La pantalla iluminó un nombre que le arrancó una sonrisa inmediata. Clev, su hijo. Respondió sin dejar de caminar. —Hola, campeón. —¡Papá! La alegría en la voz del niño era contagiosa. —¿Ya terminaste tu viaje? Henderson sonrió. —Todavía no. ¿Cómo está mi futbolista favorito? —¡Metí dos goles! —¿Dos? —¡Sí! Mamá dice que exagero... pero fueron dos. Henderson soltó una risa. —Estoy seguro de que fueron dos. —¿Cuándo vuelves? Aquella pregunta siempre era la más difícil. Miró un instante el reloj. —Muy pronto. Te lo prometo. —¿De verdad? —Claro. Tengo pendiente una revancha contigo. —¡Esta vez voy a ganarte! —Eso está por verse. El niño rio al otro lado de la línea. Aquella risa, era el sonido que más extrañaba cuando viajaba. —Mamá quiere ha

