresario entrelazó las manos. —Muy interesante. James sonrió. Hasta que escuchó la siguiente frase. —Ahora dígame... Abrió una carpeta. —¿Por qué deberíamos invertir en Coleman Construction cuando existen tres empresas europeas capaces de ejecutar exactamente el mismo proyecto con menor riesgo político? El ambiente cambió por completo. James respondió. Habló de costos, experiencia, infraestructura, capital. Arthur negó lentamente. —Todo eso también lo tienen ellos. Otro inversionista intervino. —Además, el mercado americano atraviesa una etapa complicada. James volvió a explicar. Las respuestas eran impecables pero no convencían. Cada argumento encontraba una objeción. Henderson comenzó a preocuparse. Emma permanecía completamente callada, observando, escuchando. Hasta que Arthur hizo la pregunta definitiva. —Señor Coleman, si usted estuviera sentado en mi lugar ¿Invertiría cientos de millones únicamente porque una empresa promete buenos resultados? James permaneció unos segundos en silencio. Era una pregunta difícil, entonces ocurrió. Emma levantó ligeramente la mano. —¿Puedo hacer una observación? Todos la miraron. James también, Arthur sonrió. —Adelante. Emma dejó lentamente la taza sobre el plato. No abrió ninguna carpeta, no miró ninguna cifra. simplemente habló. —Señor Van Dijk. Permítame hacerle una pregunta antes de responder la suya. El empresario asintió. —¿Cuántas generaciones lleva su familia construyendo en Holanda? Arthur pareció sorprendido. —Cinco. Emma sonrió. —Entonces comprenderá perfectamente lo que voy a decir. Hizo una breve pausa. —Los edificios nunca pertenecen a quienes los construyen. Pertenecen a las ciudades donde permanecen durante cien años. El comedor quedó completamente en silencio. —Dentro de cincuenta años nadie recordará cuánto costó levantar este proyecto. Pero sí recordarán quién tuvo la visión suficiente para hacerlo realidad. Arthur ya no apartaba la vista de ella. Emma continuó. —Nosotros no hemos venido a vender concreto, ni acero, ni planos. Hemos venido a proponerle que su apellido quede unido a una de las obras más importantes de esta década. Porque el dinero siempre encuentra la forma de multiplicarse. El prestigio no. El prestigio se construye decisión tras decisión. Y este proyecto puede convertir el apellido Van Dijk en parte de la historia de dos continentes. Nadie habló. Ni siquiera James. Emma terminó con absoluta serenidad. —Si dentro de cincuenta años alguien pasa frente a ese edificio y dice "Eso cambió la ciudad." Entonces todos habremos ganado. Pero especialmente usted. Arthur permaneció inmóvil. Después, sonrió. Una sonrisa auténtica. —Ahora entiendo por qué Elliot Coleman nunca acepta una reunión sin usted. Emma bajó ligeramente la cabeza. —Es muy amable. —No. Soy sincero. James seguía observándola. Como si acabara de conocer a otra persona. La conversación cambió por completo. Los inversionistas comenzaron a hacer preguntas directamente a Emma. Ella respondía sin quitar protagonismo a James. Cada vez que hablaba mencionaba a C&M. Nunca hablaba de ella, jamás buscaba sobresalir y justamente por eso terminó haciéndolo. Una hora después los contratos estaban prácticamente cerrados. Arthur fue el primero en ponerse de pie. Extendió la mano hacia James. —Ha sido un placer hacer negocios con usted. James correspondió el saludo. Pero Arthur inmediatamente giró hacia Emma. —Y con usted. Espero volver a verla en nuestra próxima negociación. Emma sonrió. —Será un honor. Los empresarios comenzaron a retirarse uno tras otro hasta que finalmente solo quedaron Henderson, James y Emma. El silencio duró varios segundos. Emma guardó cuidadosamente las carpetas. James seguía observándola, Henderson sonrió discretamente. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. —Bueno... creo que mi trabajo aquí ha terminado. Tomó su teléfono. —Tengo que hacer una llamada, con permiso. Y desapareció dejándolos completamente solos. Emma cerró el último portafolio. —Creo que salió mejor de lo esperado. James seguía sin responder. Ella levantó una ceja. —¿Qué ocurre, señor? Él soltó lentamente el aire. —Llevo años preguntándome por qué el abuelo insiste en llevarte a todos los viajes. Emma dejó de mover las carpetas. —¿Y ya encontraste la respuesta? James sonrió, esta vez no había ironía, solo admiración. —Sí. —¿Cuál? James dio un paso hacia ella. —Porque eres mucho mejor negociadora que yo. Emma quedó completamente inmóvil. Aquello no lo esperaba, mucho menos viniendo de James Coleman. Él sonrió de lado. —Y odio admitirlo. Emma dejó escapar una pequeña risa. —Eso sí me lo creo. Ambos se miraron durante unos segundos, sin burlas, sin desafíos. Solo dos personas descubriendo que la imagen que tenían del otro comenzaba, poco a poco, a derrumbarse. Y ninguno de los dos parecía dispuesto a detenerlo.
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