James abrió los ojos antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando recordar dónde estaba.
El techo blanco. Las cortinas abiertas dejando entrar la tenue luz del amanecer.
Los canales de Ámsterdam todavía cubiertos por una ligera neblina.
Entonces recordó el desayuno con los inversionistas a las siete.
Miró el reloj sobre la mesa de noche.
6:02 a.m.
—Perfecto...
Sonrió satisfecho, sería el primero en usar el baño. Habia mucho silencio, asi que Emma seguía dormida.
Se incorporó despacio para no hacer ruido, estiró los brazos, tomó una toalla y caminó descalzo hasta la puerta del baño.
Giró el picaporte, no abrió.
Frunció el ceño. Volvió a intentarlo, nada.
Entonces escuchó el sonido más irritante del mundo.
El agua de la ducha.
James cerró los ojos y respiró profundamente.
—No...
Golpeó suavemente la puerta.
—Emma.
Del otro lado tardaron unos segundos en responder.
—¿Sí?
Su voz sonaba extrañamente alegre.
—¿Desde cuándo estás ahí?
—Desde hace un ratito.
—¿Qué significa "un ratito"?
—Cinco minutos, quizás un poquito más.
James volvió a mirar el reloj.
—Son las seis.
—Lo sé.
—¿Te levantaste antes que yo?
—Sí.
—¿A qué hora?
—A las cinco y media.
James apoyó la frente contra la puerta.
—Lo planeaste.
Silencio. Después escuchó una pequeña risa.
—Tal vez.
—Emma...
—¿Sí?
—Eso fue muy infantil.
La ducha volvió a sonar. James caminó de un lado a otro por la suite contando los minutos, cinco minutos, diez, quince, veinte.
Volvió a la puerta.
—¿Cuánto te falta Emma? Necesito asearme.
—Estoy lavándome el cabello.
—¿Otra vez?
—Tengo mucho.
James levantó los ojos al techo.
—Voy a llegar despeinado.
—Nadie lo notará.
—Muy graciosa.
—Lo sé. Dame cinco minutos.
Veinte minutos después. James ya llevaba la corbata colgando del cuello, el saco sobre un brazo y una paciencia peligrosamente reducida.
Volvió a golpear.
—Emma.
—¿Sí?
—Llevas mas de una hora ahí, necesito entrar asearme.
—Todavía tengo que secarme el cabello.
—¡No puede tardar tanto!
—Claro que sí.
—¿Por qué?
—Porque me gusta.
James soltó una risa incrédula.
—Lo estás disfrutando.
—Muchísimo, no sabes cuánto.
Él comenzó a caminar en círculos.
—Esto es una tortura.
—Todavía no.
—¿Cómo que todavía no?
—La tortura empieza cuando use el secador.
Y, como si hubiera estado esperando ese momento, el ruido del secador llenó toda la suite.
James dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Lo hizo...
—¡¿Qué dices?!
gritó Emma desde adentro.
—¡Nada!
—¡No te escuché!
—¡Olvídalo!
Ella apagó el secador.
—Ahora sí te escucho.
James respiró profundamente.
Contó hasta diez, hasta veinte, hasta treinta.
No funcionó.
Miró el reloj.
6:48 a.m.
En ese preciso instante sonó el timbre.
James abrió la puerta.
Henderson apareció con la misma elegancia impecable de siempre.
—Buenos días, señor Coleman.
James sonrió con evidente esfuerzo.
—Buenos...
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Desde el baño se escuchó la voz de Emma.
—¡Buenos días, doctor Henderson!
El abogado sonrió.
—Buenos días, señorita Emma.
James señaló la puerta del baño.
—Lleva encerrada dede las 5: 30.
—5:35 —corrigió Emma.
Henderson ocultó una sonrisa.
—Los inversionistas acaban de llegar al restaurante privado.
James miró la puerta, después el reloj, después otra vez la puerta.
—Emma.
—¿Sí?
—Ya llegaron.
—Cinco minutos.
James abrió los brazos.
—¡Eso dijiste hace más de veinte!
—Ahora sí son cinco.
Henderson carraspeó con discreción.
—Puedo pedir que retrasen unos minutos el desayuno.
James negó.
—No.
Volvió a mirar la puerta.
—Emma...
Silencio.
—Emma.
Nada.
—¡Emma!
La única respuesta fue el ruido del secador funcionando otra vez.
James cerró los ojos.
—No puede ser.
Henderson observaba la escena intentando mantener la compostura.
Llevaba más de quince años trabajando con James y nunca lo había visto perder la paciencia por esperar un baño.
—Señor Coleman puede usar mi baño, y…
—¡No quiero otro baño, necesito que esta mujer salga de este baño ahora!
James giró el picaporte una vez más y la puerta sede, haciéndolo caer por su propia fuerza.
Emma no la había cerrado con seguro, simplemente la mantenía apoyada con el pie.
Emma estaba frente al espejo, perfectamente arreglada. Vestía un elegante traje color marfil, el cabello perfectamente recogido, el maquillaje impecable, el perfume inundaba el baño.
Ella terminó de colocarse un pendiente y sonrió.
—Buenos días, señor Coleman.
James tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Ya estabas lista?
Emma terminó de acomodar un pendiente frente al espejo antes de responder.
—Desde hace más de media hora.
James la miró incrédulo.
—¿Entonces por qué demonios no salías?
Ella giró lentamente y le dedicó una sonrisa inocente.
—Porque me gusta amargarle el día. No quiero perder la costumbre.
James abrió la boca para responder.
La volvió a cerrar.
No encontró una sola réplica.
Emma salió del baño con paso elegante, dejando tras de sí el suave aroma de su perfume. Pasó junto a Henderson con una cordial sonrisa.
—Buenos días, doctor Henderson.
El abogado hizo una leve inclinación de cabeza.
—Señorita Emma.
Ella tomó su bolso y revisó rápidamente la hora en su teléfono.
—Creo que me adelantaré. No es correcto hacer esperar a nuestros invitados.
James reaccionó de inmediato.
—Ni se te ocurra cruzar esa puerta sin mí, Emma Díaz.
Ella se volvió apenas lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.
—¿Y por qué no? Los inversionistas llegaron puntuales. Lo mínimo que podemos hacer es dar el mismo ejemplo.
James dio un paso hacia ella.
—Espérame cinco minutos.
Emma recorrió su rostro con una mirada crítica y luego negó despacio con la cabeza.
—Cinco minutos no serán suficientes.
—¿Qué quieres decir?
Ella levantó una mano y señaló las ojeras bajo sus ojos.
—Mírese al espejo, señor Coleman. Parece que no hubiera dormido en toda la noche.
Henderson carraspeó para ocultar una sonrisa.
Emma continuó con absoluta naturalidad.
—Si quiere causar una buena impresión, debería ponerse un poco de mi corrector. Hace maravillas con las ojeras.
James abrió los ojos.
—¿Qué...?
—Tengo una base excelente. Cubre hasta el estrés de lidiar conmigo.
Henderson ya no pudo contener una discreta sonrisa.
James lo miró.
—No se ría.
—No lo hago, señor.
—Sí lo está haciendo.
—Solo... admiraba la capacidad de la señorita Emma para encontrar soluciones.
Emma sonrió satisfecha.
—¿Ve? Al menos alguien aprecia mis buenas intenciones.
—¡Emma!
Ella soltó una pequeña carcajada justo cuando el teléfono de Henderson comenzó a sonar.
El abogado observó la pantalla.
Su expresión cambió de inmediato.
—Disculpen un momento.
Salió primero de la habitación para contestar la llamada.