James recuperó inmediatamente aquella imagen impecable de empresario exitoso. Sonrió. Estrechó manos. Saludó uno por uno. Aunque cada dos segundos lanzaba una mirada asesina hacia Emma. Ella fingía no verla. —Caballeros —dijo Henderson—. Si les parece, podemos comenzar. Todos ocuparon sus lugares. James quedó frente a Arthur Van Dijk, el principal inversionista del consorcio europeo. Emma tomó asiento unos metros más atrás. Como correspondía a una secretaria o al menos eso parecía. Los primeros veinte minutos transcurrieron con absoluta normalidad. James expuso el proyecto, las proyecciones, los estudios de impacto, la rentabilidad. El crecimiento esperado durante los próximos quince años, su seguridad impresionaba. Respondía cifras sin consultar documentos, dominaba cada deta

