Capitulo 17

1116 Palabras
La pantalla iluminó un nombre que le arrancó una sonrisa inmediata. Clev, su hijo. Respondió sin dejar de caminar. —Hola, campeón. —¡Papá! La alegría en la voz del niño era contagiosa. —¿Ya terminaste tu viaje? Henderson sonrió. —Todavía no. ¿Cómo está mi futbolista favorito? —¡Metí dos goles! —¿Dos? —¡Sí! Mamá dice que exagero... pero fueron dos. Henderson soltó una risa. —Estoy seguro de que fueron dos. —¿Cuándo vuelves? Aquella pregunta siempre era la más difícil. Miró un instante el reloj. —Muy pronto. Te lo prometo. —¿De verdad? —Claro. Tengo pendiente una revancha contigo. —¡Esta vez voy a ganarte! —Eso está por verse. El niño rio al otro lado de la línea. Aquella risa, era el sonido que más extrañaba cuando viajaba. —Mamá quiere hablar contigo. —Pásamela. Se escuchó un pequeño forcejeo. Después, la voz de Elena. —Hola. Solo una palabra. Pero Henderson dejó de caminar, conocía demasiado bien a su esposa. Había algo extraño. —¿Elena? Silencio. —¿Ocurre algo? La respiración de ella era irregular, como si estuviera intentando controlar el miedo. —Cariño... No terminó la frase. Se escuchó un ruido seco, un golpe. Después un jadeo ahogado. —¡Elena! Nadie respondió. El corazón de Henderson comenzó a acelerarse. —¡Elena! Entonces escuchó otra respiración. Lenta, tranquila y una voz masculina ocupó el lugar de su esposa. —Buenos días, abogado. Henderson se quedó completamente inmóvil. Reconocería aquella voz entre mil. Era Javier. Sintió que la sangre abandonaba su rostro. —¿Qué hiciste? Al otro lado hubo una breve carcajada. —Qué pregunta tan fea para empezar la conversación, amigo. —¿Dónde está mi familia? —Conmigo. —Si les haces daño... —No me interrumpas. El tono cambió por completo. Ya no quedaba rastro de burla, solo una frialdad absoluta. —Escúchame con mucha atención, amigo. Henderson sintió cómo el aire comenzaba a faltarle. Miró a su alrededor. El elegante vestíbulo del hotel seguía lleno de huéspedes. Y, sin embargo él acababa de quedarse completamente solo. —Tu esposa está sentada frente a mí. Tu hijo también. Clev levantó la vista cuando Javier pronunció su nombre. —Papá... La voz del niño sonó temblorosa. —Tengo miedo, papi... Henderson cerró los ojos. Aquellas cuatro palabras le atravesaron el pecho. —No pasa nada, campeón. Papá va a... Un golpe seco interrumpió la frase. Después el llanto contenido de Clev. Las piernas de Henderson estuvieron a punto de ceder. —¡No lo toques! Javier volvió a hablar con absoluta calma. —Eso depende exclusivamente de ti. Henderson respiraba cada vez más rápido. —¿Qué quieres? —No yo. El señor Elliot. Aquellas palabras bastaron para que todo encajara. No era un secuestro por dinero, era un recordatorio de quién movía realmente los hilos. —Escúchame bien —continuó Javier—. A partir de este momento olvidarás que alguna vez pensaste en ayudar a James Coleman. Harás exactamente lo que Elliot ordene, sin preguntas, sin errores, ni retrasos. Porque la próxima vez no escucharás la voz de tu hijo. Escucharás el disparo. El silencio que siguió fue insoportable. Henderson era incapaz de responder. Durante años había creído que podía servir a dos hombres al mismo tiempo. A Elliot... Y, en secreto, proteger a James cuando fuera posible. Acababa de descubrir que era una ilusión. Elliot siempre iba un paso por delante siempre. —¿Quedó claro? Henderson tardó varios segundos en encontrar su voz. Cuando finalmente habló, sonó rota. —Sí... —No te escuché. Cerró los ojos con fuerza. Sintiendo cómo todo el peso de su dignidad se hacía añicos. —Sí, señor. Javier sonrió al otro lado de la línea. —Mucho mejor. Disfruta el desayuno y recuerda, ahora cada decisión que tomes, la pagarán ellos. La llamada terminó. Henderson permaneció inmóvil en medio del vestíbulo. El teléfono seguía pegado a su oído pero ya no escuchaba nada. Solo el eco de la voz de su hijo. "Papá... tengo miedo." Una recepcionista pasó junto a él. —¿Se encuentra bien, señor? Henderson tardó unos segundos en reaccionar. Respiró hondo, ajustó el nudo de su corbata. Recogió la carpeta que había caído al suelo y volvió a ponerse la máscara del abogado impecable. Porque en menos de cinco minutos tendría que encontrarse con James Coleman. Y fingir que el mundo no acababa de derrumbarse sobre sus hombros. —— El elegante restaurante del hotel despertaba lentamente. Las primeras luces de Ámsterdam atravesaban los enormes ventanales de cristal, tiñendo de dorado los canales que rodeaban el edificio. El aroma del café recién molido se mezclaba con el de los croissants recién horneados mientras los empleados terminaban de colocar los cubiertos de plata y las finas copas sobre la mesa privada reservada para la reunión. Emma Díaz ya estaba allí. Ningún movimiento era improvisado. Saludaba a cada empleado por su nombre, revisaba discretamente la ubicación de las carpetas y verificaba que cada invitado tuviera el menú correspondiente. No parecía una secretaria. Parecía la anfitriona del evento. —Buenos días, señor Van Dijk. Bienvenido nuevamente a Ámsterdam. El empresario neerlandés sonrió sorprendido. —Señorita Díaz, no esperaba verla otra vez. —El señor Elliot Coleman lamenta profundamente no haber podido asistir. Me pidió transmitirle sus saludos y agradecerle por aceptar esta reunión. —Su memoria sigue siendo admirable. Recordó incluso el vino que prefiero. Emma sonrió. —El señor Coleman insiste en que los negocios empiezan mucho antes de firmar un contrato. Aquella respuesta provocó una pequeña carcajada en el empresario. Poco a poco fueron llegando los demás inversionistas. Emma estrechó manos, recordó nombres, preguntó por esposas, hijos y hasta por una cirugía de rodilla que uno de ellos había tenido meses atrás. Todos parecían sorprendidos. Nadie esperaba semejante recepción. Cinco minutos después apareció Henderson. Observó la escena desde la entrada sin intervenir. Emma acababa de resolver una pequeña confusión con la ubicación de uno de los invitados hablando algunas frases en neerlandés que había aprendido durante los últimos viajes con Elliot. No era un idioma perfecto. Pero bastó para sacar una sonrisa al empresario. Henderson sonrió para sí. "Ahora entienden por qué Elliot nunca viaja sin ella." En ese instante apareció James. Entró ajustándose la corbata mientras buscaba con la mirada a cierta mujer. Cuando la encontró... Ella estaba riéndose junto a cuatro de los inversionistas. James apretó la mandíbula. "¿Ni siquiera pudo esperarme?" Emma giró apenas la cabeza. Lo vio. Y sonrió con una inocencia absolutamente falsa. —¡Señor Coleman! Todos los presentes giraron hacia él.
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